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Tercermundismo en Estados Unidos: la cara interna de su declive imperial

Publicado en ctxt.es el 12 de diciembre de 2025

Hay una gran coincidencia sobre el cambiando que se viene produciendo en la posición de Estados Unidos en el mundo: su poder imperial no es el que fue.

Algunas investigaciones no dudan en hablar incluso de colapso del poderío estadounidense. Otras, a mi juico más realistas, ven un declive progresivo y posiblemente irreversible. Los propios documentos oficiales reconocen abiertamente que su poder e influencia están menguado. El reciente Informe de Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, publicado el pasado mes de noviembre, lo confiesa claramente al referirse a China: «Lo que empezó como una relación entre una economía madura y próspera y uno de los países más pobres del mundo se ha transformado en una relación entre casi iguales». Cuando en sus primeras páginas establece «qué quieren los Estados Unidos» (protegerse de ataques militares y de influencias extranjeras hostiles; infraestructura nacional resiliente frente a desastres; la disuasión nuclear más robusta, creíble y moderna; la economía más fuerte, dinámica, innovadora y avanzada; la base industrial más robusta; el sector energético más sólido, o el país más avanzado e innovador del mundo en ciencia y tecnología) no hace sino mencionar lo que desea porque de todo ello empieza a carecer. Al menos, en las condiciones privilegiadas de hace sólo unas pocas décadas.

A esa coincidencia hay que añadirle un punto en común de la mayoría de los análisis sobre el poder estadounidense que, a mi juicio, supone una limitación importante. El declive de Estados Unidos se valora en términos de los cambios que se producen en su relación con el resto de las naciones.

No niego que eso sea un aspecto fundamental e indiscutible. El poder imperial de Estados Unidos se ha basado desde la segunda guerra mundial en cuatro grandes pilares: el económico, industrial, comercial y financiero, el tecnológico, el militar y el cultural. Los cuatro han determinado la naturaleza de sus relaciones con el resto del mundo y ahora entran en declive, aunque no con igual intensidad, lo cual es algo también muy relevante.

El de los dos primeros es innegable. El PIB real de Estados Unidos ha pasado de representar el 40 por ciento del global en 1960 al 29,2 por ciento en 2024. El de su producción industrial del 40 por ciento al 19 por ciento, y su participación en el comercio mundial se ha desplomado del 30 por ciento del global al 10 por ciento. Y aunque el dólar sigue siendo la divisa más potente del mundo, su peso en el total de las reservas globales ha bajado más de 25 puntos porcentuales en las últimas seis décadas.

Algo parecido ha sucedido en materia tecnológica. Si bien sigue siendo una primera potencia en numerosos campos, China le pisa los talones, Estados Unidos ha perdido el completo control que hasta hace poco tenía sobre recursos fundamentales para que una economía esté en primera línea del progreso tecnológico y sea económicamente dominante. Ni siquiera su poder blando o cultural se mantiene intacto y sólo en el militar disfruta, por ahora, de una ventaja decisiva y sustancial sobre cualquier otro país del mundo.

Es fundamental, como he dicho, tener presente todo ello, es decir, lo que cambia en la relación de la economía y la sociedad estadounidenses con el resto del mundo. Aunque quizá, no tanto por lo que está disminuyendo, como por lo que le queda como principal resorte de poderío (su capacidad militar), si lo que se quiere es conocer el tipo de relación y hegemonía que va a ver obligada a imponer a partir de ahora, tanto a sus antiguos socios y aliados como a las naciones con quien compite o considera adversarias.

Pero, en todo caso, y siendo todo ello importante, me parece que se están olvidando los procesos que se dan en el interior de Estados Unidos, cuando puede ser que incluso sean más determinantes que los exteriores.

Me refiero al deterioro progresivo de las condiciones de vida de una parte creciente de la población, a la pérdida de estabilidad y a la fragmentación creciente de la sociedad, a la quiebra de instituciones esenciales y al avance acelerado hacia la autocracia que se están produciendo.

