Capitales sin patria

Capitales sin patria

Los datos recién publicados sobre la evolución de los intercambios económicos de España con el exterior muestran que las consecuencias de nuestra entrada en la Unión Monetaria no son tan buenas como algunos intentan hacernos creer.

 

Los número no dejan lugar a dudas sobre el deterioro progresivo de nuestra balanza comercial. Entre enero y agosto su déficit aumentó un 75 por cien respecto al mismo periodo del año anterior. En sólo ocho meses, el déficit acumulado duplica al registrado en todo el año pasado. Sólo en el mes de agosto, cuando los ingresos por turismo aumentaron, en un magnífico año, un 12 por cien respecto a agosto de 1998, el déficit aumentó un 38 por cien.

 

Paralelamente, y eso es también altamente significativo, las salidas de capital español se multiplican. En los primeros ocho meses de este año se han invertido en el extranjero 4,4 billones de pesetas españolas. Si se descuenta la inversión extranjera, resulta una salida neta de 2,7 billones de pesetas.

 

Los dos fenómenos son verdaderamente preocupantes. El déficit comercial refleja que España tiene cada vez más dificultades para colocar producción fuera de sus fronteras y que, al mismo tiempo, es cada vez más dependiente de las importaciones de productos extranjeros. La salida de capital simplemente significa que las empresas españolas están más interesadas en hacer negocio lejos de nuestro país. El dinero nunca fué muy patriota.

 

Y ambas circunstancias son la consecuencia de los efectos perversos de una unión monetaria que no resuelve los desequilibrios entre países sino que los agrava. El espacio económico del euro está concebido sólo para que los capitales dispongan de más facilidades para encontrar nichos de rentabilidad, y eso sólo favorece a los espacios de por sí más potentes, que atraen capital y ven fortalecida su producción. Eso es lo que produce una especie de efecto expulsión de recursos y fuerzas productivas desde los menos desarrollados en favor de los primeros.

 

Tal y como está estructurada la unión monetaria europea, España está condenada sin remedio a ver deteriorarse su estructura productiva. Los productos de los países poderosos como Francia o Alemania cada vez tienen más facilidades para entrar en España, mientras que las empresas extranjeras que operaban aquí van a encontrar cada vez menos razones para mantener su producción en nuestro suelo.

 En los últimos años, España pudo mantener su posición comercial exterior gracias a la depreciación más o menos progresiva de la peseta, situación que ya no ocurre ni va a ocurrir. Nos guste o no, eso y los salarios más bajos han sido la única defensa de una economía menos competitiva como la nuestra. Los defensores del euro me dirían que, en la nueva coyuntura, lo que España debe procurar es ser más competitiva por otras vías como la innovación o la calidad. Esto suelen argumentar los grandes empresarios y los portavoces de la banca y el capital financiero. El problema es que son precisamente ellos los que se están llevando fuera de España la inversión que sería necesaria para modernizar nuestras empresas y hacerlas competitivas. Pero a ellos no les importa contradecirse. Lo que les importa es ganar dinero donde sea. Ya vaya si lo están consiguiendo.

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