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Imperio sin industria, imperio de papel. Estados Unidos puede ganar las batallas, pero no la guerra de Irán

Publicado en ctxt.es el 7 de abril de 2026

Lo que está ocurriendo con Estados Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo esa gran potencia ha construido su enorme poder sobre bases que no permiten sostenerlo indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de destruir con una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener esa capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.

Como ha hecho en ocasiones anteriores con otras naciones, el ejército estadounidense es capaz de castigar ahora a Irán con extraordinaria eficacia. Da golpes muy dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas y a su población, y siembra el caos y la destrucción en su territorio y economía. Pero Estados Unidos flaquea y será prácticamente imposible que pueda ganar la guerra cuando se ha encontrado con una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que obligan a mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.

Su enorme superioridad militar le permite entrar en la guerra y castigar duramente, pero no le garantiza salir de ella en condiciones de victoria por una razón bastante sencilla: desde hace décadas, Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente su base industrial en sectores clave para proporcionarle producción armamentística y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos prolongados.

Una economía financiarizada

Al finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos, cuya población representa­ba el 6% de la población del planeta, tenía un PIB equivalente al 50% mundial, casi el 60% de la producción industrial de todo el mundo y el 80 por cien de todas las reservas de oro existen­tes. Hoy día, esas proporciones son del 25%, el 17% y el 25%, respectivamente.

El giro que lo cambió todo se produjo en el último cuarto del siglo pasado, con la globalización.

Estados Unidos favoreció que sus grandes empresas industriales se desplazaran a los países con mano de obra más barata para obtener mayores beneficios que luego volvían para alimentar su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del mundo para convertirse en el centro de mando y de la especulación financiera global. La industria manufacturera pasó de representar el 25% del PIB en 1950 al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas pasaron del 2,5% al 8% (o del 7% al 22,5% si se le suman los seguros y alquileres).

Durante décadas, la operación funcionó. Estados Unidos podía endeudarse sin descanso para comprar bienes —muchos de ellos estratégicos— porque el dólar seguía siendo la moneda de referencia global. La afluencia de beneficios financieros compensaba su déficit comercial.

Esa acumulación de poder financiero permitió consolidar un poder militar global sin precedentes. Con una moneda de reserva mundial y capacidad casi ilimitada de endeudamiento, Estados Unidos sostuvo un ejército desplegado en cientos de bases y afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak, sin comprometer su estabilidad a corto plazo.

Las limitaciones de un imperio sin industria

Con el paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido mostrando una gran fragilidad en todos los terrenos y particularmente en el militar.

China aprovechó la globalización para desarrollar una base industrial mucho más sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares estadounidenses contribuyeron a que otros países buscaran alternativas al dólar. Al mismo tiempo, los beneficios financieros se concentraban en Wall Street y se orientaban a la especulación, deteriorando progresivamente la infraestructura material de la economía estadounidense.

La economía financiarizada de Estados Unidos se fue convirtiendo en una de papel, frente a las de otros países y fundamentalmente la de China que habían optado por consolidar a la industria como su principal motor y sostén. Y algo parecido le comenzó a ocurrir a su capacidad militar.

Estados Unidos mantiene un despliegue global con cientos de bases, pero dedica la mayor parte de su presupuesto a sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se destina a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en torno a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.

Este modelo comienza a mostrar sus límites cuando las guerras dejan de decidirse por la superioridad inicial y pasan a depender de la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.

En conflictos recientes, Estados Unidos ha tenido que emplear grandes cantidades de munición de alta precisión en periodos muy cortos de tiempo (más de 800 misiles Tomahawk en poco más de un mes de guerra en Irán). Diversos informes del propio Departamento de Defensa y análisis de centros independientes advierten de que la capacidad de producción actual es limitada y que la reposición de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más dificultad para sostener ritmos de consumo propios de una guerra prolongada.

La fabricación de los nuevos sistemas de defensa y ataque requiere cadenas de suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas de guiado y materiales avanzados que no se producen en masa. Son caros, sofisticados y lentos de fabricar y, sobre todo, dependen de un ecosistema productivo global y no autónomo en Estados Unidos.

