Publicado en ctxt.es el 4 de septiembre de 2026
Hay dos clases de problemas en la vida de las personas y en la de las sociedades: los que tienen solución y los que no. Los primeros desaparecen si se encuentra la respuesta adecuada y se aplica con acierto. Los segundos no tienen remedio que los haga desaparecer, y empeñarse en buscárselo conduce a la frustración, primero, y después a la parálisis. Con ellos no cabe resolver, sino evitarlos mientras se pueda, paliar el daño, frenarlos, retrasarlos, pasarlos a otro tiempo o a otras manos… y, sobre todo, cuidar en todos los sentidos a quien los padece, sea una persona, un territorio, un animal, o un patrimonio que no queremos perder.
Mi tesis es que el problema de Ceuta (y Melilla) pertenece a esta segunda clase en el plano político, geoestratégico e incluso humanitario, al menos a corto y medio plazo, y las razones de que no tenga solución me parecen claras. Son dos territorios que pertenecen a España antes de que existiera el Marruecos actual, pero que este país reclama sin descanso porque esa reivindicación forma parte de su identidad nacional y del cemento de su monarquía. Es un conflicto entre dos Estados imbricados hasta los tuétanos (fronteras, comercio, migración, seguridad, energía…) y de los cuales uno es una autocracia que sabe usar esa imbricación como palanca sibilina para agredir y hacer chantaje, incluso permitiendo -por ejemplo- que miles de personas violen una frontera como munición, aun a costa de sus vidas. Hay una población autóctona, la ceutí y melillense, con intereses propios y legítimos para la que seguramente no hay más “solución” imaginable que mantener el statu quo del que depende su vida. Y, para colmo, en España hay una derecha ferozmente nacionalista que se proclama patriota pero que nunca arrima el hombro en favor de toda la patria, sino que sopla las brasas con tal de quemar al gobierno que no represente a lo que ella considera la suya, la "España de bien". Y lo hace, aunque así se deteriore la cohesión interna, se quiebre la imagen internacional del país o hasta se genere más riesgo de perder territorios de la patria que dice defender. Y el problema se complica, finalmente, aún más dadas las racionales sospechas de que quien realmente mueve los hilos en esa zona pueden ser los gobiernos de Estados Unidos e Israel, a quienes interesa que España y Europa se desestabilicen y que han dado sobradas muestras de cinismo e inmoralidad.
Quizá la mejor forma de comprobar que el problema de Ceuta no tiene solución es comprobar lo que han hecho quienes más alto proclaman que sí la tiene, la derecha y extrema derecha (en este caso, la misma cosa) que acusan al Gobierno de Pedro Sánchez de no defender a Ceuta y que reclaman mano dura contra Marruecos.
Es la derecha y extrema derecha que no sólo no condena al franquismo, sino que incluso lo reivindica, pero que olvida que en noviembre de 1975 y ante la Marcha Verde (trescientas mil personas caminando), el régimen de Franco -el más militarista, beligerante y supuestamente patriótico que ha conocido España, armado hasta los dientes y sin parlamento, oposición ni tribunales que le ataran las manos- no defendió el Sáhara. Lo entregó en cuestión de días, lo mismo que había hecho antes, en 1969, cuando cedió Ifni a Marruecos. Es la misma derecha que, sin embargo, celebró como gesta nacional la recuperación de la Isla Perejil, un islote deshabitado del que en 2002 hubo que desalojar a un puñado de gendarmes que ni siquiera opusieron resistencia.
Esa es la medida exacta del patriotismo de la derecha española: epopeya cuando no hay nadie ni nada que defender, entrega o silencio cuando lo que está en juego es un territorio con población y futuro. Y es la misma derecha que hace gala de su atlantismo y sintonía con Washington pero que calla cuando es precisamente Estados Unidos quien tiene la llave para subir o bajar la temperatura de la frontera.
Ni siquiera tiene solución al día de hoy el problema humanitario: el acoger, atender, ordenar la llegada de miles de personas con decencia. Es lo que habría que hacer, pero también esa puerta está entornada.