Durante decenios, el poder imperial estadounidense se basó también en la existencia de una sociedad que, por muchas que fuesen sus facturas, se presentaba hacia el exterior y se sentía a sí misma como la expresión real de un sueño realizado, el espejo en el que necesariamente debían mirarse quienes aspiraban al progreso y el bienestar. Allí estaban la seguridad, el equilibrio, el mundo en que todo era posible para cualquier persona, el consumo sin límite y la abundancia generalizada…

Hoy día, sin embargo, la sociedad, la economía doméstica y la política se han degradado y se descomponen, posiblemente, a un ritmo bastante más rápido que el de la pérdida de peso de Estados Unidos en las relaciones internacionales. Sigue siendo, sin duda, una sociedad privilegiada, la más rica del planeta, pero empieza a no ser exagerado decir que Estados Unidos se parece cada vez a los países que tradicionalmente se han denominado como tercermundistas o subdesarrollados. Es decir, los que, con independencia de la cuantía de su actividad económica, se han caracterizado por el crecimiento sin bienestar, el extractivismo, las grandes bolsas de pobreza estructural, la gran extensión de mercados informales, la inseguridad, el urbanismo caótico y las infraestructuras colectivas deterioradas y los déficits de inversión social, las instituciones democráticas débiles o capturadas, y la multiplicación de conflictos latentes y asociados a todo ello que generan violencia, segregación y sociedades sometidas a constantes conflictos soterrados o explícitos.

La realidad social de Estados Unidos, la que está afectando al día a día de la gente corriente, es muy parecida a todo eso.

El modelo económico estadounidense ha mutado y el crecimiento se basa en la generación de actividad puramente improductiva, en la «producción» de más bienes intangibles -seguros, datos, patentes, rentas de monopolio- que bienes físicos. La burbuja de inversiones especulativas y basada en trampas contables sostiene actualmente el crecimiento del PIB, y si el desempleo se midiera con los métodos anteriores a los establecidos bajo la presidencia de Clinton, el paro sería del 22 por ciento, sólo tres puntos por debajo del registrado en la Gran Depresión de 1929. La economía de Estados Unidos genera más riqueza que ninguna otra, si se mide en los términos muy brutos del Producto Interior Bruto, pero esa riqueza se concentra en las grandes corporaciones tecnológicas y en el sistema financiero, mientras que la mayoría de los trabajadores carece cada día más de ingreso y ahorros y vive al borde de la insolvencia.

La desigualdad en el reparto del ingreso y la riqueza es la mayor del mundo desarrollado y quizá no tenga parangón en todo el planeta. Ha habido periodos en el último cuarto de siglo en el que el 1 por ciento más rico de la población se ha apropiado del 95 por ciento del ingreso que se iba generando. El coeficiente de concentración de la riqueza es prácticamente el mismo que el de Madagascar, Haití, Tanzania o Camerún y mayor que el de Rusia, China, Marruecos, Chad, Etiopía o Irak.

Casi la mitad de las carreteras y uno de cada cinco kilómetros de autopista están en “mal o regular” estado. Más de 45.000 puentes son estructuralmente deficientes y la red eléctrica sufre apagones regulares. En grandes ciudades como Detroit, Cleveland o St. Louis, la desindustrialización ha dejado barrios con indicadores de renta, mortalidad y violencia comparables a los de América Central. En otras, como Portland, se ha tenido que declarar el estado de emergencia de tres meses para intentar frenar el uso y el impacto del fentanilo (cincuenta veces más potente que la heroína). Las mafias (estadounidenses, como los bancos que custodian el dinero que mueven) controlan su distribución por todo el país.

Con el 40 por ciento de todas las armas civiles existentes en el planeta, en Estados Unidos mueren cada año más personas por disparos que en todas las guerras que libra el país fuera de sus fronteras. Allí hay casi seis veces más homicidios que en Europa y allí está el mayor sistema carcelario del mundo: alrededor de 2 millones de personas prisión en 2024 (más que en Rusia, Sudáfrica o Brasil) que se utilizan para fabricar bienes para empresas privadas con sueldos de un dólar la hora. Muchos de ellas, además, presas como consecuencia de mala práctica o brutalidad policial, supresión de pruebas o confesiones forzadas.

