Ganas de Escribir. Página web de Juan Torres López
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¿A quién pertenece la inteligencia artificial?

Publicado en ctxt.es el 26 de junio de 2026

Se ha sabido que Sam Altman, el CEO de OpenAI e impulsor de ChatGPT, lleva meses recorriendo despachos de Washington con una propuesta aparentemente muy generosa: la creación por el gobierno de Estados Unidos de un fondo financiero público para que los ciudadanos puedan participar de los beneficios que proporciona la inteligencia artificial. Como era de esperar, Donald Trump lo celebró diciendo que así "el pueblo americano se hará muy rico".

La propuesta no solo tiene truco, sino que es justamente lo contrario de lo que hay que hacer. El truco es que OpenAI acumula más de 12.000 millones de dólares en pérdidas en un solo trimestre y sus proyecciones internas apuntan a más de 115.000 millones hasta 2029. Lo que está pidiendo Altman puede convertirse, por tanto, en otro rescate financiero más que en una fuente de ingresos para la mayoría de la población.

Para entender por qué digo, además, que esta propuesta es lo contrario de lo que se debería hacer hay que responder, en primer lugar, a una pregunta que no parece que haya mucho interés en plantear: ¿a quién pertenece realmente la inteligencia artificial y quién tiene, por tanto, derecho a gobernarla y enriquecerse con ella?  Una pregunta que obliga a responder previamente a otra fundamental y que, por sorprendente que pueda parecer, no tiene respuesta satisfactoria en la economía contemporánea: ¿cuál es la naturaleza económica de la inteligencia artificial?

Este artículo recoge las líneas maestras de la introducción a un ensayo de próxima aparición en el que trato de dar respuesta a esta segunda cuestión y en donde analizo también las implicaciones que tiene.

La importancia del asunto

La razón por la que importa esa pregunta es sencilla: de cuál sea la naturaleza económica de la inteligencia artificial depende quién se debe apropiar de ella sin desnaturalizarla, así como las políticas que se adopten para regularla, los derechos que se reconozcan sobre su uso, los instrumentos fiscales que se le apliquen, los marcos jurídicos que la gobiernen y, en última instancia, quién se debe beneficiar de su existencia y quién soportar sus costes.

Determinar con rigor la naturaleza económica de un fenómeno o proceso nunca es algo anecdótico o neutral. Todo lo contrario. De ello depende que sepamos si se está utilizando conforme a lo que efectivamente es o de forma desnaturalizada. Y puesto que la inteligencia artificial ha empezado ya a reconfigurar simultáneamente los mercados de trabajo, las estructuras de poder empresarial, las relaciones entre Estados y las condiciones de vida de millones de personas..., acertar o errar en el modo en que se usa o debe usarse no es un formalismo. Es un problema de economía política de consecuencias históricas que se está tratando de resolver ya, pero sin debate y en gran medida sin el instrumental conceptual adecuado.

Existe una cantidad ingente de literatura sobre la inteligencia artificial, pero aún está por resolver qué es desde el punto de vista económico. Muchos análisis parciales iluminan aspectos concretos, pero no resuelven el problema en su integridad. Es una laguna importante que tiene dos causas. Una, la dificultad intrínseca del problema. La otra es la influencia de grandes poderes a quienes interesa mantener la confusión conceptual: quien controla una definición se aprovecha de las consecuencias de haberla establecido de un modo u otro.

La corriente dominante en economía intenta integrar la inteligencia artificial como un factor adicional de producción, encerrándola en categorías que no fueron diseñadas para expresarla y que distorsionan su naturaleza. Los análisis más especializados tratan de descubrir qué efectos tiene la IA sobre el trabajo u otros campos de la economía, pero sin plantearse qué es exactamente desde el punto de vista económico. Otros más críticos (sobre el capitalismo de vigilancia, sobre el de plataformas, o describiendo el tecnofeudalismo) analizan bien el ecosistema en el que la IA actúa y al que transforma, pero también sin examinar previamente su naturaleza económica. Incluso la encíclica papal Magnifica Humanitas, quizá el análisis más ambicioso y de mayor alcance público producido recientemente sobre la IA, llega a conclusiones de gran profundidad ética y filosófica pero deja sin resolver aspectos esenciales, precisamente porque tampoco se propone la determinación rigurosa de su naturaleza económica. El diagnóstico moral sin la base económica se queda a mitad de camino.

La IA no es "una" cosa

Cuando aquí hablo ahora de inteligencia artificial me refiero principalmente a los grandes modelos de propósito general, los que están detrás de ChatGPT, Gemini o Claude, que concentran de forma más intensa todas las propiedades que hacen de la IA algo económicamente nuevo.

Pues bien, la gran dificultad para determinar analíticamente qué es la IA desde el punto de vista económico es que no es algo de naturaleza unitaria. No es una sola cosa, sino un conjunto de elementos de naturaleza económica muy diferente. Los algoritmos y modelos son conocimiento formalizado con naturaleza de bien público; es decir, cuyo consumo por un individuo no impide el de otro y cuya reproducción puede hacerse ilimitadamente sin coste alguno. Los datos de entrenamiento son un recurso común generado socialmente y apropiado privadamente. La infraestructura computacional es capital fijo (no varía a medida que lo hace la producción) con tendencia al monopolio natural, dado su elevado coste y gran envergadura. La energía es una mercancía con efectos externos ecológicos masivos que generalmente no se internalizan por quien los produce. El trabajo humano incorporado en la IA se utiliza como factor tradicional, aunque con tendencia a hacerse invisible y ser muy precario. Y la capacidad de tomar decisiones autónomamente es algo sin precedente en la historia económica: una función emergente del conjunto que rompe la distinción clásica entre factor productivo (pasivo desde este punto de vista) y agente económico (decisor).

