El voto y las verdades científicas: a propósito de Plutón

El voto y las verdades científicas: a propósito de Plutón

 A propósito de la degradación (para mí ignominiosa) sufrida por Plutón, mi amigo Paco Muñoz, con quien comparto órbita en el Planeta Eirene (visible aquí sin telescopio alguno) hace un comentario en su web sobre el consenso y las verdades científicas (aquí) que me gustaría comentar. 

 

 Vaya por delante que, con independencia de las razones científicas que pueda haber y a las que me referiré más adelante, yo estoy totalmente en contra, por razones exclusivamente sentimentales, de la degradación a que Plutón ha sido sometido. 

 

 Resulta que la lista de los planetas fue una de las primeras cosas que aprendí de memoria siendo niño. Y en aquellas muestras de saber primerizas (y seguramente tan inútiles como otras muchas que aprendí más tarde), llegar a Plutón constituía para mí un sentimiento inigualable de éxito y alivio que todavía no he olvidado.  

 

 De hecho, no me avergüenza reconocer que a veces me descubro a mí mismo declamando la lista, uno tras otro hasta Plutón, como igualmente hago otras veces, en silencio también, con los pueblos de varias provincias españolas, o con algunas otras retahílas que me obligaron a memorizar siendo niño y que aún recuerdo perfectamente, como los sucesivos concilios de la Iglesia Católica, que me enseñó un cura viejo y tarado capaz de darle -como le dio- un hostiazo inmenso y sonoro en mitad de la Misa al monaguillo de mi clase que tuvo la mala fortuna de contribuir involuntariamente a que el Cuerpo de Señor se cayera al suelo cuando daba la comunión al resto de los colegiales. 

 

 Total, que sólo por eso me opongo a la decisión de los astrónomos, porque si quiero respetar la nueva convención científica que habrán de aprender desde ahora todos los escolares del mundo, ya no podré terminar la lista como siempre lo he hecho y, francamente, no veo la necesidad de que me hayan gastado esa terrible faena. 

 

 Pero lo que ya más en serio me apetece matizar es el comentario de Paco sobre el consenso, la democracia y las verdades científicas.  

 

 Él dice que “la «verdad» científica -las más grande de todas las verdades- sólo existe a partir del diálogo intersubjetivo, el debate y la votación democrática (Un buen ejemplo a seguir)”. 

 

 Veamos. En primer lugar no sé si la verdad científica es la más grande de todas las verdades. Claro, que tampoco sé si hay otra y, ni siquiera, si esa misma es verdaderamente una «verdad».  

 

 ¿No existen, entonces, o no son tan grandes la verdad emocional, la de nuestros sentidos?, ¿la verdad histórica no es una verdad?; ¿es verdadero solo lo que se asemeja a algo real, o hay verdades que no tienen por qué estar relacionadas con ningún hecho material?, ¿hay verdades subjetivas, o hemos de guardarnos siempre “nuestra” verdad, como decía Mairena?, ¿sólo es verdad lo que es acordado, o el acuerdo sobre una “verdad” para nada garantiza que lo sea? 

 

 En fin, si hay tantas verdades, o si no sabemos con exactitud qué es la verdad, ¿cómo podemos saber o decir que la verdad “científica” es la más grande de todas ellas?  

 

 ¿Las verdades de la física son verdaderamente más “grandes” o más científicas que las de la teología, cuando, en realidad, han cambiado mucho más que estas últimas, como efecto, digo yo, de su escasa veracidad? 

 

 Pero dejaré esto, porque tampoco es la cuestión fundamental del comentario de Paco. 

 

 Lo que me parece más merecedor de discusión es su afirmación sobre el origen de la verdad científica cuando dice que “sólo existe a partir del diálogo intersubjetivo, el debate y la votación democrática”. 

 

 Lo discuto porque a mí me parece obvio que eso no es así cuando hablamos de las verdades “científicas”. 

 

 De hecho, entiendo que al hablar de ellas nos referimos a un tipo de verdad que es el resultado de un proceso de descubrimiento y entendimiento que nada tiene que ver con el consenso ni con el debate democrático. 