Durante décadas, la ventaja estadounidense consistió en poder producir más que nadie. Hoy mantiene la capacidad de destruir más que ningún otro país, pero tiene crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo, pero depende de una base industrial que ya no controla plenamente.

Su industria militar está diseñada para conflictos cortos y tecnológicamente dominados, no para guerras largas de desgaste donde lo decisivo es la capacidad de producción sostenida.

El propio Departamento de Defensa ha advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como la microelectrónica, los materiales estratégicos o los componentes industriales. Incluso se han detectado dependencias inesperadas en la cadena de suministro de sistemas avanzados o en las infraestructuras de las bases y donde se producen las municiones.

Ya no basta con tener dinero para ganar guerras si no se puede transformar rápidamente en producción, porque el dinero no fabrica misiles si no existe la capacidad industrial para hacerlo.

Como han advertido diversos informes del propio sistema de defensa estadounidense, el problema no es únicamente el consumo de munición, sino la capacidad de reposición. La base industrial de defensa “no está adecuadamente preparada para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días. Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso más de ocho en algunos casos, mientras que la producción de ciertos misiles requiere hasta dos años. La cuestión, por tanto, no es si puede destruir más que nadie, sino si puede sostener ese ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente la analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise Institute, "guerra tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose sin municiones".

Y a esta enorme limitación se une otra no menos limitante para Estados Unidos. La guerra moderna introduce una enorme asimetría de costes, como también se está comprobando en Irán: hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para neutralizar amenazas mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a utilizar interceptores que multiplican varias veces su precio y eso hace que la superioridad tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.

Dicho todo esto de otro modo más simple: Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso, eficaz y con mayor capacidad de dar un golpe letal, pero siempre que la guerra no se alargue demasiado.

Irán y la estrategia del desgaste

Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global

No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos.

Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

Al final, como casi siempre, la cuestión no es quién golpea más fuerte, sino quién puede seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar. En este caso, en forma de una capacidad de producción de la que Estados Unidos carece en estos momentos.

P.S. Después de haber entregado este artículo para publicar, se informa del ultimatum de Trump a Irán: si no abre el estrecho,  destrozará la civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles, fuentes de energía... cualquier cosa que se le ponga por delante. No le preocupa reconocer que se va a convertir (si no lo era ya) en un criminal de guerra. No creo que esto invalide la tesis de mi artículo. Más bien lo contrario. Estados Unidos debe tratar de ganar dando golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente por lo que acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería haber dicho Imperio sin industria, imperio brutal.

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3 comentarios

Juanmari 9 de abril de 2026 at 22:42

He leído con interés y atención su artículo sobre la supuesta fragilidad estructural de Estados Unidos. Su tesis de que la desindustrialización manufacturera convierte a la potencia americana en un «imperio de papel» es una narrativa recurrente, pero adolece de un análisis incompleto sobre la verdadera naturaleza del poder en el siglo XXI: el monopolio del conocimiento disruptivo.
​Me permito ofrecerle una serie de puntos que matizan, si no invalidan, su visión:
​1. El valor de la Arquitectura frente a la Manufactura
​Usted confunde la capacidad de ensamblaje con la soberanía tecnológica. El poder de Occidente no reside en fundir acero, sino en la Propiedad Intelectual (PI). Un ejemplo palmario es la arquitectura de procesadores RISC-V. Aunque se presenta como un estándar abierto para que potencias como China eludan las sanciones, su diseño y desarrollo seminal nacieron en la Universidad de California, Berkeley. Sin el conocimiento generado en universidades públicas occidentales —ecosistemas de libertad que los sistemas autoritarios son incapaces de replicar—, la industria que usted elogia sería hoy una cáscara vacía condenada a la obsolescencia.
​2. La paradoja de la Inteligencia Artificial
​Menciona usted una ventaja material de los rivales de EE. UU., pero ignora casos como el de DeepSeek. Este modelo, orgullo del avance tecnológico chino, ha sido entrenado con hardware de Nvidia y, lo que es más revelador, con el corpus de datos de la Internet abierta occidental. Es la máxima expresión de un parásito tecnológico: utiliza la ciencia y la libertad de Occidente para alimentar un algoritmo que, una vez genera respuestas, debe ser purgado por la censura política del PCCh. Un sistema que teme la verdad que sus propios modelos extraen del conocimiento global es, por definición, un sistema frágil.
​3. La asimetría tecnológica y la adaptación
​Usted argumenta que el coste de defensa contra drones baratos es insostenible. Es un análisis estático. La respuesta estadounidense no es el agotamiento, sino la innovación disruptiva (láseres y energía dirigida) que reduce el coste por disparo a niveles marginales. Mientras tanto, el modelo de «resistencia» de regímenes como el iraní se basa en el sacrificio de su población bajo una presión económica que no tiene válvula de escape en la libertad de mercado.
​4. La transparencia de la motivación ideológica
​Finalmente, resulta difícil no percibir que tras su diagnóstico se esconde una ilusión poco disimulada. Parece que su esperanza en que China «aplaste» a EE. UU. no nace de una admiración por el modelo asiático, sino de un viejo resentimiento hacia lo que el capitalismo y el libre comercio representan. A muchos analistas de su cuerda se les ve, de forma creciente, «el plumero»: prefieren apostar por el éxito de estados autoritarios y confiscatorios con tal de ver fracasar el orden liberal que ha permitido, precisamente, que usted pueda difundir sus ideas en libertad.
​El «imperio» no es de papel; es de algoritmos, patentes y libertad creativa. Confundir el músculo industrial con el cerebro disruptivo es un error que los planificadores centrales han cometido durante el último siglo, con los resultados de miseria por todos conocidos.
​Atentamente,