Aunque en Estados Unidos es el país en que se gasta más dinero en salud (mayoritariamente privada y en beneficio de las grandes empresas sanitarias y aseguradoras), hay casi 50 millones de personas sin acceso a servicios de salud, lo que produce, por esa razón, más muertes anuales que los accidentes de tráfico. La esperanza de vida es inferior a la de Cuba, la tasa de pobreza infantil es prácticamente la misma que la de Filipinas. La mortalidad materna es tres veces mayor que la de Canadá. Casi 800.000 personas vivían sin techo a primeros de 2024. Estados Unidos está, junto a Islas Marshall, Micronesia, Palaos, Papúa Nueva Guinea, Nauru, Niue, Surinam y Tonga, entre las únicas naciones del mundo que no garantizan la licencia por maternidad remunerada en 2025.

La educación se deteriora progresivamente. El 54 por ciento de las personas adultas lee por debajo del nivel 6.º de primaria, según el Departamento de Educación. Y el sistema educativo, en lugar de actuar como impulsor de la movilidad social, se ha convertido en una trampa financiera para millones de familias: en agosto de este año, la deuda estudiantil se disparó a 1,81 billones de dólares, con 42,5 millones de prestatarios adeudando un promedio de 39.075 dólares cada uno.

La Oficina de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible sitúa hoy día a Estados Unidos en el puesto 44 a nivel mundial de su índice, justo por detrás de Cuba, Bulgaria, Ucrania y Tailandia. Y la nación más rica del mundo ocupa, sin embargo, el puesto 17 en el índice de desarrollo humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Todo lo anterior vienen acompañado de un deterioro progresivo de las instituciones y de la representación política. The Economist sitúa a Estados Unidos entre las naciones con “democracia imperfecta”. La propia opinión de la población estadounidense en las encuestas es lo que quizá refleje mejor nada lo que está ocurriendo en la que hasta ahora es la potencia que controla en el mundo: solo el 24 % de estadounidenses cree que el país va “por el camino correcto”, la mitad de jóvenes califica al país como “tercermundista” y sólo el 55% de los estadounidenses creía que Biden ganó legítimamente las elecciones de 2020. En abril pasado, el 52% de los estadounidenses, el 56% de los independientes e incluso el 17% de los republicanos consideraba en una encuesta que Trump es un «dictador peligroso cuyo poder debería limitarse antes de que destruya la democracia estadounidense». Aunque, en enero de 2024, tres cuartas partes de los republicanos apoyaban en una encuesta que Trump fuese «dictador por un día», como el actual presidente había dicho que sería.

Peter Turchin (Final de partida: Elites, contraélites y el camino a la desintegración política. Editorial Debate) ha estudiado la evolución de cientos de sociedades a lo largo de 10.000 años y ha descubierto con claridad que la desigualdad es el principal factor explicativo de su decadencia. Debemos atender principalmente a lo que está ocurriendo en el interior de Estados Unidos, más que a su exterior, para poder anticipar lo que va a suceder y de qué manera se van a ir produciendo los acontecimientos a los que lleva su decadencia imperial. Y lo que ya se puede ir vislumbrando en ese sentido es preocupante: el imperio se está convirtiendo en un monstruo autocrático, militarizado e inhumano.

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18 comentarios

Tasio Urra 15 de diciembre de 2025 at 18:50

Entramos en una nueva ‘Era de la Oscuridad’, que comienza con el colapso en ciernes de esta civilización termoindustrial.

Ánimo, Juan, y un abrazo.

