Ganas de Escribir. Página web de Juan Torres López
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La izquierda que ya no sirve. Ideas para recuperar el norte

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La reciente imputación del expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero está trufada de acusaciones sin pruebas y establecidas a base de presunciones no demostradas, pero no se puede negar que forma parte de un larguísimo reguero de frustraciones y desencantos producidos por dirigentes de izquierdas en casi todo el mundo. Incluso si mañana mismo se demostrase su completa inocencia en todos los cargos que se le imputan, no podríamos dejar de preguntarnos qué hacía entre comisionistas, entre corruptos y vende patrias alguien que se presenta como referencia moral de la izquierda, y qué necesidad tiene de dedicarse a ganar dinero en la frontera siempre sutil entre lo bien y lo mal hecho quien, al mismo tiempo, hace discursos como paladín de la igualdad, la transparencia y la justicia social.

Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.

He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?

En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.

A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.

En estas páginas quiere presentar resumidamente dos tesis. La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha. La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos que sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.

La izquierda que fue

Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)... todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.

Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.

Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.

Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.

Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.

Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.

Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.

¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?

Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.

El cambio que noqueó a la izquierda

Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.

Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.

Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.

La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.

Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.

El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.

Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.

Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.

Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.

El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.

Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.

Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.

La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir

El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.

Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir... todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.

Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.

La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.

La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.

La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.

Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición radicalmente distinta a la de la derecha cuando gobierna. Esta puede hacerlo con el viento a favor: los mercados, los medios, las instituciones financieras internacionales, los grandes poderes económicos trabajan en la misma dirección que sus políticas porque comparten los mismos intereses. La izquierda, por el contrario, gobierna siempre con el viento en contra pues esos mismos poderes trabajan activamente para limitar, revertir o neutralizar cualquier política que amenace sus intereses.

En esas condiciones, gobernar sin haber construido previamente un contrapoder social suficiente permite, si acaso, gestionar más o menos bien, pero no transformar con mínima profundidad. Se puede administrar el sistema existente con la mejor voluntad y, en el mejor de los casos, con más atención a los más vulnerables, y muchas veces incluso con más eficacia y éxito que la derecha, incluso para los capitales. Pero, de esa forma, las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no haya convenido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.

Hay que ser justos y reconocer que las izquierdas que se propusieron llevar a cabo experiencias transformadoras, incluso moderadas, se han encontrado con un poder que juega sucio, que es violento cuando lo necesita, que instrumentaliza la justicia, que usa los medios como arma, que mueve los mercados para disciplinar a los gobiernos díscolos. Eso no puede olvidarse cuando se habla de fracasos de la izquierda. Pero tampoco puede ser la excusa que impida el análisis honesto de sus errores. Porque estos existen y son tan importantes como la represión externa para explicar el patrón de los fracasos.

Hay que decirlo con claridad por muy doloroso que sea. Actuando de esa forma que he comentado, las izquierdas no solo fracasaron a la hora de resistir al neoliberalismo. Cuando las izquierdas renuncian a proponer un mundo diferente y se limitan a proponer gestionar mejor el mundo existente, no solo traicionan su razón de ser. Han sido incapaces de movilizar la energía social transformadora que es su única fuente de poder real.

Un pensamiento viejo impide a las izquierdas entender cómo funciona el mundo que quieren cambiar

Las grandes corrientes de la izquierda han compartido durante décadas una concepción lineal y mecanicista de la historia. Han creído que el cambio es algo ineluctable como resultado de las contradicciones del capitalismo, y que las fuerzas del progreso avanzan inevitablemente. Bastaría con impulsar esas fuerzas reforzándolas desde dentro del sistema o con provocar la revolución para que el mundo nuevo surja como por generación espontánea.