 

 Yo entiendo que las verdades científicas (y ahora no voy a discutir si en realidad pueden existir como tales o no), son el resultado de pruebas objetivas que son contrarias a esos criterios democráticos. 

 

 Si tratamos de determinar, pongamos por caso, la distancia de Plutón al Sol, su masa, o la naturaleza de los materiales que lo forman, es decir, las cuestiones que, como esas, precisan de cierto conocimiento “científico”, me parece a mí que no podríamos recurrir al debate democrático, sino a las validaciones objetivas que nos proporciona la ciencia y no el debate ni el voto democrático, porque la verdad que se establezca, su certidumbre, supongo, no puede basarse nunca en la preferencia o la creencia por muy mayoritaria que llegara a ser. 

 

 Lo que ocurre es que lo que se ha hecho con el pobre de Plutón, para degradarlo con tanta infamia a la vergonzante categoría de “planeta enano”, no ha sido establecer una verdad científica, sino aplicar un criterio para definir de una forma u otra lo que es algo, elegir una definición u otra para calificarlo. En este caso, ensanchar o no una definición dada de planeta (algo que, como digo, no es una verdad científica sino una mera convención) para que pueda o no alcanzar a un determinado cuerpo celeste sí es el resultado de una preferencia más o menos mejor o más racionalmente establecida. 

 

 Lógicamente, establecer la convención que lleve a denominar algo de una manera u otra, si un objeto estelar es planeta, planeta enano o exoplaneta, es decir, definir algo de una u otra forma, sí es una cuestión de criterio plural, y eso es lo que ha hecho la convención de astrónomos. Pero, a mi modo de ver, no han establecido una verdad “científica”. 

 

 Confundirse en estas cosas no es baladí: basta comprobar, por ejemplo, cuáles son las ideas  económicas que se reputan “verdades científicas” en nuestros días en virtud del consenso que despliegan sobre ellas. Son, efectivamente, el resultado de acuerdos, de votos digamos que virtuales, de preferencias ideológicas mayoritarias, pero nunca de certezas objetivas que hayan sido demostradas «científicamente».  

 

 La mayoría de los economistas consideran como verdades indiscutibles, por ejemplo, que debe haber plena libertad de movimientos de capitales, que es mejor que las naciones no protejan sus intereses comerciales o que debe combatirse la inflación al precio que sea. Pero como señala, entre otros, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, nada de eso ha sido demostrado como cierto. 

 

 Cuentan que en una ocasión los socios del Ateneo madrileño decidieron poner a votación la existencia de Dios. El resultado fue ajustado, pues parece que se decidió que existía por un solo voto pero ¿alguien puede creer que se estableció así alguna “verdad” científica? 

 

 Estoy completamente de acuerdo con Paco en que el debate intersubjetivo, la armonización de posiciones, el encuentro, la puesta en común de ideas más o menos diferenciadas, la confrontación de las verdades, la democracia del diálogo… son la base para crear puntos de vista mucho más satisfactorios e incluso para construir la ciencia desde paradigmas seguramente mucho más humanos y, en consecuencia, mucho más útiles para todos los seres. Pero me temo que, complementariamente, tendremos que seguir recurriendo a ese tipo de conocimiento, al que hasta ahora recurrimos para tratar de descubrir las “verdades científicas”, y que no puede construirse –sólo- sobre esas bases. 

 

 Ahora bien, y ya para terminar: dicho todo lo anterior, debo advertir a quien haya llegado hasta este punto, que creo que mi desacuerdo con Paco es, en realidad, mucho menor que el que pudiera dejar entrever lo que acabo de escribir porque quien lea bien su comentario habrá notado que cuando él habla de la vía democrática de establecimiento de la verdad se refiere, en realidad, al “proceso por el que se designa su categoría”. Y yo creo que él estará de acuerdo conmigo en que ese proceso, obviamente, lleva a una convención y no a una verdad científica. 

 

Tags:
Sin comentarios

Publicar un comentario