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Otro Premio Nobel de Economía que no lo es, y este año con traca

Como cada año por estas fechas, los medios de comunicación de todo el mundo han vuelto a anunciar los ganadores del «Premio Nobel de Economía». Esta vez, los estadounidenses Robert E. Hall, de la Universidad de Stanford, y Michael Woodford, de la de Columbia, por sus trabajos sobre «los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica». Al anunciarlo, el presidente del comité que lo concede, John Hassler, subrayó que gracias a ellos los modelos que hoy utilizan los bancos centrales y los gobiernos de todo el mundo disponen de una base teórica sólida.

La concesión de este premio es una doble estafa y enseguida vas a entender fácilmente el porqué.

No es un Premio Nobel

Alfred Nobel dejó establecido en su testamento que los intereses de su fortuna se repartieran cada año entre quienes hubieran proporcionado el mayor beneficio a la humanidad en la Física, la Química, la Fisiología o Medicina, la Literatura y la paz entre las naciones. Conocía los estudios de economía de su tiempo, pero nunca pensó en premiarlos.

Lo que hoy se llama «Nobel de Economía» es, en realidad, el «Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel», creado en 1968 por el banco central sueco con motivo de su tricentenario. No lo financia el legado de Nobel ni lo eligió su voluntad. Como expliqué en mi libro Econofakes, el propio director de la Fundación Nobel, Michael Sohlman, reconoció años después que el banco hizo muchos cálculos para que los periodistas de todo el mundo no lo distinguieran de los demás. Y lo consiguió plenamente con un simple objetivo: hacer creer que la economía es una ciencia como las demás que reciben el galardón y, de paso, como han documentado Avner Offer y Gabriel Söderberg, reforzar la pretensión del banco de ser independiente del Parlamento y del Gobierno: si la economía es ciencia, las decisiones deben tomarlas los técnicos y no los representantes de la ciudadanía.

Premio al irrealismo

El premio de este año contribuye a ese fraude pues se concede a dos economistas que han desarrollado modelos y teorías completamente alejados de la realidad pero que sirven para consolidar las políticas económicas que concentran la riqueza y el poder. Merecen un reconocimiento científico tanto como un trabajo sobre anatomía que no incluyera al corazón o el hígado en el cuerpo humano y afirmase que este se mueve sin verse afectado por la ley de la gravedad.

Desde los años setenta, la corriente dominante en economía asumió tres fundamentos básicos. El primero, que cualquier explicación de lo que ocurre en el conjunto de la economía (el empleo, la inflación, las crisis) debía deducirse del comportamiento de individuos perfectamente racionales que maximizan su utilidad o su beneficio, que conocen perfectamente cómo funciona la economía y que, al formar sus expectativas sobre el futuro, nunca se equivocan de forma sistemática. El segundo que, como es imposible sumar los comportamientos de millones de personas diferentes, se supone que toda la economía funciona como si en ella sólo hubiera un único consumidor «representativo» de todos y una única empresa también «representativa» de todas las existentes. Y, finalmente, que, en esas condiciones, no hay crisis posibles, sino tan sólo «perturbaciones» aleatorias que llegan desde fuera y de las que la economía se recupera automáticamente volviendo a su equilibrio.

El ahora premiado Robert Hall contribuyó a fundar esta manera de razonar con un célebre artículo de 1978 en el que aplicaba las expectativas racionales al consumo. Y Michael Woodford la llevó a su expresión más acabada en los llamados «modelos neokeynesianos», que, con variantes, son los que hoy día emplean prácticamente todos los bancos centrales para fijar los tipos de interés, «gestionar las expectativas» y anunciar lo que piensan hacer gracias a los componentes que he mencionado: agente representativo, expectativas racionales, mercados que tienden siempre al equilibrio y crisis que vienen de fuera.

Suponer que tenemos un abrelatas

En mi último libro he explicado que este tipo de modelos razonan como el economista del chiste que, perdido en una isla con latas de comida y sin nada con qué abrirlas, propone a sus compañeros: «Supongamos que tenemos un abrelatas».

