El otro terror

El otro terror

Publicado en La Opinión de Málaga el 31 de julio de 2005 

Lo he repetido varias veces en esta columna pero no me importa repetirlo. Es inmoral que lloremos solo a nuestros muertos y que permanezcamos impasible mientras los ricos del planeta condenan al hambre y a la muerte más cruel a millones de personas.

 

Zapatero, Bush, Blair y compañía están en su derecho de declarar la guerra con todas sus fuerzas al terrorismo que atenta contra los suyos pero actúan como cínicos cómplices cuando callan ante la muerte anunciada que provoca otro terror del que no hablan.

 

Hace nueve meses las Naciones Unidas alertaron dramáticamente sobre la hambruna que se estaba gestando en Níger y solicitaron a la comunidad internacional 16 millones de dólares para tratar de paliarla. Al día de hoy parece que no han recogido ni siquiera diez millones y la consecuencia es que 3,5 millones de personas deambulan por ese país sin más destino que la muerte buscando algo que comer.

 

El relator de las ONU Jean Ziegler ha declarado que los millones de hambrientos de Níger cogen los granos de los hormigueros y que se limitan a hervir las plantas, muchos de ellas tóxicas, que encuentran en su camino. Según Médicos Sin Fronteras hay unos 800.000 niños desnutridos y de ellos, 150.000 en situación extrema.

 

La explicación simplista consiste en achacar a la escasez, al clima y a la naturaleza la muerte por hambre pero eso no es verdad, no hay nada más falso. En estos momentos, por ejemplo, los países que en su día establecieron un plan de ayuda a Níger y el propio gobierno se niegan a que se distribuya alimentación gratuita para evitar, como dijo expresamente el embajador francés, que «se desestabilicen los mercados». Y hasta hace muy poco han mantenido que los desnutridos tuvieran que pagar por recibir asistencia médica. Como dice un documento de Médicos Sin Fronteras no queda más opción que «Pagar o morir». Esa es la razón de la muerte de millones de personas: el comercio es más importante que su vida.

 

La hambruna que ahora padece Níger y la que está constantemente amenazando a los demás países del continente es el resultado de muchas causas pero bien distintas de las que suelen señalar quienes se lavan las manos.

 

El régimen colonial fue un expolio criminal del que los países africanos aún no se han repuesto. Las economías autóctonas se organizaron para favorecer la exportación y la obtención de ingresos para la metrópoli, de modo que poco a poco se fue deteriorando la base productiva que había permitido que los países africanos tuvieran suministro alimentario suficiente y lo que provocó, sobre todo, que los beneficios de sus riqueza no se aplicaran al desarrollo nacional. Más tarde el neocolonialismo de las empresas multinacionales ha destruido las sociedades, ha generalizado el clima de corrupción en el que es más fácil sacar provecho y ha expoliado y destrozado el medio ambiente.

 

El hambre que se padece hoy día también es el resultado de la respuesta que se ha dado a la sobreproducción de los países ricos. Estados Unidos ha tenido que controlar los mercados mundiales para dar salida a sus excedentes de cereales. Las grandes compañías dominan los precios y son capaces de hundir la producción local. Jeremy Rifkin señalaba en El País hace unos años que en el Chicago Commodity Stock Exchange, que es la bolsa de las materias primas agrícolas en Chicago, cuatro o cinco banqueros y comerciantes de multinacionales de grano (Continental Grain, Dreyfus Compagnie, Cargill International…) deciden los precios mundiales sin más estrategia que colocar su producción con el máximo beneficio. Y afirmaba que «es criminal que los precios respondan a las búsqueda del máximo beneficio económico… y causen la muerte de 36 millones de personas al año en el mundo, sólo porqué no puedan pagar esos precios.”

 

El gran poder y los subsidios que reciben estas empresas les permite imponerse sobre la producción de los países pobres. Primero se logra que los demás países abran sus fronteras. Luego se coloca allí el cereal subsidiado más barato. Eso causa la ruina de los productores locales, lo que obliga a recurrir ya permanentemente a la importación pero, entonces, a los precios más elevados del mercado. El ciclo se cierra con la supremacía completa de las grandes empresas… y con el hambre de quienes no pueden pagar sus productos.

 

Algo parecido ha ocurrido con la carne procedente de Europa que ha terminado con la actividad pastoril de subsistencia de todos esos países.

 

Los organismos internacionales al servicio de las naciones ricas tienen también una responsabilidad directa en el hambre que sufren los pobres.

 

Desde los años ochenta vienen imponiendo una reestructuración de sus agriculturas que ha tenido como efecto la generalización de la gran propiedad, la sustitución de los cultivos destinados al mercado interior por los de exportación y la desaparición de la agricultura familiar que más o menos iba garantizando la alimentación de la población.

 

En países en donde la mayor parte de la gente pasa hambre hay hoy día una gran producción agrícola pero que se dedica a productos para exportar y de los que sólo se benefician empresas multinacionales o las oligarquías locales.

 

En particular, se ha impuesto la producción destinada a engordar el ganado que se consume en los países ricos. El mencionado Jean Ziegler se refiere a este hecho denunciando que «es terrible que un 80% de los niños hambrientos en el mundo vivan en países con excedentes alimentarios, la mayoría en forma de piensos para animales que, a su vez, sólo serán consumidos por los más ricos».

 

Si a eso se añade que las empresas que explotan los recursos naturales lo hacen sin la menor atención al medio ambiente, lo que causa desastres climáticos cada vez más continuados, es fácil deducir que el hambre que padecen tantos millones de personas es, sencillamente, un crimen, como lo denomina sin tapujos Ziegler.

 

No nos engañemos. El terrorismo más cruel de nuestra época es el hambre, es el que mata a más personas sin razón y el que busca, además, resultados más inhumanos: sólo que unos pocos ganen más dinero.

 

Los dirigentes políticos de nuestra época son cómplices de este terror. Hay que decirlo sin tapujos. Hay que exigirles responsabilidad. Hay que reclamarles ayuda sin condiciones, menos recursos para la guerra y más para la vida. Sus lágrimas antes unos cadáveres son falsas si luego ayudan a las empresas ya los gobiernos que matan de hambre a millones de personas. Y no solamente ellos son los responsables y cómplices: no hay derecho a que los muertos de Níger no llamen la atención de los medios de comunicación, que silencien el genocidio lento y que no denuncien y combatan el egoísmo desenfrenado de quienes se hacen ricos a costa de tantas muertes.

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