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Juan Torres López 15 de diciembre de 2025 at 19:06

Veremos cómo acaba

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Tasio Urra 15 de diciembre de 2025 at 18:52

* Urra Urbieta, J. A. (2024). Crecimiento socioeconómico y crisis ecosocial: estado de la cuestión. Arbor, 200(812), 2600. https://doi.org/10.3989/arbor.2024.812.2600

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Juan Torres López 15 de diciembre de 2025 at 19:05

Muchas gracias!!! Lo difundo

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Manuel 15 de diciembre de 2025 at 19:35

Si no se lleva por delante todo el planeta tendremos que dar gracias a Dios o a la divina providencia, hasta ahora ningún imperio a perdurado por los siglos, todos acaban colapsando por lo mismo la corrupción, la mentira y el culto a la riqueza, parece mentira que no lo vean, debe de ser que el dinero les ciega a los que alcanzan el poder y ese mismo poder les corrompe. Todo eso supongo que se traducirá una vez más en sangre, dolor y lágrimas, de hecho el mundo no ha dejado de sufrirlo en ningún momento solo que cada vez más sangriento más doloroso y más cruel.

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Sinanestesia 15 de diciembre de 2025 at 19:55

Saludos, estimado profesor. Lamento contradecirlo. No obstante, si usa tuviese ese poderío militar, no hubiese perdido en Ucrania. Debido a ese hecho es que pretende congelar el conflicto. Cheers

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Tasio Urra 15 de diciembre de 2025 at 21:00

A ti, estimado Juan.

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José Luis Pineda Acosta 16 de diciembre de 2025 at 08:46

Magnífico y contundente artículo,gracias mil profesor.
Solo puedo añadir que Europa sigue sus pasos y también vamos en declive.

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Gabriel 16 de diciembre de 2025 at 09:29

Manfred Max Neef decía hace más de una década que los EEUU eran un país «en vías de subdesarrollo» porque había traspasado los límites del crecimiento económico, y sostenía que al traspasar ese umbral los efectos (medidos en esperanza de vida, etc etc) eran similares a los de los países subdesarrollados. Por ello acuñó el término «países en vías de subdesarrollo». Probablemente estamos consiguiendo el equilibrio perfecto entre el subdesarrollo y el hiperdesarrollo y ya no sabemos a dónde emigrar o escapar pues en este planeta ya no hay quien viva. Los subdesarrollados se mueren de hambre y los hiperdesarrollados de asco.

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Juanjo 16 de diciembre de 2025 at 10:17

Sin palabras. Gracias a los dos. https://doi.org/10.3989/arbor.2024.812.2600

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Wenceslao 16 de diciembre de 2025 at 13:28

Siempre me ha resultado revelador un comentario de un director de cine y documentales que afirmaba que Estados Unidos observó con cierta satisfacción cómo sus principales oponentes económicos se destruían mutuamente entre 1936 y 1946. Mientras Europa quedaba devastada por la guerra, EE. UU. no solo permanecía relativamente intacto, sino que consolidaba su posición como potencia industrial y financiera global.

En ese contexto suele presentarse el Plan Marshall como un acto de generosidad histórica, cuando en realidad fue, ante todo, una operación estratégica cuidadosamente diseñada. Los fondos —unos 13.000 millones de dólares de la época— no se entregaron de manera libre ni desinteresada. Los países europeos receptores estaban obligados a emplearlos en la compra de alimentos, combustible, maquinaria y equipos industriales producidos en Estados Unidos. De este modo, la “ayuda” servía también para asegurar mercados, sostener la producción estadounidense y afianzar su influencia económica y política en Europa.

Con el paso del tiempo, sin embargo, Europa logró reconstruir su tejido industrial. Para finales de los años sesenta y, especialmente, durante la década de 1970, muchas economías europeas ya competían con éxito a nivel mundial. La crisis del petróleo de 1973 marcó un punto de inflexión: la industria europea, más eficiente y orientada al ahorro energético, comenzó a imponerse frente a modelos industriales estadounidenses basados en productos grandes, caros y altamente consumidores de recursos. A partir de ese momento, cada vez menos consumidores estaban dispuestos a adquirir vehículos como los GM de 3,5 litros de cilindrada con consumos de 20 litros cada 100 kilómetros.