El consumidor y la empresa representativos, las expectativas racionales y el equilibrio automático son ese abrelatas. Algo que no existe pero que suponemos que lo tenemos para que puedan funcionar los modelos que nos conviene que funcionen.

Hace ya más de cincuenta años que se demostró matemáticamente que todas esas condiciones no pueden darse en la realidad, pero la solución de la economía dominante no fue abandonarlas, sino seguir dándolas por buenas y construir sobre ellas los mismos modelos con variantes cada vez más sofisticadas.

El modelo de referencia del ahora premiado Michael Woodford es el colmo de los disparates. Se plantea, literalmente, como el de una economía «sin efectivo», en la que el dinero apenas desempeña papel alguno y el banco central se limita a fijar un tipo de interés. No hay bancos que creen dinero de la nada al conceder préstamos, ni deuda privada que se acumule, ni burbujas financieras que estallen. Es decir, falta justamente lo que es bien sabido que provocó la mayor crisis de nuestro tiempo.

Por eso es lógico que no la pudieran ver venir, como tampoco los episodios inflacionarios que deben controlar. Tras el desastre, siguieron elaborando los modelos como si nada hubiera pasado, limitándose a remendarlos con nuevas «fricciones» financieras y el propio Woodford publicó un artículo en 2009 celebrando la «convergencia» de la macroeconomía en una nueva síntesis que compartían ya casi todos los economistas.

Un saber presentado como la ciencia neutral que no lo es

Al presentar la economía como un sistema que tiende por sí solo al equilibrio y en el que sólo hace falta que un banco central «técnico» ajuste los tipos de interés, convierten en un asunto de expertos preguntas que deberían ser objeto de deliberación democrática. Por ejemplo, cuánto paro estamos dispuestos a aceptar para contener la inflación, a quién beneficia que suban o bajen los tipos de interés, o quién paga los rescates bancarios. Preguntas puramente políticas que los economistas convencionales quieren hacer creer que se responden como si fueran ecuaciones.

La paradoja de este año se produce cuando el premio del Banco Central de Suecia premia a quien diseñó los modelos que usan bancos centrales cuya independencia está siendo atacada desde el poder político más agresivo y caprichoso, el del trumpismo. Pero la respuesta a ese ataque no puede ser la de blindarlos de nuevo bajo el manto de una ciencia inexistente, sino someter sus decisiones a un control democrático transparente, con modelos plurales y realistas, y con rendición de cuentas ante la ciudadanía.

Las alternativas existen. Hay economistas que trabajan con modelos que incorporan el dinero bancario, la deuda, la energía, la diversidad de comportamientos y la complejidad de la vida económica, y que han acertado allí donde los modelos premiados fallaron. Pero rara vez reciben el premio del Banco de Suecia, que en su inmensa mayoría ha ido a parar a quienes defienden la corriente dominante que ha provocado el mayor número de crisis financieras de la historia y una concentración de la riqueza y el poder igualmente sin precedentes.

Lo que se ha premiado una vez más no es un descubrimiento que beneficie a la humanidad, como quería Alfred Nobel, sino una forma de pensar la economía que conviene a quien da el premio y que beneficia a muy pocos. Galbraith hablaba de todo esto como «fraude inocente». Yo tengo cada vez más dudas de su inocencia.

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14 comentarios

Conchita Fdez-Piñar Lorca 12 de octubre de 2026 at 20:31

Desconocía el fraude de los premios nobel de economía. No puede denunciarse? Separarlos? El Gobierno Sueco actual tampoco está interesado?

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Juan Torres López 12 de octubre de 2026 at 22:08

En realidad se anuncian como premios del Banco de Suecia pero han hecho lo imposible para que la gente crea que existen

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Jose F. Castillo Montes 12 de octubre de 2026 at 22:18

Gracias, por tus sabios comentarios, no los dejes de realizar..

