Publicado en La Voz del Sur el 28 de febrero de 2026
Muy cerca ya de que vuelvan a celebrarse elecciones autonómicas en Andalucía, puede hacerse balance y afirmar, sin exageración, que Juanma Moreno ha hecho un magnífico trabajo. La pena es que lo ha hecho para salvaguardar y privilegiar intereses muy concretos que no son, precisamente, los de la mayoría de la población andaluza.
Cuando comenzó a gobernar en 2019 empezaba a perfilarse un profundo cambio de tendencia en la economía internacional. Señalé entonces en diversos artículos que se abría una fase de reconversión y desplazamiento de capitales que podría beneficiar especialmente al sur de Europa. La reconfiguración de las cadenas de suministro, la transición energética, el aumento del peso estratégico del Mediterráneo y la necesidad europea de autonomía productiva ofrecían a territorios como Andalucía una oportunidad histórica. Lo que vino después —pandemia incluida— no desmintió ese diagnóstico, tal y como analicé en mi libro de 2023, Más difícil todavía. La excelente marcha de la economía española en términos absolutos y comparativos es buena prueba de que no estaba equivocado. Y si los resultados no han sido aún mejores es porque el clima político de permanente conflicto, odio y polarización lo impide.
Tras el shock inicial, la recuperación fue extraordinaria. Fondos europeos masivos, tipos de interés históricamente bajos hasta 2022, récord de turismo internacional, impulso a las energías renovables y revalorización estratégica del sur de Europa. Pocas veces un gobierno regional ha navegado con un viento de cola tan sostenido. Andalucía, con sol, puertos, suelo industrial disponible y elevada capacidad ociosa, estaba en posición de aprovecharlo.
Y, efectivamente, se ha beneficiado. Ha habido crecimiento, inversión y empleo. No puede decirse que el gobierno andaluz haya permanecido inmóvil. Pero la cuestión relevante no es si ha hecho cosas o si nuestra economía ha crecido, sino cómo y para qué.
La realidad es que, a pesar de la coyuntura excepcionalmente favorable, los indicadores estructurales apenas han variado. La productividad sigue por debajo de la media nacional; el peso industrial apenas ha aumentado; la diversificación productiva es limitada; el PIB per cápita continúa lejos de la convergencia real. Andalucía avanza -como dice el eslogan del PP andaluz-, sí, pero lo hace dentro del ciclo general español y europeo, no como consecuencia de una transformación propia.
Los fondos europeos, cuantiosos como nunca antes, se han utilizado. Han servido para modernizar parcialmente la administración, reforzar servicios, digitalizar procesos, impulsar proyectos energéticos y sostener la actividad tras la pandemia. Pero no han cambiado la posición de Andalucía en la división del trabajo nacional e internacional. No han consolidado un tejido industrial de alto valor añadido ni generado un salto apreciable en capital tecnológico endógeno.
En un contexto en el que Europa habla de reindustrialización y autonomía estratégica y ha generado recursos para ello, Andalucía podría haber apostado con decisión por áreas en las que dispone de claras ventajas potenciales: industria farmacéutica, agroindustria avanzada, transformación alimentaria de alto valor, tecnologías climáticas o logística euro-africana. Sin embargo, Moreno ha optado por el conservadurismo, favoreciendo a los beneficiarios del modelo dominante que descansa en sectores tradicionales —turismo, construcción, servicios de bajo valor añadido— que, aunque rentables en el corto plazo, no elevan sustancialmente la productividad ni los salarios medios.
Juanma Moreno ha hecho un magnífico trabajo consolidando lo existente y favoreciendo a los de arriba. Ha ofrecido estabilidad institucional, ha reforzado la imagen de región pro-inversión y ha desplegado una política de regalos fiscales para los más ricos y grandes propiedades. El capital privado ya instalado puede estar razonablemente satisfecho.
El problema es que reforzar lo existente no equivale a transformar. Y sin transformación no hay convergencia ni avance sustantivo.
La mejora registrada entre 2019 y 2024 es real, pero ni siquiera diferencial respecto a la fase anterior. De hecho, comparada con el periodo 2013-2019 —también expansivo tras la crisis financiera—, las variaciones estructurales son modestas. No se observa un salto cualitativo en productividad, en peso industrial o en generación de recursos endógenos que permita hablar de cambio de modelo.
Se aprecia, eso sí, la profundización en una estructura acomodaticia, rentista y dependiente, apoyada en ventajas naturales y coyunturales más que en una estrategia industrial ambiciosa. El viento favorable ha sido aprovechado para que los camarotes de primera clase viajen con mayor seguridad y comodidad, pero no para cambiar de rumbo y permitir que mejoren todos, al menos en la misma medida.
Y esa es la clave.
Porque los fondos europeos eran, probablemente, una oportunidad irrepetible. No se trataba sólo de amortiguar el golpe de la pandemia o de modernizar infraestructuras existentes, sino de reposicionar Andalucía en el nuevo mapa económico europeo e internacional. Cuando el viento deje de soplar —cuando los fondos extraordinarios se reduzcan, los tipos de interés se mantengan altos y la competencia industrial se intensifique— lo que quedará será la estructura creada. Y si esta no ha cambiado de forma sustancial, el crecimiento volverá a ser frágil y dependiente del ciclo externo.
Moreno ha hecho un magnífico trabajo a la hora de ofrecer más privilegios y seguridad a los intereses dominantes y de evitarles sobresaltos. Pero no lo ha hecho a la hora de construir las bases de una economía más compleja, innovadora y socialmente cohesionada.
El capital privado más conservador puede aplaudir su gestión. Pero, por hacerle un favor a corto plazo, Moreno ha generado una factura para Andalucía que será muy elevada en el futuro por una sencilla razón: lo ha hecho a costa de debilitar pilares esenciales de la economía y la sociedad —educación de excelencia, investigación, innovación transversal, industria avanzada y capital humano intensivo—; en definitiva, erosionando el capital social y público que no sólo sostiene la cohesión colectiva, sino que -aunque no se quiera entender- constituye también la condición imprescindible para que el propio capital privado prospere de forma duradera.
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2 comentarios
Co ese titular solo lo leeremos los que leemos el artículo completo siempre, pero es un peligro para los que solo leen titulares, con eso ya sera suficiente para votar opinar y lo que haga falta para una gran parte de personas, que opinarán desde la más absoluta ignorancia.
Si no fuesen tantos no me preocuparía pero escquexse que son legión, que no necesitan saber ni contrastar para lanzarse como energúmenos contra la izquierda.
El contenido que le puedo decir profesor, excelente como siempre.
Muchas gracias.
Es posible. Pero no creo que ese tipo de gente me lea, ni el contenido, ni los titulares. Desgraciadamente.Saludos