Ya en el siglo XXI, la irrupción de China como potencia industrial y comercial ha supuesto la estocada definitiva al viejo dominio económico estadounidense. Incapaz de competir en costes y volumen, Estados Unidos ha buscado preservar su posición recurriendo a mecanismos de presión política y económica sobre Europa. En este proceso, buena parte de la élite europea ha actuado como intermediaria dócil, aceptando políticas que, bajo el discurso de “salvar” a Estados Unidos, terminan beneficiándolo a costa de los propios intereses europeos.

Así, se ha llegado al extremo de intentar convertir en mercancía cualquier recurso imaginable —incluso el aire— siguiendo directrices emanadas desde Bruselas, bajo el liderazgo de figuras como Ursula von der Leyen, a quien muchos consideran responsable de una subordinación creciente de Europa a los intereses estadounidenses. El resultado es una Europa cada vez menos soberana, atrapada entre la presión de Washington y la competencia imparable de Asia.

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Juan José 16 de diciembre de 2025 at 13:39

Es de agradecerle, como siempre, que nos provea de información detallada cómo ésta.
Que pone realmente en su lugar, a un país que sigue mostrándose al mundo, a través de los medios de comunicación, como modelo en todo: en democracia (ocultando sus escandalosos niveles de abstención, y partitocracia mercantilizada), bienestar (ídem. de criminalidad) y prosperidad (ídem. de desigualdad).
Y su situación actual está definida muy bien en la frase: la desigualdad es el principal factor explicativo de su decadencia.

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Edgar. 16 de diciembre de 2025 at 14:51

Leído su artículo “Tercermundismo en Estados Unidos: la cara interna de su declive imperial”, quiero agradecerle sinceramente por compartir un análisis tan detallado y provocador. Es indiscutible que pone el dedo en la llaga sobre problemas reales y profundos de la sociedad estadounidense: la desigualdad extrema, el deterioro de infraestructuras, la crisis sanitaria (incluida la epidemia de opioides), la violencia armada y el estancamiento en indicadores de bienestar para amplios sectores de la población. Estos son hechos documentados que merecen atención urgente y que, como usted bien señala, contrastan con la imagen de superpotencia que aún proyecta el país.

Comparto plenamente la preocupación por cómo la concentración de riqueza y el debilitamiento de las redes de protección social erosionan la cohesión interna de cualquier nación, sea cual sea su sistema económico. Su referencia a historiadores como Peter Turchin sobre los riesgos de la desigualdad excesiva es muy pertinente y nos invita a todos a reflexionar.

Sin embargo, permítame compartir humildemente algunas observaciones que, desde mi punto de vista, podrían enriquecer el análisis y ofrecer una visión más equilibrada. Creo que algunas de las comparaciones seleccionadas, aunque impactantes, podrían interpretarse de forma distinta si se incorporan otros datos y contextos.

Por ejemplo, usted menciona que la esperanza de vida en Estados Unidos es inferior a la de Cuba, lo cual utiliza como ilustración de “tercermundismo”. Los datos más recientes (proyecciones para 2025 de fuentes como Worldometer y Macrotrends) sitúan la esperanza de vida estadounidense en torno a los 79,5 años, mientras que la cubana ronda los 78,5-79,5 años según las mismas estimaciones (con variaciones dependiendo de la fuente). La diferencia es mínima o incluso invertida en algunos cálculos recientes. Más allá de eso, un contraejemplo interesante es Puerto Rico, territorio asociado a Estados Unidos con una economía de mercado abierto y acceso a muchos sistemas federales estadounidenses: su esperanza de vida se estima en torno a los 82 años, claramente superior a la de Cuba. Esto sugiere que factores no estrictamente ideológicos —como el clima caribeño, patrones alimentarios o redes familiares— podrían pesar más de lo que a veces se reconoce en estas comparaciones.