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Juan Torres López 12 de octubre de 2026 at 23:01

Gracias

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Mari ángeles nieto de las Cuevas 13 de octubre de 2026 at 07:13

Muchas gracias.

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Tasio Urra 13 de octubre de 2026 at 10:01

Hola, Juan.

Como ya describí en mi libro ‘Dirección Estratégica para el siglo XXI. La gestión ante los límites del crecimiento’, ya no es solo que ese ‘castillo de naipes’ de la economía institucional sea el que se enseña en las universidades y el que dirige las decisiones políticas al más alto nivel, lo que ya en sí mismo resultaría absolutamente surrealista y disfuncional en cualquier ‘mundo’ razonable y estadísticamente normal; sino que, además, y precisamente por ello, la normalización socioeconómica de ese enfoque obtuso, irracional, surrealista e incluso enfermo de la economía se encuentra en la base profunda del colapso civilizacional en ciernes.

Un abrazo.

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Juan Torres López 13 de octubre de 2026 at 13:47

Efectivamente. Un fuerte abrazo

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Félix Elejoste 13 de octubre de 2026 at 10:17

Puedes darme la referencia de esto: Hace ya más de cincuenta años que se demostró matemáticamente que todas esas condiciones no pueden darse en la realidad

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Juan Torres López 13 de octubre de 2026 at 13:46

Gracias por su interés. Con mucho gusto le doy las referencias.

El resultado se conoce como teorema de Sonnenschein-Mantel-Debreu y se demostró en estos tres trabajos:

– Sonnenschein, H., «Market Excess Demand Functions», Econometrica, 40(3), 1972.
– Mantel, R., «On the Characterization of Aggregate Excess Demand», Journal of Economic Theory, 7(3), 1974.
– Debreu, G., «Excess Demand Functions», Journal of Mathematical Economics, 1(1), 1974.

Las condiciones que permitirían agregar como si hubiera un único consumidor las estableció antes W. M. Gorman, en «Community Preference Fields», Econometrica, 21(1), 1953. Como verá, son extraordinariamente restrictivas.

Sobre el agente representativo en particular, le recomiendo el artículo de Alan Kirman «Whom or What Does the Representative Individual Represent?», Journal of Economic Perspectives, 6(2), 1992.

No se trata de una tesis heterodoxa. El manual de microeconomía quizá más utilizado en los doctorados del mundo, el de Mas-Colell, Whinston y Green (Microeconomic Theory, Oxford University Press, 1995, cap. 17), lo reconoce expresamente. Lo que ocurre es que, a pesar de ello, se sigue trabajando como si ese resultado no existiera.

Un saludo cordial.

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Lizandro Angulo Rincón 14 de octubre de 2026 at 17:04

Excelente artículo. Lo debatir con mis estudiantes de Periodismo Económico. Saludos desdé Colombia y gracias por sus aportes.

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J. Verónica Ramírez 13 de octubre de 2026 at 11:00

Estupenda reflexión sobre ese «premio». Lo he recomendado en el Aula Virtual a mis alumnos. Saludos.

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A.Lobato 13 de octubre de 2026 at 16:21

Llevo años debatiendo con mis amigos esto «un simple objetivo: hacer creer que la economía es una ciencia como las demás». Esta publicación ayudará indiscutiblemente a aumentar mi base argumental. Buen trabajo.

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Carmen 13 de octubre de 2026 at 19:05

La ciencia infusa que domina todos los ámbitos del saber y no solo de la economía. Lo sabemos bien los enseñantes que la sufrimos día a día. Y, si no son inocentes, saben bien lo que hacen. Gracias, por hacernos aprender un poquito más.

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Jano 13 de octubre de 2026 at 19:07

Yo creo que el «trabajo» hay que hacerlo con los periodistas, que tal vez por comodidad o pura indolencia, hablan de «premio nobel».
Por lo demás gracias como siempre profesor.
La poca economía (de la buena) que sé es gracias a usted.

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