Banderas en la Plaza de Mayo

Banderas en la Plaza de Mayo

Publicado en La Opinión de Málaga. 25-4-2004 

La última película de Antonio Banderas, Imagining Argentina, está siendo recibida de forma muy crítica. En España se ha calificado como «bien intencionada…pero extremadamente torpe» (El País) o se ha dicho de ella que es «grotesca y dirigida ridículamente» (El Mundo).  En el Festival de Venecia fue mal acogida por la crítica pero lo cierto es que el público estuvo aplaudiendo diez minutos después de que finalizara.

 

El film está basada en una novela de Lawrence Thornton que narra la historia de un director teatral argentino cuya mujer y más tarde su hija son secuestradas por los militares en la época de la horrorosa dictadura de finales de los años setenta. Desaparecida su mujer, el protagonista descubre que tiene poderes parapsicológicos que le permiten conocer la situación de otros presos, su salvación o su muerte, y así se convierte en el último recursos de las madres y los familiares de quienes igualmente habían perdido a sus familiares. Esa es la excusa para mostrar de manera vibrante episodios de crueldad y dolor que se quieren revivir para que no puedan a volver a darse nunca más.

 

El tratamiento de los hechos que hace la película es al estilo de los thriller made in Holliwood, lo que es posible que le reste credibilidad, y el intento de presentar el horror de la tortura y la muerte a través de una especie de realismo mágico puede ser que banalice el drama que se narra.

 

Con independencia de sus valores fílmicos, que no estoy en condiciones de valorar, me parece, sin embargo, que la película tiene un indudable valor y una tensión interna suficientemente fuerte como para emocionar a quien la ve, que presenta un testimonio estremecedor y, sobre todo, que es una llamada al recuerdo, imprescindible en un mundo al que los poderosos quieren retirar el poder de la memoria.

 

Su director Chirstopher Hampton ha dicho precisamente que su película es una historia contra el olvido: «Independientemente de lo que la gente piense del filme, este es asunto que debe ser discutido. Una de las funciones de este tipo de película, te guste o no, te parezca ridícula, mala o incluso buena, es que mucha gente la verá y se enterará de que hay un absoluto agujero negro de la historia donde 30.000 personas fueron secuestradas y asesinadas».

 

Esa es la cuestión y nada más que por eso conviene verla.

 

La dictadura de los militares argentinos de 1976 a 1983 es uno de los episodios más dramáticos y criminales del siglo XX. Con el beneplácito de las grandes potencias, y en particular de Estados Unidos que los animaron a actuar y los entrenaron, los militares impusieron un régimen de terror que provocó miles de muertes, la tortura generalizada y la desaparición de unas treinta mil personas, además del exilio de casi un millón de argentinos.

 

La barbarie y la maldad de aquellos militares ha sido ya puesta de relieve en cientos de testimonios, a pesar de que algunos gobiernos han querido echar sobre ellas un velo de silencio e incluso de perdón. Como una muestra reciente valga el testimonio del general Díaz Bessone (por cierto, perdonado en su día por Carlos Menem) quien se preguntaba hace poco en la revista argentina Página 12: «¿Cómo se puede obtener información de un detenido si usted no lo aprieta, si usted no lo tortura?». Y en la misma publicación explicaba la razón que llevó a los militares a matar a sus compatriotas detenidos en lugar de mantenerlos en prisión: «podían ser liberados por la eventual llegada de un gobierno elegido democráticamente, y hubiesen tomado las armas otra vez».

 

Las peligrosísimas armas que por regla general utilizaban los desaparecidos, los torturados, los que fueron tirados vivos al Río de la Plata desde helicópteros eran la voz crítica, la expresión plural a través de la palabra, de la pluma o, como el Carlos que protagoniza Antonio Banderas, de la dirección teatral con adolescentes.

 

Siempre que se recuerda, siempre que se analizan aquellos crímenes, que se repetirían o que se habían dado antes en Chile, en Brasil, en Uruguay… uno se pregunta inevitablemente su por qué. Y es precisamente para evitar que se desvele la respuesta por lo que se quiere mantener el silencio y ahogar para siempre la memoria colectiva.

 

Por eso es tan importante recordar que el papel efectivo de los militares fue preparar el terreno para aplicar medidas económicas que desvalijaron sus patrias, entregando a manos extranjeras sus principales riquezas y el patrimonio nacional.

 

Las dictaduras militares en América Latina fueron la antesala sangrienta del neoliberalismo.

 

Los militares daban vivas a la patria en los desfiles, pero en los sótanos de sus cuarteles mataban a los trabajadores o a los profesionales que la habían forjado con su sudor y su esfuerzo, los torturaban sin piedad, y violaban a sus mujeres y a sus hijos e hijas. Y, al mismo tiempo, desde los despachos ministeriales que ilegítimamente habían ocupado endeudaban al país, vendían sus empresas y lo colocaban en manos de intereses extranjeros. No sólo escribían, así, la historia de un crimen deleznable, sino la infamia de un patrioterismo mentiroso y ruin.

 

En 1975, poco antes de que los militares llegaran al poder, la deuda externa argentina era de unos 320$ por cada argentino, cuando se fueron, de 1500$. El procedimiento de endeudamiento fue realmente odioso: los créditos que solicitaba el gobierno (a instancias de los grandes bancos internacionales que entonces tenían enormes masas de liquidez sobrantes y necesitaban colocarla como fuera) se derivaban a las empresas privadas que, a su vez, expatriaban lo que recibían. Más tarde, incluso aceptaron que el Estado se hiciera cargo de los créditos que las empresas solicitaron por su cuenta, obligando a que fueran todos los argentinos quienes tuvieran que devolver el dinero que las empresas se habían llevado de su país. Un mecanismo económico criminal que condenaba a Argentina, como a otros países, a quedar sometida durante decenios bajo la carga de una grandiosa deuda externa. El premio Nobel Pérez Esquivel ha subrayado que empresas como City Bank, Banco de Londres, IBM ,Ford, Reanault, Chase Manhattan Bank, Bank of América, ESSO, Mercedes Benz o Deutsche Bank, entre otras, recibieron de manos de los militares el dinero ensangrentado que multiplicó sus ganancias, pero que condenaba a la pobreza a millones de argentinos.

 

Como dice Antonio Banderas al finalizar la película, puede ser que todo este drama sólo haya terminado «de momento, hasta la próxima vez». Por eso no conviene olvidar, por eso es tan necesario conservar y proteger la memoria de los pueblos.

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