Ninguna de las categorías de las que hoy día disponemos captura todo ello en su conjunto. Pero el problema no es sólo la heterogeneidad de los componentes. Radica principalmente en que su combinación produce algo cuya naturaleza económica no se reduce a la suma de sus partes. Probablemente sea la primera vez en la historia que un único recurso económico integra en tan alto grado y simultáneamente elementos de naturalezas tan heterogéneas, haciéndolos interactuar de forma dinámica y autónoma.

Hay además un rasgo que agrava decisivamente la cuestión de su apropiabilidad. La IA aprende y evoluciona a través de su propio uso y sus propiedades no son estables, sino dinámicas y resultado de su aplicación. Quien se adueña hoy de la IA no se apropia solo de sus capacidades presentes, sino también de su trayectoria evolutiva futura. Y esta, como la del pasado, se construirá con el uso y la aportación de millones de personas que, sin embargo, pueden no recibir compensación ni reconocimiento alguno por ello si se permite que la IA sea de apropiación privada. Dicho de otro modo: apropiarse de la IA no es hacerse con una herramienta o factor productivo convencional. Es apropiarse de la capacidad de aprovechar las ganancias futuras que produzca, de la aportación de terceros y de poder de agencia, es decir, el de tomar decisiones futuras que afectarán a todos los seres humanos.

La conclusión que nadie quiere sacar

De todo esto se deriva la conclusión que debería condicionar el desarrollo y el uso de la IA: no puede ser apropiada privativamente sin que esa apropiación constituya una expropiación de lo que por naturaleza pertenece a toda la humanidad. Cuando el valor presente y futuro de un recurso depende inseparablemente de una aportación colectiva continua que ningún propietario individual puede generar por sí mismo, es incoherente económicamente tratarlo como un activo exclusivamente privado. De ser así, su apropiación privada entra en contradicción con la naturaleza económica del recurso y lo desnaturaliza, impidiendo entonces que la inteligencia artificial despliegue todas sus posibilidades de desarrollo y elevando extraordinariamente sus costes privados y colectivos.

Se podría decir que los grandes modelos de lenguaje requieren para su construcción GPUs, energía e ingenieros que se pueden apropiar privadamente sin desnaturalizar la esencia de la IA que acabamos de señalar. Es cierto. Pero esos son sus insumos productivos, no su materia prima cognitiva. Lo que les da capacidad e inteligencia, lo que confiere su principal valor a la IA, es el conocimiento acumulado por millones de seres humanos a lo largo de siglos con el que se entrenan sus modelos. Esa es su verdadera materia prima. Y nadie pidió permiso para usarla, ni nadie paga por ella. La materia prima de la IA es el acervo intelectual y cultural de la humanidad entera. No es de Altman, ni de Google, ni de ningún Estado en particular. Es de todos, y eso es exactamente lo que permite reconocer a la inteligencia artificial como algo cuya naturaleza es la de un bien común. Una conclusión a la que se ha podido llegar desde la filosofía, la ética o la política pero que a mi juicio cobra mucho más valor cuando se concluye desde el análisis económico.

Además, la IA es un bien común de tipo radicalmente nuevo: uno que no se agota con el uso sino que crece con él, que no tiene fronteras nacionales porque su materia prima es universal, que tiene capacidad de sustituir el trabajo cognitivo humano a una escala sin precedente y que aprende y crece por sí mismo. Ningún otro recurso tuvo antes esas características en conjunto. Aunque es cierto que algunos de sus elementos (la infraestructura computacional, la energía, el trabajo humano incorporado) tienen naturaleza de bienes privados susceptibles de apropiación individual, son insumos del sistema, no el sistema mismo. La IA como conjunto, como capacidad cognitiva y decisora que emerge de todos sus elementos constituyentes, tiene una naturaleza que los trasciende y que no puede apropiarse privadamente sin desnaturalizarla y sin expropiar a quienes la hicieron, la hacen y la seguirán haciendo posible.

Las implicaciones de propiedad, de gobernanza, de distribución y de gestión democrática que esto tiene las analizo en el ensayo que ahora anticipo. Pero algo fundamental puede adelantarse: es urgente impedir que los oligarcas tecnológicos logren que nuestras sociedades y gobiernos asuman como un hecho consumado la apropiación privada de la inteligencia artificial. Y para conseguirlo es imprescindible dejar de analizar la IA con categorías propias de un mundo en el que no existía.

Altman tiene prisa en disponer de dinero público para cuando el modelo de negocio privado de la IA revele sus límites y quizá estalle, como ocurrió en el pasado con el desarrollo inicial en burbuja de otras innovaciones revolucionarias. Nuestra urgencia debe ser otra: tomar conciencia de que la IA condiciona el futuro de la humanidad e impedir que unos pocos la conviertan en un instrumento para su enriquecimiento privado a costa de todos.

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