Haití

Haití

 Hace cuatro años escribí este artículo. Ahora mi alma tiembla de nuevo pensando otra vez en tanto sufrimiento. 

 

 Haití: el infierno es este mundo 

 

 Cuando escribía estas líneas se calculaba que más de mil setecientas personas habían muerto en Haití a causa de las lluvias. Las organizaciones internacionales de ayuda que trabajan allí estiman que las muertes se multiplicarán cuando se extiendan las infecciones. 

 

         Es lógico que esto último ocurra en un país que apenas si tiene sistema sanitario. En 2002, el gasto en salud per capita fue de 56 dólares, cuando en España fue aproximadamente de 1600. 

 

         Sin que ocurran las desgracias de estos últimos días, la esperanza de vida sana en Haití es de las más bajas del mundo: unos 43 años, mientras que en España es de más de 72 años. La mortalidad infantil fue de 139 por cada 1000, cuando en España es de poco más de 4. En nuestro país tenemos unos 4 médicos por cada 10.000 habitantes, en Haití hay 0,2. ¿Alguien puede extrañarse entonces de que las lluvias, por suaves que fueran, se conviertan en una auténtica masacre? Para colmo, el Fondo Monetario Internacional impuso recortes en los gastos sociales y la deuda externa (a veces para pagar créditos que ni siquiera llegaron a Haití) es económicamente extenuante. Sólo para hacer frente a los intereses se dedica el doble que lo que se gasta en sanidad.  

 

         Como siempre que ocurren estas cosas, la tendencia general es a pensar que se trata de una desgracia natural más que cae sobre territorios o naciones que por su intrínseca miseria y pobreza están siempre condenados al sufrimiento y a la necesidad. 

 

         Esto es cierto en el caso de Haití pero sólo desde un cierto punto de vista. 

 

         Es verdad que hoy día Haití es el país más pobre del hemisferio norte. De sus ocho y pico millones de habitantes se calcula que unos 3,8 no disponen de ingresos suficientes para sobrevivir y que 2,4 están en situación de insuficiencia alimentaria crónica. El 50% está desempleado y un 52% en situación de pobreza. Los que trabajan no están en mejores condiciones. En la capital, Puerto Príncipe, el 92% de los empleos son informales; en el conjunto del país un 60%. 

 

         Las imágenes que vemos del país son las de un territorio miserable, sin riqueza alguna, lleno de suciedad y hambre.  

 

         Por eso a mucha gente le resulta sorprendente saber que Haití no fue siempre un país pobre ni muchísimo menos. Todo lo contrario. Cuando era colonia francesa proporcionaba a Francia más ingresos que todas sus demás colonias juntas. Allí florecían las artes y era la colonia más rica del mundo. Su ciudad emblemática, Cap Français (ahora Cap Haitien), era conocida como el París del Nuevo Mundo. 

 

         La dominación española había sido tan desastrosa y cruenta que despobló el país casi por completo y los franceses lo repoblaron con esclavos negros. En 1789 las ideas de la libertad, la igualdad y la fraternidad estallaron en la metrópoli y los esclavos tuvieron la ocurrencia de creerse que eso iba también con ellos, los negros. Después de levantamientos y revueltas en 1804 se abolió la esclavitud. Antes incluso que en Inglaterra, que lo hizo tres años más tarde aunque, por cierto, con tan escasa convicción que hubo de reiterar la abolición en 1832. Este año se ha cumplido, por tanto, el segundo centenario de su independencia, de la proclamación del primer jefe de estado negro de la historia moderna. Se ha celebrado con sangre. 

 

         A partir de entonces comenzaron los grandes dramas de Haití. La igualitaria y revolucionaria Francia no le reconoció la independencia y le exigió altísimas compensaciones. Estados Unidos la combatió desde el principio y decretó sucesivos bloqueos y embargos. El por otro lado tan reputado Thomas Jefferson dijo que «había que confinar la peste en aquella isla». En 1915 fue invadida por Estados Unidos que en 1918 obligó a cambiar su Constitución porque prohibía vender tierras a los extranjeros. Cuando lograron cobrar las deudas de sus bancos los norteamericanos dejaron Haití en manos de dictaduras sangrientas y miserables, como la de los Douvalier padre e hijo, durante la que murieron asesinadas centenares de miles de personas. En Haití ha habido 42 presidentes y de ellos 29 han sido asesinados y sólo 2 han sido elegidos legítimamente. Como dice Eduardo Galeano, «a Haití, los marines siempre regresan, como la gripe». 

 

         Con los marines llegaron además las políticas neoliberales. Ya con Douvalier se obligó a que desaparecieran las defensas comerciales y eso permitió que Estados Unidos colocara allí sus excedentes agrícolas. Era lo que buscaban. Cuando era colonia, Haití producía mucho para proporcionarle ingresos a la metrópoli, ahora importa el 70% de los alimentos que consume. Ha pasado de ser productor y gran exportador a convertirse en el cuarto importador mundial de arroz, sobre todo procedente de Estados Unidos. Eso es lo que provocó que la población que trabajaba en el campo, un 70% del total, se arruinara casi por completo. 

 

         Las empresas norteamericanas utilizan su mano de obra baratísima en industrias de embalaje y de poco valor añadido, en las llamadas maquilas, que son verdaderos antros de explotación y muerte. Según un informe del National Labor Comitte de Estados Unidos, más de la mitad de las plantas maquiladoras están contratadas por firmas como Sears, Wal-Mart o Disney que pagan menos de la mitad de lo estipulado, exigen jornadas semanales de hasta 70 horas y contratan habitualmente a niños. No respetan el medio ambiente y los ecosistemas están destrozados. Aunque el nombre de Haití significa «tierra de montañas» hoy día sólo le queda un 3% de su antigua superficie forestal. 

 

         Mientras tanto, y según el ex embajador en La Dominicana, desde Haití sale un 40% de la cocaína que se consume en Estados Unidos, en operaciones procedentes casi siempre de Colombia y de las que los servicios secretos deben tener buen conocimiento. El Washington Post llegó a publicar el nombre de los militares y matones implicados en el tráfico. Quien quiera entender lo que ocurre en Haití debe analizar, pues, la naturaleza y vinculaciones de los circuitos internacionales del crimen y la droga. Y los poderes que hay detrás de todo ello. 

 

         Es materialmente imposible resumir en unas líneas la historia de infamias, saqueos, crímenes y desgracias que jalonan la historia de este hermoso país, de la perla que encandiló a Colón y que ahora sufre de nuevo. Aquellos esclavos creyeron que el sueño de la libertad estaba escrito también para los negros y sus amos blancos no se lo perdonaron nunca. Crearon un infierno donde se matan entre ellos y en donde, además, los destroza una lluvia que en lugar de apagarlas aviva las llamas. 

 

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