El Tribunal Supremo español dictó (casualmente días antes del problema) que a quienes son interceptados en el mar tratando de entrar a nado en Ceuta no se les puede aplicar el “rechazo en frontera”; es decir, la devolución sumaria en caliente, sino el procedimiento ordinario de devolución, que lleva garantías individuales y necesita tiempo para hacerla efectiva, si se hace. Y aún más. ¿Cómo se frena una avalancha de casi tantos miles de personas como habitantes tiene Ceuta? ¿A tiros? ¿Ahogando a quien nada? No hay respuesta compatible con la decencia, y por eso ninguno de los que exigen firmeza ha formulado en voz alta solución alguna… salvo uno. La que dio el único dirigente de la derecha que se ha atrevido a concretar qué se debería hacer fue tan bárbaro como esclarecedor: el diputado de Vox José María Figaredo propuso, sin metáfora y reiterándose al día siguiente sin retractarse, “cazar” a los inmigrantes "uno a uno” o “pescarlos”, y lo dijo acompañando sus palabras con onomatopeyas de disparo. Esa ha sido la única propuesta específica que la derecha ha logrado poner sobre la mesa.
Las salidas se cierran porque no se puede resolver en días, meses o pocos años el desnivel que empuja a la gente del África saqueada durante siglos hacia el norte. Porque se necesita a la inmigración, pero no se la quiere, y las patronales, los partido y los gobiernos europeos (unos más que otros) están atrapados en esa contradicción. Porque no se aplaca con buenas palabras a un vecino que sabe usar la frontera como palanca de guerra híbrida y al que no le importa que mueran sus ciudadanos. Porque no se defiende un enclave como Ceuta con las bravuconadas de Aznar y sus acólitos, como demuestra la propia historia de la derecha que vocifera. Porque no se frena a decenas de miles de personas sin cruzar la línea de la barbarie y porque incluso la vía humanitaria tropieza con límites materiales que ningún discurso elimina.
Lo único que queda entonces, cuando se han agotado todas las respuestas que podrían resolver el problema, es el cuidado. El pariente pobre de las respuestas a lo que no tiene solución.
Cuando no se puede resolver, ni domar, ni frenar sin barbarie, lo que separa la decencia de la ignominia es el cómo se cuida a quien lo padece. Y aquí es donde hay que decir, con dolor porque uno esperaba otra cosa, que el Gobierno ha fallado. No en lo imposible, pues nadie le puede exigir honradamente que resuelva lo que no tiene solución, sino precisamente en lo único que estaba en su mano, la celeridad a la hora de atender y el cuidar a la población ceutí y a la que entró irregularmente.
Es, sin duda, injusto decir que el Gobierno de Pedro Sánchez no ha hecho nada en la gestión administrativa de la emergencia. Ha habido muchos recursos, protocolos, plazas, kits de higiene, ministras que visitaron el enclave, y hasta se aceleró el traslado a la Península de las niñas más vulnerables. Hubo, incluso, perspectiva de género en esa gestión. Y sin embargo todo ello pertenece a un mismo tipo de actuación, el de la administración, el del poder que ordena, coordina y paga. Pero ha faltado otra, la que no tiene que ver con “hacer”, sino con “estar”.
Porque una cosa es atender a las personas y otra muy distinta es estar con ellas. Un gobierno puede movilizar recursos, habilitar plazas y activar dispositivos de emergencia manteniendo una enorme distancia con las personas concretas que sufren y se sienten solas, porque el sistema puede funcionar a la perfección mientras la persona sigue estando sola. Pero eso se paga.
El poder y la gestión llegaron tarde, a remolque de la presión vecinal. El cuidado ha tenido en Ceuta rostro y sexo y no ha sido el del gobierno. Mientras el Estado contaba plazas, decenas de mujeres y niñas que dormían a la intemperie entre cientos de hombres empezaron a denunciar acoso y agresiones sexuales, y quienes primero improvisaron espacios donde pudieran pasar la noche seguras no fueron los ministerios, sino los vecinos de El Príncipe y de Sidi Embarek, una organización como Save the Children y las propias mujeres migrantes organizándose para protegerse unas a otras. Es verdad que fueron ministras. Hubo visitas, sí, pero no fue el gobierno quien cuidó, sino otra gente. Y esa gente pudo ver lo que a la administración se le escapaba, porque sólo se ve cuando se está cerca que el problema no era únicamente cuántas camas había, sino quién protegía a las mujeres durante la noche.
