Europa nació como un bastión frente a la guerra. Nació del horror. Nació para que las tragedias que se habían sucedido -dos guerras mundiales, decenas de millones de muertos, el exterminio industrializado, el hundimiento moral del continente- no pudieran repetirse jamás.
Nació como un proyecto de paz, de democracia, de derechos humanos, de cooperación entre pueblos que habían aprendido por las malas que la violencia y el nacionalismo agresivo no conducen más que a la destrucción.
Europa nació como una ilusión. Como una promesa de paz. Como la idea de que era posible construir un espacio político nuevo; no basado en la fuerza, sino en el derecho; no en la dominación, sino en el acuerdo; no en la lógica del imperio, sino en la lógica de la convivencia.
Pero poco a poco, Europa renunció a ese ideal y dejó de pertenecer a sus pueblos.
Fue siendo capturada por las grandes corporaciones, por los bancos, por los lobbies empresariales, y por una clase política que adquirió privilegios extraordinarios hasta convertirse en una burocracia que se reproduce a sí misma, que no responde ante la ciudadanía y que vive cada vez más lejos de los problemas reales de la gente.
Europa fue renunciando a ser un proyecto político y social para convertirse en un espacio de mercaderes.
No es una metáfora: es literal.
El Acta Única Europea de 1986 -que marcó el giro decisivo del proyecto- fue una copia casi totalmente literal de un documento previo elaborado por la European Round Table of Industrialists, un lobby de las mayores multinacionales europeas (Volvo, Nestlé, Siemens… encabezados por el entonces director ejecutivo de Phillips, Wisse Dekker). Así lo reconoció este ultimo años más tarde y ninguno de ellos ocultó que su objetivo era simplemente el de eliminar obstáculos políticos, sociales y laborales a la libre circulación de capitales.
Desde entonces, Europa dejó de ser un proyecto de ciudadanía para convertirse en un espacio para la mercancía.
El Tratado de Maastricht y los que vinieron después no han sido otra cosa que las piezas jurídicas de un proyecto neoliberal que ha frenado la integración entre los pueblos, ha debilitado el Estado social y ha impedido que el bienestar se convierta en el eje real de la construcción europea.
Se integraron los mercados. No se integraron los derechos. Se unificaron las finanzas. No se unificaron los sistemas fiscales, ni los salarios, ni la protección social.
Y así es imposible construir una ciudadanía europea real.
La unión monetaria y el euro fueron diseñados mal a conciencia. Sin respetar los criterios imprescindibles para que sea eficiente que se estudian en tercero de Económicas, para responder exactamente a esa misma lógica. No para ser un instrumento de integración solidaria, sino un mecanismo que beneficiara estructuralmente a los grandes exportadores, a los países más fuertes y al capital financiero. Sin unión fiscal ni hacienda europea, sin presupuesto común relevante, sin mutualización de deuda, sin banco central al servicio del empleo y el bienestar, el euro no une, separa. No converge, diverge.
Lo datos lo dejan claro: desde la creación del euro, las divergencias productivas entre el centro y la periferia no han disminuido, han aumentado. La brecha entre Alemania y el sur de Europa es hoy mayor que en los años noventa.
Para hacer eso posible, Europa, además, se ha convertido en un entramado institucional profundamente poco democrático.
Exige condiciones democráticas a los países que quieren entrar, pero ella misma no las cumple.
El órgano con más poder -la Comisión Europea- no es elegido por la ciudadanía.
El Banco Central Europeo, que decide sobre millones de vidas, no responde ante ningún parlamento.
El Eurogrupo ni siquiera existe jurídicamente, pero impone políticas que afectan a todos.
Y cuando los pueblos votan “mal”, se les corrige.
Pasó en Grecia en 2015: un referéndum rechazó la austeridad, y Europa respondió imponiéndola con más dureza.
Pasó en Francia y Países Bajos cuando rechazaron el tratado constitucional: se cambió de nombre y se aprobó igual.
La democracia en la Unión Europea es bienvenida… siempre que no moleste.
En los últimos años todo esto se ha agravado.
Las élites europeas han optado claramente por subordinarse a Estados Unidos justo cuando Estados Unidos ha mostrado menos lealtad, menos respeto y más desprecio hacia Europa. Desde Trump, además, con amenazas abiertas, imposiciones comerciales, chantajes militares y una lógica imperial sin disimulo. Con desprecios y hasta insultos.
Europa ha impuesto y aceptado sanciones que dañan más a su propia economía que a la estadounidense.
Ha aceptado depender energéticamente en condiciones peores.
Ha aceptado perder autonomía industrial y tecnológica.
Ha aceptado actuar como satélite cuando podría ser actor.
Y todo esto mientras crece dentro un malestar social profundo.
Ha provocado una crisis de vivienda que expulsa a millones de personas de sus ciudades al permitir que los grandes fondos de inversión se apropien de millones de ellas.
Ha generado una precarización laboral que se cronifica a causa de sus políticas de flexibilización.
Ha aumentado la desigualdad que rompe la cohesión social con sus políticas promercado.
Ha empeorado la situación climática al someterse a las grandes corporaciones que la producen
Ha hecho que brote un sentimiento de abandono, de soledad, de desprotección entre los pueblos que ven su verdadera cara.
Europa ayuda con enorme generosidad al gran capital -rescates bancarios, subvenciones industriales, ventajas fiscales- y es tacaña, lenta y humillante con la gente que sufre.
Europa calla ante el genocidio del pueblo palestino. Pero defiende sin matices a Ucrania y persigue, reprime y criminaliza a quienes protestan contra esa doble vara de medir.
Y luego se sorprende de que la gente huya hacia opciones antieuropeas.
Es normal que la gente se pregunte: ¿para qué sirve Europa?
Y la respuesta que hoy se impone es incómoda: Europa está sirviendo más para facilitar guerras, sostener un modelo destructivo, debilitar la democracia y violar derechos humanos que para proteger a sus pueblos.
Nada de esto es inexorable.
No ocurre porque “no haya alternativas”.
Ocurre porque las alternativas han sido sistemáticamente bloqueadas.
Sabemos perfectamente qué tendría que ser Europa para merecer la pena:
– Una auténtica unión política, con poder democrático real.
– Una unión fiscal y social, no solo monetaria.
– Una política industrial, energética y climática propia.
– Una política social al servicio del bienestar.
– Una política exterior y una estrategia de seguridad autónomas basadas en la paz y el derecho internacional.
– Un proyecto centrado en la vida, no en los balances de las grandes empresas.
Europa no nos traiciona porque sea imposible hacerla de otro modo.
Nos traiciona porque ha sido capturada por incompetentes, por dirigentes al servicio de grandes corporaciones y por una clase política cobarde y servil frente a Estados Unidos.
Es por eso que ahora, incluso quienes sabemos que Europa es necesaria, nos preguntamos con angustia para qué sirve.
Y solo podemos responder, con tristeza y con rabia, que está sirviendo para muy poco… O incluso peor, para lo contrario de aquello para lo que fue creada.
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