Del mismo modo, aunque la desigualdad en Estados Unidos es elevada (índice Gini alrededor de 41-42 según datos recientes del Banco Mundial y FRED), sería útil contrastarla con realidades en países de orientación socialista. Por ejemplo, China —que se define como socialista— tiene un Gini reciente en torno a 36, superior al del Reino Unido (alrededor de 32-34). Y en el caso de Cuba, los datos oficiales más recientes fiables son antiguos y no reflejan plenamente la desigualdad real generada por el mercado negro, las remesas o las diferencias entre élites y población general. Un contraste aún más llamativo es el de las dos Coreas: Corea del Sur (economía de mercado) alcanza una esperanza de vida de unos 84,5 años, mientras que Corea del Norte ronda los 74 años.

Estas observaciones no pretenden minimizar los graves problemas internos de Estados Unidos —que, como usted argumenta convincentemente, contribuyen a tensiones sociales y políticas—, sino sugerir que los indicadores de bienestar dependen de múltiples variables (culturales, geográficas, históricas) más allá del modelo económico predominante. Países capitalistas con fuertes redes de protección social, como los escandinavos, logran combinar mercados libres con baja desigualdad y alta esperanza de vida, lo que indica que no hay una relación mecánica entre mercado libre y deterioro social.

En definitiva, su artículo es un valioso aporte al debate sobre el futuro de las grandes potencias y las consecuencias de la desigualdad. Ojalá estos comentarios contribuyan a un diálogo constructivo y plural. Le agradezco de nuevo el esfuerzo por difundir estas reflexiones y le deseo lo mejor en su labor académica y divulgativa.

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Juan Torres López 16 de diciembre de 2025 at 17:48

Muchas gracias por las matizaciones y correcciones. Un abrazo

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Alfonso Casas Moreno 16 de diciembre de 2025 at 20:40

Con la caída de las torres gemelas, comenzó el principio del fin. El poder imperial de Estados Unidos se ha basado desde la segunda guerra mundial en cuatro grandes pilares: el económico, industrial, comercial y financiero, el tecnológico, el militar y el cultural, todo lo contrario y ha los hechos me remito, solo han sido el TERROR IMPERIAL, promoviendo golpes de estado y guerras en medio mundo y el terror financiero, comprando voluntades a estados y dirigentes títeres o pallasos a su servicio y por último el terror de la droga sembrándola por todo el mundo sin saber que florece en todos lados y ellos están sufriendo las consecuencias , como se sufrió en España en los años 80.
El problema, es que el NACIONAL CATOLICISMO, bebió de esa fuente y seguimos a pie juntitas su sendero de miserias y desigualdades, desgraciadamente por este camino no llegaremos a ningún lado, pero parece ser que a nadie les interesa, seguiremos votando a lo peor de la estupidez humana, gracias por refregárnolo por la cara, a ver si así despertamos.

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wenceslao 17 de diciembre de 2025 at 12:18

Las medias mas bien la mentira que todos tragamos…»salario medio» en España: por qué nos venden 28.000 € cuando la mayoría cobra alrededor de 15.000 €
En los titulares de prensa y en las comparaciones internacionales, siempre se habla del salario medio bruto anual en España: alrededor de 28.050 € en 2023 (datos definitivos del INE). Suena bien, ¿verdad? Sugiere que el trabajador «típico» gana unos 2.000 € al mes en 14 pagas. Pero esta cifra es un espejismo estadístico que distorsiona la realidad y hace que mucha gente crea vivir en un país más próspero de lo que es.
El problema es el mismo que con tu ejemplo de los salarios: unos pocos sueldos muy altos (directivos, financieros, altos cargos) inflan el promedio, mientras que la gran mayoría de los trabajadores se concentran en la base. El propio Instituto Nacional de Estadística (INE) lo reconoce en sus informes: «Una característica de las funciones de distribución salarial es que figuran muchos más trabajadores en los valores bajos que en los sueldos más elevados. Este hecho da lugar a que el salario medio sea superior tanto al salario mediano como al más frecuente».
Veamos los datos reales del INE para 2023 (Encuesta Anual de Estructura Salarial):

Salario medio: 28.050 € (el que sale en todos los titulares).
Salario mediano: 23.349 € (la mitad de los trabajadores gana más que esto, y la mitad menos; más representativo).
Salario modal (el más habitual o frecuente): 15.575 € (el que cobra el mayor porcentaje de asalariados, un 4,6%).