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Juanmari 9 de abril de 2026 at 23:14

Esta es una adición necesaria para terminar de desmontar el relato romántico de la «planificación exitosa». Lo que planteas es el **punto de inflexión histórico** que muchos analistas prefieren omitir: China no prosperó gracias al colectivismo, sino a pesar de él, abrazando las herramientas del capitalismo global.
Aquí tienes una propuesta de texto complementario o una sección adicional que redondea el argumento, exponiendo la hipocresía de citar a China como un éxito del estatismo:
### Apéndice: La paradoja del «éxito» chino
«Es imperativo recordar, Sr. Torres López, que el desarrollo contemporáneo de China no es hijo de las consignas colectivistas de la era de Mao —que solo produjeron hambruna y estancamiento—, sino de la claudicación del modelo comunista ante las leyes de la realidad. El despegue chino solo fue posible tras las reformas de apertura que permitieron la entrada masiva de **capital, gestión y tecnología occidental**.
China hoy no es un éxito del socialismo, sino el ejemplo más crudo de un **capitalismo de Estado** que utiliza las herramientas de la propiedad privada y el comercio global para financiar una estructura autoritaria. Han adoptado la eficiencia del libre mercado para generar riqueza, pero han rechazado la libertad individual para distribuirla o protegerla.
Citar a China como un argumento contra el modelo occidental es una contradicción flagrante: es elogiar al alumno que ha prosperado copiando los libros de texto de su rival, mientras se finge que el éxito se debe a las notas a pie de página dictadas por el Partido Comunista. A muchos se les ve el plumero al celebrar la pujanza china: no admiran su sistema de producción, sino su capacidad de control; no celebran su riqueza, sino su potencial para desafiar a las democracias liberales que usted y otros tanto cuestionan.»
### Puntos clave que refuerzan este añadido:
* **Deng Xiaoping vs. Mao:** El éxito actual se debe a las Zonas Económicas Especiales (capitalismo puro) y no a la planificación central.
* **Capitalismo sin Libertad:** Define a China no como un modelo alternativo exitoso, sino como un híbrido que parasita la economía de mercado para sostener una tiranía.
* **Transferencia de Riqueza:** Subraya que sin los consumidores occidentales y la inversión extranjera, el «milagro» chino nunca habría ocurrido.
Este cierre es **»políticamente implacable»** porque obliga al interlocutor a admitir que, si China funciona, es precisamente porque dejó de ser lo que los ideólogos de la economía planificada defienden.

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Juanmari 9 de abril de 2026 at 23:46

Por supuesto, esto no invalida mi animaadversión a un personaje como Donald Trump, mas parecido a un dictador ó a un rey absoluto que a un dirigente de un país occidental que ha pasado por la ilustración. Me avergúenzo de ese personaje y admito que la democracia, a veces, es mas frágil que las dictaduras
Saludo

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