Es una concepción errónea, como tantas veces se ha demostrado, porque ignora algo fundamental. El sistema capitalista es un sistema complejo que evoluciona de modo contradictorio y caótico, que da idas y vueltas y mezcla lógicas de muy diversa naturaleza. Y, por otro lado, los cambios sociales que se llevan a cabo en su seno no los promueven fuerzas abstractas e impersonales, sino seres humanos concretos, imperfectos, contradictorios y vulnerables, que tienen libertad, sentimientos y emociones, y que se interrelacionan no siempre con coherencia entre sí.

Lo que la ciencia de los sistemas complejos nos enseña, y que las izquierdas no han incorporado a su forma de pensar la política, es que el cambio en estos sistemas no se puede decretar ni esperar pasivamente. Es inevitable, pero no automático; y, sobre todo, no tiene una dirección predeterminada. Los sistemas complejos evolucionan por regeneración constante de sus elementos, sometidos a una dinámica de cambio permanente y gradual que hace imposible que permanezcan idénticos a lo largo del tiempo. El capitalismo ya ha ido muchas veces más allá de sí mismo a lo largo de la historia, y lo nuevo que lo superará ya está naciendo dentro de lo viejo, en estado embrionario, aquí y ahora. Pero eso no significa que el cambio vaya necesariamente en la dirección deseable. En todo sistema social conviven fuerzas de transformación y fuerzas de resistencia que se combaten entre sí, y el resultado depende de cuál de ellas logre imponerse. El sistema dispone de resortes de defensa capaces de absorber, neutralizar o revertir los cambios que se inician. Por eso los procesos de transformación no son lineales, no se producen a saltos, ni tienen el éxito asegurado cuando se inician: van y vienen, avanzan o abortan, se frustran o se consolidan según la fuerza relativa de quienes los impulsan y de quienes los resisten.

Esto tiene una consecuencia política directa que las izquierdas han ignorado sistemáticamente. El cambio hay que construirlo activamente, conociendo bien cómo funciona el sistema, sabiendo dónde y cómo actuar para reforzar las fuerzas de transformación y debilitar las de resistencia. No basta con tener razón o el mejor programa; y ni siquiera con ganar elecciones. Hay que saber en qué punto del sistema se puede incidir con mayor eficacia, qué tipo de acción produce efectos que se multiplican y cuál los dispersa, cómo sostener el impulso cuando el sistema activa sus mecanismos de defensa. Eso requiere una concepción del tiempo político que va mucho más allá de los ciclos electorales, y una comprensión de la realidad social que las izquierdas, prisioneras de su pensamiento mecanicista y de su urgencia electoral, no han desarrollado.

La renuncia al relato y la aceptación del marco que le impone la derecha

Las izquierdas mantienen su proverbial capacidad intelectual para discutir sin fin entre ellas y poner todo en cuestión. Pero esa energía no se ha dirigido a construir un nuevo relato civilizatorio de gran alcance sino a reciclarse a sí mismas cientos de veces, a debatir internamente y a matizarse mutuamente sin descanso.

Las izquierdas han renunciado a ser portadoras y portavoces de una Ilustración que ilumine al conjunto de la sociedad. No disponen de un relato común y han dejado de liderar las grandes causas que pueden atraer a todo tipo de personas y generar las mayorías sociales que son imprescindibles para poder transformar la realidad.

Y lo que es peor, más grave y paradójico, han dejado que la derecha se apropie de los valores que habían nacido como universales, en la mayoría de los casos gracias al impulso original de las izquierdas y de los movimientos progresistas de diferente tipo. Sorprendentemente, gran parte de las izquierdas han considerado durante mucho tiempo que valores como la libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía, la seguridad eran "burgueses" y meros instrumentos del sistema. Los desdeñaron, sin darse cuenta de que son precisamente las principales armas de defensa de los más desfavorecidos, y sin entender que quien los hace suyos controla el sentido común. El terreno donde se gana o se pierde la batalla política real y la posibilidad efectiva de cambiar el mundo.

