Hombre de piedra

Hombre de piedra

 Quiero compartir hoy un texto breve de mi viejo amigo Marcos. Lo veo poco, aunque lo escucho incluso cuando él no me habla ni yo puedo oirlo. Porque nuestras complicidades son mucho más fuertes, incluso, que las piedra más duras.
 HOMBRE DE PIEDRA
 El tiempo camina a nuestro lado, es a veces un fiel aliado y otras una lanza que atraviesa  el costado desgarrando tejidos día a día.
 Leo en el rótulo grabado en arcilla de barro cocido “HOMBRE DE PIEDRA” y veo en él todo el peso de la humanidad sobre unos hombros. Un hombre en una calle, en la esquina de una casa, en la habitación donde suena el televisor. Infiel por no clavarse de rodillas frente al paso que todos veneraban. El Rubio, rubio malaje, y fue maldecido. Condenado a ver todos los pasos con la tierra hasta la cintura: pasos de zapatillas viejas de indigentes, de zapatos pijos, de niñas de colegios, de ancianos pensionistas de hambre, zapatos de guardias, de obreros, de artistas, de monjas de Santa Clara, zapatos remendados, zapatos doloridos, zapatos de soñadores, de enamorados, zapatos chinos de plástico, zapatos nobles de cuero, zapatos de extranjeros y zapatos de tragedia, zapatos de andar y zapatillas de casa con bata de paño. Es el mercado de los zapatos y tú, hombre de piedra, cautivo por no clavar la rodilla o por venir de fuera, el Rubio.
 Ya en la plaza de la Encarnación, donde sufren las piedras, la gente camina, son un reguero de hormigas que cruzan el paso de peatones. Las hay de todas las culturas, de todos los colores, de todas las fisonomías, de todas las clases sociales. Cada uno de ellos podría ser un hombre de piedra, una mujer de mármol.
 He paseado una vez más por las calles de esta ciudad. Los escaparates de antes son soportes que anuncian una defunción: se vende, se alquila, se traspasa. Tiempo atrás dentro de ellas había gente de carne y hueso que trabajaba y sentía, y que hoy tal vez sean estatuas de bronce en una sala, una cifra en las listas del paro, un desahucio en los juzgados… una copa, un cigarrillo, un millón de ilusiones rotas.
 Nosotros somos los hombres de piedra, los que soportan el peso de la historia, somos la plusvalía en la fábrica, el indigente en la crisis, el beneficio en la feria. Los otros, los que apestan la tierra, nos miran tras los cristales (Marcos González Sedano).

 

 

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