28-F

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Publicado en La Opinión de Málaga. 27-02-2005 

Mañana se cumplen veinticinco años de uno de los momentos políticos más relevantes de la última transición política española.

 

El gobierno entonces en el poder se equivocó de plano en su concepción del Estado Autonómico y, lo que es más importante, en la valoración del sentimiento de los ciudadanos y estaba dispuesto a conceder a Andalucía una autonomía de segundo rango.

 

El partido socialista se percató enseguida de la magnitud del error y se volcó en una campaña de reivindicación que logró atraer a una inmensa parte de la sociedad andaluza. Su inteligencia política de aquellos días y su decisiva contribución a que el referendum fuese un éxito aún le están dando réditos políticos. Son merecidos, pues sin el esfuerzo de sus militantes y sin su compromiso efectivo de aquellos días la historia de Andalucía hubiera sido otra. Basta ver las hemerotecas para comprobar su protagonismo y lo decisiva que fue su actuación.

 

Tan importante la de los socialistas como errada resultó la de la derecha política y social, con algunas notables excepciones como la del entonces ministro Clavero. Su empecinamiento en defender una solución que marginaría a Andalucía se dejaba notar demasiado como una elemental reproducción de los comportamientos de las oligarquías de otros tiempos. Los ciudadanos lo notaron enseguida y a pesar de la agresiva y grosera campaña gubernamental le dieron la vuelta a la situación.

 

También la derecha sigue pagando las consecuencias de lo ocurrido entonces. Los ciudadanos no olvidan la actitud de sus dirigentes políticos y tendrán que pasar bastantes años para que puedan presentarse ante la población como ajenos a aquella agresión (y muchos más si la derecha se empeña, como el gobierno de Aznar, en reproducir continuamente la política del agravio). La derecha económica, mucho más pragmática e inteligente que sus representantes políticos, ha terminado por buscar cobijo en los alrededores e incluso en las filas del partido socialista. Estos la respetan, la dejan hacer y la financian sin demasiado problema.

 

Entre medias, el Partido Andalucista es igualmente víctima de una ambigüedad nacida precisamente aquellos mismos días del referendum e Izquierda Unida sigue siendo incapaz de vencer el sectarismo y de encontrar antídotos efectivos contra su patológica tendencia hacia la purga cainita.

 

Todo eso es lo que hace que el mapa político andaluz permanezca tan estable a pesar del paso del tiempo y que el Partido Socialista siga siendo el casi exclusivo protagonista de la vida política de estos veinticinco años.

 

Es natural que mucha gente se pregunte si esto último es bueno o si, por el contrario, es más deseable que haya más alternancia en el gobierno.

 

Mi opinión es que ni la larga permanencia de un partido en el gobierno ni la alternancia son buenas o malas en sí mismas. Yo creo que los socialistas andaluces han logrado darle continuidad a muchos buenos proyectos, a horizontes sin los cuales Andalucía hubiera avanzado mucho más lentamente en estos últimos años. En estos dos decenios y medio el mundo y España han transitado por una etapa de liberalismo  radical que ha afectado muy negativamente a las estructuras de bienestar en todo el mundo y que ha provocado una gran desigualdad. Obviamente, es imposible saber lo que hubiera pasado de haber gobernado el Partido Popular, pero sabiendo que sus ochos años a escala nacional han aumentado la desigualdad y debilitado el ya de por sí débil Estado de Bienestar español es relativamente fácil deducir que a Andalucía -más atrasada que la media nacional en este aspecto- le hubiera ido mucho peor con un gobierno de derecha que con el gobierno socialdemócrata de esta última etapa histórica.

 

Pero también es evidente que la larga estancia en el gobierno ha hecho del Partido Socialista una organización demasiado inerte y acomodaticia, bastante conservadora y más preocupada por mantener la situación que electoralmente tanto le favorece que por asumir compromisos políticos arriesgados, que son los que al final calan verdaderamente en la historia de los pueblos.

 

Si Izquierda Unida hubiera hecho en todos estos años una política más sensata (o quizá simplemente sensata) junto al Partido Socialista (en lugar de torpedear obsesivamente su acción de gobierno) se podría haber logrado que éste hubiera avanzado mucho más en aspectos de política social y de compromiso democrático, compensando así la presión (igual de legítima pero mucho más inteligente) que hacen por su parte los sectores más a la derecha de la política andaluza.

 

Después de estos veinticinco años quedan muchas cosas que afrontar, como es lógico que suceda. En términos absolutos hemos avanzado aunque a veces los términos relativos sigan siendo frustrantes, sencillamente porque los demás territorios de nuestro entorno tampoco pierden el tiempo y porque los handicap de salida son singularmente difíciles de superar en cuestión de desarrollo económico.

 

Hay algunos avances que son muy difíciles de conseguir porque nadie puede cambiar a su antojo ni en un dos por tres el entorno, las ideas dominantes, la inercia casi planetaria que nos lleva en volandas o las hipotecas que vienen de siglos. Pero esos grandes lastres quizá sean los que menos frustración y paralización social generan, por muy importantes que sean. Los más graves seguramente son los que se podrían evitar más fácilmente y que, sin embargo, se mantienen e incluso aumentan.

 

Cuando se pide que el gobierno andaluz toque la luna, como a veces ocurre, se puede justificar que no lo logre, pero lo malo es que fracasemos en retos que estarían a nuestro alcance a poco que nos propusiéramos lograrlo con un compromiso decisivo. Hemos de construir una administración pública eficiente, pues seguimos administrando con regalismo y cultivando la práctica del sometimiento. Es ya imprescindible articular una presencia potente y estratégicamente bien diseñada en el sector financiero y modificar el rumbo de la política de asuntos sociales, ahora casi completamente equivocada. Habría que avanzar mucho más firme y convencidamente hacia la creación de un  sistema de mediación social auténticamente democrático y enriquecedor,  hay que fomentar mucho más el control de la acción política y liberarse de la cultura del subsidio y el paternalismo. Seguimos teniendo miedo al fracaso y el peor de los conservadurismos (el que nada tiene que ver con la ideología) aún gobierna nuestras relaciones sociales.

 

Son muchas cosas las que quedan por hacer, los objetivos que hemos de conquistar. Pero podremos alcanzarlos si los andaluces nos empeñamos en hacer que cada uno de nuestros días se convierta, aunque sea un poco, en otro 28 de febrero.

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