El resultado es devastador. Mientras la derecha, y sobre todo la extrema derecha, se apropia del lenguaje de la soberanía, la seguridad y la identidad para ofrecer respuestas simples y falsas frente al miedo que sus propias políticas han generado, las izquierdas se enredan en debates identitarios y culturales que solo tienen pulsión en las periferias y que resultan incomprensibles, cuando no directamente hostiles, para los verdaderamente desposeídos.

Las izquierdas no solo han dejado de ser portadoras de propuestas de sentido común, sino que han dejado el sentido común en manos de las derechas y se han instalado en la gestión de las identidades particulares. Han dejado de soñar en grande y así han perdido la capacidad de movilizar a las mayorías.

La tribalización que diluye a la izquierda

El neoliberalismo construyó un mundo global convirtiendo en ecuménicos o universales los valores del mercado, la competencia, el individuo soberano y la lógica del beneficio. Las izquierdas, mientras tanto, han troceado su discurso y las reivindicaciones que defiende. Se han convertido en una especie de mercadillo persa en donde cada tribu trata de vender su identidad al resto, con tal de que se identifique con algún grupo de interés, por socialmente insignificante que sea.

La fragmentación se ha producido de la peor manera posible: generando microidentidades que responden a reivindicaciones legítimas en sí mismas pero que no conforman ni una lengua franca, ni una presencia colectiva y sinérgica. Tribus que hablan dialectos distintos, que no simpatizan entre sí, que se enfrentan con antagonismos casi siempre insuperables. En mi libro Para que haya futuro contabilicé, mal contados y como poco, 16 modalidades de ser de izquierdas, 24 tipos de feminismo y 27 ecologismos. Puesto que todos los partidos progresistas, prácticamente sin excepción, se definen como de izquierdas, feministas y ecologistas, se deduce que hay más de 10.000 identidades distintas posibles o formas de serlo.

Esa taxonomía proyectada casi ad infinitum de las izquierdas hace que cada reivindicación se subdivida, se matice y se deba enfrentar a cada una de las variantes hasta generar un mosaico ininteligible de partes que no se reconocen entre sí y del que es imposible que nazca un alma común, un modelo civilizatorio, una humanidad diferente.

De esa forma es como las izquierdas se han hundido en otra época (que ellas mismas han contribuido a crear) como la que describió Alejo Carpentier en El siglo de las luces: "hecha para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus."

Lo que queda cuando todo esto se asienta es la sustitución de la lógica de la transformación por la lógica de la representación. Se deja de preguntar cómo se cambia el mundo para preguntar a quién representa cada cual. Y como la respuesta a esa pregunta divide en lugar de unir, la política de izquierdas se convierte en una competencia entre identidades que no se hablan entre sí, que generan un ruido incomprensible para la mayoría de la población, y que dejan el terreno libre para quien ofrece un relato simple, aunque sea completamente falso.

La izquierda se ha hecho tribal y materialmente irreconocible como portadora de un proyecto conjunto de liberación y transformación de sentido común que pueda ser asumido por las más amplias mayorías sociales.

Hay votantes, pero no comunidad, y lejos de la gente, se aleja el cambio social

Las izquierdas de hoy tienen votantes, y en muchas ocasiones en cantidad suficiente para gobernar. Pero no tienen sociedad que se identifique con ellas, las apoye activamente y se haga cómplice consciente de sus acciones. No ponen en marcha realidades que puedan percibirse como el anticipo de un mundo nuevo, de un sistema diferente. Tratan a lo sumo de captar voluntades mediante el acto de fe que supone decirle a la gente que, si algún día dispusieran de más poder, todo sería distinto. Pero en la realidad presente no son capaces de mostrar en qué consiste ese otro mundo alternativo, salvo en lo que tiene que ver con asuntos de corto plazo y fácilmente reversibles cuando la derecha gobierna. Apenas pueden ofrecer ni una sola muestra tangible de aquello que se proponen construir. Es más, se deterioran e incluso van desapareciendo las que antaño se construyeron con su protagonismo directo o gracias a su enorme influencia, como ocurre con los servicios y empresas públicas, por ejemplo.

