Europa

Europa

Publicado el 8 de mayo de 2005 en La Opinión de Málaga  

Mañana día 9  de mayo es el Día de Europa. Se cumplirán 55 años de la llamada «Declaración Schuman» en la que el entonces Ministro de Asuntos Exteriores Francés propuso la creación de una comunidad europea del carbón y el acero que estaría llamada a convertirse en el germen de un proceso unificador de mucha más envergadura.

 Se reconoce con razón que la propuesta de Robert Schuman, ideada en realidad por Jean Monnet, fue el inicio de la integración europea pero me ha parecido siempre imprescindible recordar las palabras de Churchill en una conferencia impartida cuatro años antes en la Universidad de Zurich: «Quisiera hablar hoy del drama de Europa (…)  Existe un remedio que, si fuese adoptado global y espontáneamente por la mayoría de los pueblos de los numerosos países, podría, como por un milagro, transformar por completo la situación…Consiste en reconstituir la familia europea o, al menos, en tanto no podamos reconstituirla, dotarla de una estructura que le permita vivir y crecer en paz, en seguridad y en libertad. Debemos crear una suerte de Estados Unidos de Europa».
En la Declaración de Schuman había una idea que siempre me pareció proverbial y que ha terminado por convertirse en uno de los signos de la integración europea. Decía Schuman que «Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho».
También establecía la Declaración la idea, con el tiempo convertida también en una constante, de que las transformaciones económicas sería las que deberían tirar de la integración y las que, al ir realizándose, mejorarían el nivel de vida que creara la solidaridad de hecho que se buscaba.
A lo largo de todos estos años se han ido produciendo muchas idas y vueltas en el camino pero si algo ha quedado claro es la grandeza intelectual y la fuerza de la convicción que motivó y guió a aquellos padres de la Europa en la que hoy vivimos. Su capacidad increíble de adelantarse a su tiempo es lo que tantas veces se echa hoy día en falta en los líderes de nuestra época.
La valoración de todo el proceso que desató Schuman es complicada y muy difícil de sintetizar con un  mínimo de rigor en estas escasas líneas.
El progreso asociado a la integración europea es sencillamente innegable y mucho más en un país como España. Basta mirar a nuestro alrededor y comparar.
En estos años Europa ha catalizado modernidad y cultura y ha prestado servicios innegables a la paz, a la concordia y a la democracia.
En Europa están los territorios donde hay menos explotación, donde se vive mejor y en donde los seres humanos pueden gozar de más libertad para expresar sus opiniones, si bien nada de eso tiene que ser entendido ni mucho menos como que vivamos en el mejor de los mundos. Desde muchos puntos de vista, Europa es un ejemplo y un acicate para que otros pueblos avancen hacia mayores cotas de libertad y democracia.
Europa sigue tendiendo muchas cuentas pendientes. Cuando Schuman presentaba su Declaración había en lo que ahora es la Unión Europea algo más de 30 millones de pobres. Ahora casi duplicamos esa cifra.
Europa no termina de encontrar un camino efectivo para combatir decisiva y definitivamente la desigualdad. Entre nuestras regiones hay el doble de desigualdad que la que hay en el interior de Estados Unidos. La productividad de los factores en el centro de Europa es tres veces mayor que la existente en las regiones más atrasadas, a pesar de que no hay diferencias equivalentes en formación.
La evidencia empírica reconocida por la inmensa mayoría de los estudios  muestra que el proceso de convergencia se paralizó en los años noventa. Aunque pueda sorprender, la práctica totalidad de los estudios ponen de relieve que las políticas que se vienen aplicando no acercan a los más pobres hacia los más ricos.   
Hay que tener en cuenta, desde luego, que el proceso integrador ha de llevarse a cabo respetando y conjugando una variedad inmensa de intereses, de sensibilidades, de ideologías, creencias y preferencias políticas y que cualquier paso que se da debe medirse y matizarse infinidad de veces. Y es obligado reconocer que eso obliga a ceder continuamente, a negociar todo y a estar dispuesto a que nadie se lleve definitivamente el gato al agua. Es el precio, bien pagado, de unir lo que es tan diverso. Pero, al mismo tiempo que eso se acepta, es preciso también reconocer que los intereses de los más poderosos han gozado de una salvaguarda demasiado desigual. Las grandes empresas, ellas mismas lo reconocieron después de haberse aprobado el Acta Única, por ejemplo, disfrutan de un poder muy elevado, de una influencia decisiva que ha hecho que los horizontes europeos se hayan definido demasiado a menudo a expensas de sus simples intereses.
El pensamiento neoliberal ha calado también muy profundamente en el diseño de las políticas económicas e incluso ha terminado claramente por imponerse en el texto del Tratado Constitucional. Sin fundamento científico se están aplicando políticas que frenan el crecimiento, que dificultan la creación de empleo, que debilitan la industria europea, que obstaculizan el progreso tecnológico y que crean desprotección y malvivir entre la población. Se asumen como inevitables los dogmas que ni siquiera los demás aplican y eso nos postra y hace más lento y difícil el camino que hemos de recorrer.
Hace unos días oí al Presidente del Parlamento Europeo comentar una real paradoja. Decía que cuando España se incorporaba a Europa los responsables políticos sentían que se pasaba a formar parte del entorno que iba a fortalecer la democracia, el bienestar y la protección social. Hoy, los dirigentes políticos de los países que entran o piensan entrar sueñan con llegar a Europa para flexibilizar las relaciones laborales, para fortalecer el mercado y poco más.
Así no es fácil crear la solidaridad de hecho que la Declaración Schuman reclamaba como prerrequisito para crear la Europa unida. Para ello se necesita, por el contrario, que los ciudadanos perciban que Europa es algo más que una moneda y un mercado donde algunos ganan mucho dinero, que encuentren realizadas en ella sus expectativas de bienestar, de justicia y de libertad. Es decir, que en ella se sientan plenamente ciudadanos.   
Es necesario apostar por ello porque si hay algo dramáticamente actual en la Declaración que mañana deberíamos recordar especialmente es la afirmación tajante de sus primeras líneas: «Europa no se construyó y hubo la guerra»

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