Batasunos de derechas

Batasunos de derechas

Publicado en La Opinión de Málaga el 22 de mayo de 2005

 

La suspensión de la actividad en el Parlamento Andaluz el pasado jueves ha sido un momento político nefasto. Se mire por donde se mire, fue una auténtica suspensión de la vida democrática.Norberto Bobbio caracteriza a la democracia, entre otras cosas, por la existencia de unas reglas que garantizan la resolución pacífica de los conflictos inherentes a la vida social. Y afirma que para que sean efectivas deben basarse en una gran credibilidad. Algo que se quiebra inexorablemente con este tipo de situaciones.
Lo de menos, posiblemente, fuera el hecho de sacar una pancartas. En otras ocasiones se han sacado en ese y otros parlamentos para llamar la atención o denunciar asuntos a los que no había manera de dar otro protagonismo institucional. Supongo que es algo legítimo cuando los parlamentarios no tienen otra forma de manifestar sus posiciones o hacer explícitas sus preocupaciones o denuncias.
Pero utilizar pancartillas para exponer lo que es una obligación denunciar correctamente en sede parlamentaria, sólo por el gusto de provocar e insultar, es una payasada intolerable.
Bien es verdad que nuestra joven democracia no es precisamente ejemplar en este campo. Muchos parlamentarios no saben hablar más que con el culo (me refiero a que durante años no utilizan la tribuna para hablar), otros han votado con los pies y lo frecuente es que las sesiones se lleven a cabo entre algarabía, insultos y desagradables salidas de tono. Si la gente normal y corriente viera los golpetazos en las mesas, las voces y los aspavientos de sus señorías la democracia parlamentaria entraría en crisis sobre la marcha.
Los más altos representantes de la nación son a menudo groseros, como lo fueron los parlamentarios andaluces que el jueves no tuvieron el coraje de exponer seriamente sus denuncias y recurrieron a la greña barriobajera.
Cada uno es como es y es posible que a algunos les divirtiese, y de hecho así parecía ser a la vista de las sonrisas de algunas señorías. Y es posible que esos comportamientos no tengan arreglo. Cuando he visto este tipo de algaradas en otras ocasiones siempre me ha parecido que es cuestión más bien de educación que de otra cosa: en la universidad decimos a menudo que lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.
Son ya muchas las ocasiones en los que parlamentarios populares han insultado al Presidente Chaves, olvidando que alguien que está donde está por el voto de sus conciudadanos merece respeto y que la inmensa mayoría de los andaluces no tenemos por qué soportar que se le insulte graciosamente. Que yo recuerde, lo han llamado oligarca, fascista, ahora cacique (que ya tiene tela viniendo esto de la derecha andaluza)… Yo creo que es hora decir que ya está bien.
Pero siendo eso grave, lo que yo creo que lo es mucho más fue la desobediencia del otro día.
Los parlamentarios populares se negaron reiteradamente a obedecer a la Presidenta del Parlamento, en un acto claro de insumisión, de rebeldía institucional, de renuncia a las reglas que sostienen el sistema democrático.
Le oí comentar a la Presidenta que se había sentido como un árbitro que en un partido de fútbol comprueba que uno de los equipos desobedece sus instrucciones y seguramente esa sea una figura bien expresiva de cómo los parlamentarios populares andaluces impidieron el juego limpio de la democracia.
La esencia de la democracia y de la libertad es el respeto a las normas y las leyes que nos hemos dado entre todos. Montesquieu decía que «la ley, como la muerte, no debe exceptuar a nadie». Y lo que parece que se han creído los parlamentarios populares es que pueden obedecerlas sólo cuando les viene en gana.
Quien actúa de esa manera se sitúa por propia voluntad fuera de la democracia y quien hace eso es un dinamitador de las condiciones políticas que permiten resolver en paz los conflictos sociales. Fuera de la ley, en la desobediencia de las normas democráticas, sólo pueden nacer la barbarie y la violencia.
Lo realmente preocupante es que ese tipo de conductas, quizá no con la desmesura del jueves pasado en nuestro Parlamento, está proliferando en nuestro país. Los dirigentes del Partido Popular se están enrocando en una posición política extremista y tan radical como irrespetuosa. Cuando no injurian sin pruebas a una consejera se hacen en únicos intérpretes de la voluntad de los muertos o enjuician y condenan sin más a quien no piensa como ellos. Basta leer la prensa y comprobar la naturaleza del discurso agresivo, radical y para colmo infundado, porque sólo se basa en juicios de intenciones que parten de creer que ellos son los patriotas de la verdad y que quienes pensamos de modo diferente somos los traidores y enemigos de la patria. Es un discurso que lógicamente cae bien y es cariñosamente aplaudido entre las franjas todavía muy amplias de la extrema derecha pero que se aleja de la mesura y la serenidad que la derecha española había sido capaz de cultivar en los primeros años de la transición. Pero es tan evidente que con ese discurso extremista será imposible alcanzar el techo electoral del centrismo, algo imprescindible para que la derecha gane las elecciones, que sólo cabe pensar que el Partido Popular ha sido secuestrado por las corrientes de extrema derecha menos lúcidas.
Está llegando la hora en que haya que preguntar al Partido Popular si está dispuesto a cumplir y aceptar las reglas de la democracia cuando no gana las elecciones o cuando su voluntad no es la mayoritaria. Como también decía Bobbio, la esencia de la democracia y de sus reglas es que impiden que haya vencedores y vencidos. Afirmaba que la democracia, a diferencia de la guerra civil, no es un juego de suma cero, sino que con ella todos pueden ganar. Pero, lógicamente, para que eso ocurra es preciso que todos asumamos sus reglas, con todas las consecuencias. El Partido popular debería entender que saliéndose de la democracia no gana sino que hace que todos perdamos.
Cicerón nos enseñó que «si queremos ser libres y prósperos, sólo nos queda ser esclavos, esclavos de la ley». Nunca se nos debiera olvidar esto. Los que hasta ahora se han negado a obedecer las reglas del juego han sido los terroristas y su entorno. La algarada, las amenazas, el insulto, las malas formas, la falta de respeto a las ideas del contrario, la creencia de que sólo uno mismo tiene la razón y que ésta está por encima de cualquier cosa, la demonización del contrario, el despecio de la diferencia, el autoritarismo… todo esos son los valores del fascismo que hay que erradicar y, sin embargo, ocurre al contrario: se están sembrando.
El Partido Popular debería pensar dónde quiere ir y ser consciente de que por el camino del jueves pasado sólo se llega a ser y a crear batasunos de derechas.

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