Y lo más paradójico es que el mundo alternativo existe. No como promesa futura sino como práctica presente. Una legión de asociaciones, cooperativas, colectivos, fundaciones, grupos anónimos, personas individuales de todo tipo y condición piensan, diseñan, construyen, organizan, crean empresas y ponen en marcha miles de iniciativas para producir y consumir de otra forma, curar y salvar vidas, habitar, estudiar, cuidar, alimentarse, obtener energía, representarse y tomar decisiones como si estuvieran ya en un planeta distinto, anticipando el futuro. Pero que están, por lo general, bastante alejadas de los partidos de izquierdas que, mientras tanto, siguen organizados y actuando en el viejo mundo, inoculándose sin parar el veneno del que se supone que desean escapar.

Pero el problema no es solo que las izquierdas estén lejos de ese tejido alternativo. Es que han perdido algo todavía más profundo y más difícil de recuperar: el contacto cotidiano con la vida concreta de la gente corriente. No se trata únicamente de perder apoyo electoral o capacidad organizativa. Me refiero a que han dejado de convivir emocional y materialmente con amplios sectores populares. Y cuando una fuerza política deja de compartir la experiencia cotidiana de quienes pretende representar, acaba perdiendo la capacidad de comprenderlos, interpretarlos y movilizarlos, y finalmente su complicidad y su apoyo.

Durante mucho tiempo, las izquierdas no fueron únicamente organizaciones políticas. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en los centros de trabajo, en las asociaciones vecinales, en las escuelas públicas, en las cooperativas, en los sindicatos, en las fiestas populares, en los hogares e incluso en espacios religiosos vinculados al mundo obrero. Formaban parte de la textura cotidiana de la sociedad y no hablaban sobre la gente, sino junto a ella y dentro de ella. Compartían sus condiciones de existencia, sus códigos culturales, sus miedos, sus aspiraciones y sus sufrimientos.

Esa cercanía no era un elemento secundario ni sentimental. Es la fuente de donde surgen la fuerza política y moral. Junto a la gente se puede comprender cómo viven realmente las personas, qué les preocupa, qué lenguaje utilizan para interpretar el mundo y qué tipo de respuestas pueden percibir como propias y creíbles. Cuando las izquierdas estaban junto a la gente, eran fuertes no solo porque tuvieran ideas o programas, sino porque estaban insertas en la experiencia vital de la mayoría social.

El neoliberalismo fue inteligente y diseñó estrategias para alterar profundamente ese terreno donde las izquierdas se habían hecho fuertes históricamente. Destruyó muchos de los espacios comunitarios y colectivos en los que se construía la vida compartida. Precarizó el trabajo, individualizó los problemas, debilitó las organizaciones sociales y convirtió cada vez más a los individuos en competidores aislados. Era su tarea. Lo lamentable fue que las izquierdas no se percataran de ello, se dejaran llevar sin resistir y no se hicieran fuertes precisamente allí donde esa destrucción se estaba viviendo físicamente.

Poco a poco, una parte importante de la izquierda fue institucionalizándose, sus dirigentes se profesionalizaron y su actividad política se hizo depender de los mensajes mediáticos. Su actividad se desplazó desde la vida social hacia los despachos, los parlamentos, los estudios de televisión, las redes digitales y los circuitos universitarios o partidarios. Se convirtió en la izquierda que tiene como aspiración principal el ser vista o hacerse viral en TikTok y el resto de las redes sociales. Empezó a hablar un lenguaje crecientemente abstracto, técnico o autorreferencial, muchas veces incomprensible para quienes viven bajo la presión diaria de la precariedad, los salarios insuficientes, el miedo al futuro o la inseguridad vital.