Hay, de nuevo desgraciadamente, un símbolo bien elocuente de la distancia con la que el gobierno ha hecho frente al drama. La del propio presidente, Pedro Sánchez, que ciertamente visitó Ceuta el 31 de julio, al día siguiente de la avalancha, pero que se marchó de vacaciones a la jornada siguiente a Lanzarote. Desde allí llegó a presidir, a mediados de agosto y por videoconferencia desde la residencia de La Mareta, la reunión con sus ministros sobre Ceuta. Tiene todo el derecho a descansar, como él mismo ha reivindicado, pero esa no es la cuestión. No se trata de discutir si un gobernante tiene derecho o no a irse de vacaciones. La cuestión es el modo de gobernar que atiende la emergencia de personas concretas a través de una pantalla, desde lejos, sin pisar el suelo del dolor. Gobernar Ceuta por videoconferencia desde la playa, o -como han hecho otras ministras y ministros, desde Madrid- es, literalmente, hacer sin estar.
Ahí está la diferencia entre administrar y cuidar, entre añadir una perspectiva de género a los papeles y cambiar la manera de ejercer el poder. Lo primero lo hizo el Gobierno; lo segundo no. Y eso ha sido el origen del grito que lanzaron los ceutíes (“Nos sentimos abandonados”) y que han repetido vecinos, comerciantes y hasta responsables políticos socialistas de la ciudad.
Que una parte de España tenga que decir en voz alta que se siente abandonada por España es, en sí mismo, el mayor de los reproches. No importa cuántos millones se libren ni cuántos dispositivos se activan, porque es a ese sentimiento a lo que no se debió dar pie jamás. Un gobierno que cuida no evita sólo el daño material; evita, sobre todo, que los suyos (que somos todos) tengan que gritar que están solos. Y quien se siente solo y sin respuesta termina escuchando a quien le ofrece una, la que sea, aunque sea falsa y cruel. El abandono es la puerta por la que entra la demagogia, y por ahí se ha colado la derecha.
En toda esta tragedia, quien ha aparecido ante mucha gente como el que se pone del lado de Ceuta y de los demás españoles más o menos preocupados por lo que pasaba allí, ha sido la derecha, no el Gobierno. Es una solidaridad falsa, porque defiende a unos enfrentándolos a otros, porque propone cazar a los más vulnerables para tranquilizar a los demás y porque se basa en el mismo patriotismo de cartón piedra que celebró la gesta de Perejil y calla ante los cadáveres del espigón. Pero si ocupa ese terreno es porque la izquierda lo dejó vacío.
Hay algo que la izquierda sigue olvidando. Hay muchos momentos, muchos más de los que solemos creer, en los que el consuelo, el apoyo, la compañía y la empatía son tan necesarios o más que la buena doctrina e incluso que la partida presupuestaria. Un poder que sólo sabe dar discursos, librar fondos y redactar notas de prensa no sólo cuida mal; gestiona peor, porque se pierde justo lo que únicamente se conoce de cerca. Y la gente lo nota.
Un gobierno progresista no fracasa cuando es impotente ante un poder que lo desborda. De esa impotencia nadie está a salvo, y en Ceuta no había victoria posible para nadie. Fracasa -como está fracasando el gobierno de Pedro Sánchez- cuando, no pudiendo resolver, renuncia además a lo único que sí estaba en su mano: estar al lado de la gente. No falló por no poder, ni siquiera por no hacer, sino por no estar.
