Publicado en La Voz del Sur el 5 de junio de 2026
"El silencio anima al verdugo, nunca al atormentado", dijo Elie Wiesel, sobreviviente de los campos de concentración nazis.
El mal, efectivamente, no necesita que haya mayorías que lo defiendan y apoyen. Le basta con que la mayor parte de las buenas personas guarde silencio.
No estoy seguro de que hayamos aprendido lo suficiente de aquella historia que terminó en un drama brutal y sanguinario que costó millones de vidas humanas.
El silencio ante cualquier tipo de injusticia no es una postura neutral ni equidistante. Quien calla cuando contempla que algo se hace mal no se mantiene al margen; ocupa un lugar muy concreto, el de quien permite.
El silencio, mirar a otro lado y consentir el mal sin denunciarlo equivalen a convertirse en cómplices de quien lo lleva a cabo, de los delincuentes y verdugos. Callar es dar aliento a la maldad.
Y si todo silencio es, por ello, rechazable, aún más lo es el de las buenas personas. Las que callan no por ser indiferentes al dolor o al daño que produce el mal, sino por miedo, por comodidad o porque creen equivocadamente que su solo comportamiento no puede cambiar nada. Las que caen en la trampa de pensar que "no es para tanto", que "algún otro lo dirá" o que "este no es mi problema", creyendo ingenuamente que no les afectará el daño colectivo si disimulan, se ponen de lado y no se hacen notar.
El silencio de las personas buenas tiene un precio y es muy alto. Es el que a lo largo de la historia ha permitido que crezcan el autoritarismo, la violencia, la corrupción o la injusticia social. Y es, además, singularmente trágico. Las personas malas no engañan a nadie, son coherentes; las buenas que callan y guardan silencio se traicionan a sí mismas.
Y mucho más grave aún es el dejar pasar, dejar hacer y el asentir ante la injusticia y el totalitarismo cuando provienen de instituciones, organizaciones, grupos o movimientos en donde supuestamente se concentran los valores del conocimiento, el respeto y la libertad que pueden servir de referentes y guías para las sociedades ilustradas y libres. Mucho peor.
En España, como en otras naciones, estamos viviendo en medio de una extraordinaria violencia verbal que es la antesala de otra mucho peor. Los parlamentos se han convertido en lugares sucios donde se insulta sin piedad y con total bajeza, en donde se acusa sin pruebas y se difama sin más afán que destruir al adversario y denigrarlo. La política, el espacio común, se ha envilecido a propósito. Se busca conscientemente convertirla en ponzoña. Algunos dirigentes políticos (no todos, entiéndase esto bien) hablan como truhanes y siembran la semilla del odio y el enfrentamiento civil constantemente. Buena parte de la sociedad se contamina y toda ella aparece dividida. Se busca destruir al diferente y se le criminaliza, se le excluye y se le enfanga. Y, mientras tanto, millones de personas buenas se mantienen en silencio.
¿Se imaginan lo que pasaría en España, o en cualquier otro país, si las buenas personas que se levantan por la mañana y trabajan con decencia y respeto, que viven en paz y sin odiar a quienes son diferentes a ellas, que no insultan ni tratan con violencia a nadie, se levantaran y dijeran Basta ya de bazofia y de ensuciar la convivencia? ¿Se imaginan si las personas buenas, en lugar de callar por miedo, por comodidad, por tratar de obtener alguna migaja de favor o prebenda, una cuota ínfima de poder o el favor de quien manda, actuaran con dignidad y reclamaran concordia, denunciaran la injusticia, la corrupción y la violencia sin insultar a nadie y admitiendo que la verdad y el patriotismo no son monopolio de sólo una parte de la sociedad?
Nada es igual cuando las personas buenas reaccionan, hablan y se pronuncian; y todo es peor y trágico cuando se esconden y guardan silencio.
¡Ay!, si las buenas personas lo fueran de verdad, se pusieran en pie de una vez y no callaran, como nos está ocurriendo, si se levantaran y pidieran al unísono diálogo, respeto a la diferencia y acuerdos para construir una casa común, que acaben ya con el insulto y el desprecio, la mala educación, el uso torticero de las instituciones, el odio y la agresividad inhumana entre los españoles, y callaran así la boca de quienes sólo buscan dividirnos en beneficio de los intereses de unos pocos que creen que España es suya.
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