Las consecuencias fueron tremendas. La izquierda dejó de escuchar con atención el miedo cotidiano, la humillación silenciosa, el cansancio acumulado, la soledad, la incertidumbre permanente o la sensación de abandono que atraviesan hoy la vida de millones de personas. Dejó de sentir como propia la epidermis de la sociedad.

Por eso, amplios sectores populares han dejado de sentir a las izquierdas como algo suyo, incluso cuando continúan compartiendo muchas de sus posiciones materiales en relación con el empleo, los servicios públicos, la vivienda o la desigualdad. La izquierda de nuestro tiempo no se ha dado cuenta de que no basta con defender intereses objetivos si no existe también reconocimiento mutuo, cercanía cultural y vínculo emocional. Las personas necesitan sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas, no solo administradas o representadas desde arriba.

La extrema derecha ha entendido mejor que nadie ese vacío. Aunque sus propuestas económicas perjudiquen muchas veces a quienes la apoyan, ofrece algo que hoy resulta decisivo: identidad, reconocimiento, pertenencia, lenguaje emocional y sensación de proximidad. Habla de miedos reales, aunque luego los manipule y desvíe hacia enemigos falsos.

Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social y tengo muchas deudas de que eso sea posible mientras estén encerradas en los aparatos en que hoy día se han convertido sus partidos políticos. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. Porque el cambio social no nace únicamente de las ideas correctas ni de los programas bien diseñados. Surge de personas concretas, de los vínculos vivos entre ellas, de la confianza mutua y de la existencia de experiencias compartidas capaces de convertir el malestar disperso en conciencia colectiva y voluntad organizada de transformación.

Sin contrapoder de diferente naturaleza, el poder del capital es invencible

Uno de los errores más graves de las izquierdas contemporáneas ha sido creer que se puede transformar la sociedad utilizando exclusivamente las instituciones y los resortes o palancas del poder de una sociedad ya previamente organizada por el capital. Han pensado que bastaba con conquistar gobiernos para cambiar el mundo, cuando el poder real no reside principalmente en los parlamentos, sino en las relaciones sociales, culturales, económicas y comunicativas que moldean la vida cotidiana y delimitan lo que una sociedad considera posible o imposible.

La historia lo demuestra claramente. Las izquierdas fueron eficaces cuando, antes de alcanzar el poder institucional, habían construido ya otro poder en el seno mismo de la sociedad: sindicatos, cooperativas, ateneos, redes vecinales, prensa propia, espacios culturales, formas de apoyo mutuo y experiencias de vida colectiva capaces de crear conciencia, solidaridad y autonomía frente al mercado y frente al Estado dominado por las élites económicas. No transformaban solamente las leyes, sino que transformaban (incluso sin necesidad de estar en los gobiernos) cuando previamente habían cambiado la forma de vivir, de relacionarse y de imaginar el futuro de grandes mayorías sociales.

El neoliberalismo también entendió perfectamente esa realidad y por eso dirigió su ofensiva no sólo contra las políticas redistributivas o contra el Estado social, sino contra las propias bases materiales y culturales del contrapoder democrático. Individualizó el trabajo, precarizó la vida, destruyó espacios comunitarios, mercantilizó las relaciones humanas y convirtió a los ciudadanos en competidores aislados. La gran victoria neoliberal no fue económica, sino antropológica, al fabricar individuos incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo portador de poder.

Lamentablemente, la mayor parte de las izquierdas respondió refugiándose casi exclusivamente en la política institucional, aceptando además las reglas culturales, comunicativas y económicas impuestas por el propio neoliberalismo. Renunció poco a poco a construir sociedad y acabó dependiendo de los mismos medios, lenguajes, dinámicas y estructuras de poder que decía combatir. Quiso disputar el poder sin alterar previamente la correlación de fuerzas en la sociedad civil. Y así quedó atrapada en una contradicción insoluble: intentar cambiar un sistema utilizando herramientas diseñadas precisamente para impedir que cambie.