Y la paradoja final es que todo eso que ha faltado tiene nombre. Esa presencia, ese hacerse cargo de la vida concreta de la gente, esa manera de ejercer el poder que no manda desde fuera, sino que sostiene desde dentro, no es un buenismo vago. Son, en su sentido más hondo, dos cosas que en este país no se paran de invocar, de las que se presume pero que, a la hora de la verdad, no se practican. Una se llama patriotismo, si por patriotismo no entendemos el culto a la tela de la bandera, sino la defensa de la vida, el bienestar, la seguridad y también el suelo donde vive la gente a la que uno se debe. La otra se llama feminismo, si por feminismo no entendemos la etiqueta, ni sólo la perspectiva de género añadida a un expediente administrativo, ni el recuento de cuántas ministras se sientan en el Consejo o de cuántos huecos se ocupan en las listas -eso es representación, que importa, pero es sólo la puerta. De este gobierno esperábamos algo más hondo, precisamente lo que el feminismo nos había hecho creer que podríamos esperar de su práctica: romper la vieja frontera que dejaba en el lado de lo público la razón, la autoridad y el mando, y confinaba en el de lo privado -donde a su vez se confinaba a las mujeres- el cuidado, la dependencia y la vulnerabilidad, como si no fueran también asuntos políticos. Esperábamos un modo de gobernar feminista que no se limitara a cambiar quién ejerce el poder, sino que transformara el cómo se ejerce, que sustituyera la lógica patriarcal de la jerarquía y el mando a distancia por la de la cercanía y el cuidado. De un cuidado de una clase precisa, porque no vale cualquiera: no el que decide desde arriba lo que a la gente le conviene -ese también es autoritario y paternalista-, sino el que escucha y reconoce a quien sufre, empezando por esas mujeres y esas niñas, como sujeto capaz de decidir sobre su propia vida y no como mero objeto al que proteger. Un poder que se mide, al final, en vida sostenida, en dolor aliviado y en autonomía devuelta.
Eso es lo que debería avergonzar a unos y a otros. Aunque, desde luego, no de la misma manera ni en la misma medida, porque igualar aquí las dos faltas sería la más cómoda de las mentiras. La derecha hace gala de patriotismo, pero lo que ha hecho no es defender la españolidad de Ceuta sino convertirla en un misil contra el Gobierno. Su única propuesta concreta ha sido cazar a los más débiles. El error del gobierno, por el contrario, no es el del cínico que finge una virtud que no siente, sino el de quien traiciona una que dice tener y podía haber ejercido. A la derecha hay que reprocharle lo que hace; al gobierno, con más dolor, lo que pudo hacer y no hizo.
Y si con este segundo se es más severo no es porque sea peor -a mi juicio no lo es-, sino porque de él se esperaba otra cosa y porque su fallo lo vamos a pagar muy caro y quizá pronto. Ceuta enseña algo muy claro. Cuando un problema no tiene solución, lo más importante que cabe hacer es cuidar y no producir abandono, y haber descuidado ese cuidado y haber hecho que la población ceutí e incluso la del resto de España se sienta abandonada, lo que al principio de estas líneas parecía lo más pequeño de todo, es precisamente lo que dio la llave, ha dejado el campo libre y está haciendo fuerte a la extrema derecha.
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1 comentario
La persecucion judicial incomprensible que han sufrido Begoña Gomez y David Sanchez, esposa y hermano del presidente. La incomprensible sentencia contra el FGE nombrado por Pedro Sanchez. La discutible sentencia «ejemplerizante» a 24 años por el caso mascarillas que se deberia rebautizar caso Jesica porque de mascarillas se habló poco. Cuando se trata de destruir la imagen publica de Zapatero en un proceso que ya veremos. Cuando la casa de un vicepresidente es asediada 3 meses y la policia no interviene. Cuando la sede del PSOE está asediada 3 meses y la policía no interviene. Cuando el presidente es agredido en Paiporta y no pasa nada. Cuando el presidente se presenta en Ceuta y es recibido con los pitos y gritos de costumbre. Aqui pasa algo. Y yo no me creo que Marruecos, Putin, Trump o Netanyahun sean los que dirijan esto.
Y todavia le reprochan que no haya ido a Ceuta. Siento una tristeza enorme de la corteza de miras de los lideres de la llamada izquierda del PSOE. No se si trata de corteza de miras o de una panda de vividores incapaces de hacer crecer la izquierda para asegurar sus prebendas.