Eso significa que el sueldo más común en España está rozando el Salario Mínimo Interprofesional (SMI), que en 2023 era de unos 15.120 € anuales. Uno de cada cuatro trabajadores (25,6%) ganó entre 14.000 y 20.000 € brutos. Y si descontamos IRPF y cotizaciones, el neto mensual habitual ronda los 1.000-1.200 €.
¿Por qué se insiste en el salario medio y no en el modal o mediano?

Es más fácil de calcular y comparar: El promedio se usa históricamente para evoluciones anuales y comparaciones con otros países (donde también infla la realidad por desigualdad).
Suena mejor en los medios: Un titular con «28.000 €» vende optimismo económico, mientras que «15.575 €» reflejaría la precariedad real de hostelería, comercio, cuidados o trabajos parciales (donde se concentran mujeres y jóvenes).
No es un «engaño deliberado» del INE: Ellos publican las tres métricas y advierten de la distorsión. Pero los medios y políticos eligen la que más conviene: gobiernos destacan subidas del «medio» para presumir de recuperación; opositores lo usan para criticar desigualdad sin profundizar.

El resultado: mucha gente no se da cuenta de que su salario está en la norma, no por debajo. Cree que «todos cobran más» porque el promedio está inflado por el 10% superior (que tira el medio hacia arriba). En sectores como la hostelería, el salario medio es de solo 17.000 €; en energía o finanzas, supera los 50.000 €.
Esta distorsión oculta la desigualdad real: España tiene una de las brechas salariales más altas de Europa, con contratos parciales, temporalidad y concentración en bajos sueldos. Las subidas del SMI han ayudado a la base (elevando el modal desde los 14.586 € de 2022), pero no han tirado del resto.
En resumen, el «salario medio» de 28.000 € es una cifra técnica válida, pero no representa la vida de la mayoría. El sueldo habitual es la mitad, y eso es lo que deberíamos mirar para entender la realidad económica de millones de familias. Si los medios y debates se centraran en el modal o mediano, la percepción cambiaría radicalmente. ¿No creen que merecemos estadísticas que reflejen lo que realmente pasa en la nómina de la gente corriente?

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Remedios García 17 de diciembre de 2025 at 15:41

Muchas gracias.
¿Y qué vamos a hacer aquellos a quienes durante décadas los EEUU se nos han presentado como el «modelo referente»?
El problema es que una vez vista y constatada la decadencia y degradación de EEUU, parece que muchos aún no se atreven a plantarles cara y siguen asumiendo que sigan siendo los que mandan.
Y hay otra cuestión a tener en cuenta: esta deriva que ha tomado el «referente no solo lo está llevando al fin de su hegemonia, ¿o acaso no pone también en cuestión todo este sistema que se presentaba como el único y mejor?

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Jano 18 de diciembre de 2025 at 18:25

En un comentario se hace alusión al índice de Gini pero creo que da cifras que a mí no me cuadran.
Pregunto: ¿el índice de Gini no va en una escala de 0 a 1 de forma que «0» es la igualdad absoluta mientras que «1» es la máxima desigualdad?….
De acuerdo con el artículo, el índice de Gini en USA sería de 0,6 o 0,7 ¿no?….
En cuanto a la caída del imperio, podría arrastrarnos o no…dependerá de que trate de montar un conflicto externo de amplia intensidad (guerra nuclear incluida) para «reconducir» su crisis…o implosiona en un conflicto civil interno que nos afectaría de forma tangencial.

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