Por eso, incluso cuando gobierna, la izquierda apenas logra gestionar temporalmente algunos efectos del sistema sin modificar sus estructuras profundas. Si carece de tejido social autónomo, de fuerza cultural y de la capacidad organizada necesarias para sostener transformaciones duraderas frente a unos poderes económicos, financieros y mediáticos que sí operan coordinadamente y con horizonte estratégico de largo plazo, carece de poder y apenas puede transformar.

Ningún poder histórico ha sido derrotado únicamente desde arriba o, por decirlo en términos algo más gráficos, echando un pulso al poder previamente existente. Todos los cambios profundos han necesitado construir previamente otra palanca de poder, un contrapoder diferente al que se quiere combatir.

Y el contrapoder de naturaleza distinta al del capital no puede construirse con las mismas herramientas ni los mismos valores que el poder al que se enfrenta. No puede ser jerárquico cuando el poder que combate se sostiene precisamente en la jerarquía. No puede ser individualista cuando el individualismo es el principal instrumento de dominación del sistema. No puede basarse en la acumulación, cuando es la acumulación lo que hay que combatir.

Su naturaleza tiene que ser radicalmente diferente. Es cooperativo donde el capital es competitivo. Es comunitario donde el capital es individualista. Se basa en el cuidado de las personas y de la vida donde el capital se basa en el lucro. Es democrático, en el sentido más profundo y cotidiano del término, donde el capital es oligárquico. No busca el sometimiento del adversario sino la construcción de una mayoría que haga el modelo dominante insostenible por la simple evidencia de que existe algo mejor.

Este es el tipo de poder que la historia demuestra que puede ganar a largo plazo, porque no depende de los recursos que el capital controla, sino de algo que el capital no puede comprar ni destruir completamente: la convicción de que otro modo de vivir es posible y la voluntad de construirlo. Es el poder que nace del sentido común de una especie que sabe, cuando puede pensar con libertad, lo que necesita para vivir bien. Y es, no por casualidad, exactamente el tipo de poder que el neoliberalismo se esforzó durante décadas en hacer invisible e impensable.

La inversión que lo cambia todo: primero la sociedad, luego la política

De todo lo anterior se desprende una conclusión que tiene la apariencia de una paradoja pero que es, en realidad, la lección más importante que ofrece la historia del fracaso de las izquierdas de nuestro tiempo.

La tarea de quien quiera transformar el mundo con los horizontes y los valores que tradicionalmente defendieron las diferentes izquierdas no puede ser usar la política para transformar la sociedad. Como dije, es al revés, hay que transformar la sociedad para cambiar la política.

Ese principio no puede ser entendido como la renuncia a la política institucional. Tiene que ver con una comprensión diferente y más profunda de cómo funciona el cambio real. Significa entender que las condiciones para que una política transformadora sea posible y sostenible se construyen antes de llegar al gobierno, no después. Es decir, que esas condiciones son sociales, culturales, económicas y organizativas antes de ser políticas en el sentido institucional del término.

Cuando la izquierda llega al gobierno sin haber construido previamente la sociedad alternativa que necesitaría, trabaja con el viento en contra. Cada reforma que amenaza los intereses del poder real encuentra una resistencia organizada y permanente que la neutraliza, la revierte o la vacía de contenido. Y así no puede transformar el mundo.

Transformarlo significa o requiere, mejor dicho, ir más allá y construir comunidad donde el neoliberalismo ha construido individualismo, tejer redes de solidaridad y cooperación donde el mercado ha impuesto competencia, crear experiencias concretas de otro modo de organizar la producción, el cuidado, la energía, la información... que demuestren en la práctica que el mundo alternativo no es una utopía sino una práctica y una posibilidad real. Significa construir un relato que conecte la experiencia cotidiana de la gente con las causas estructurales de sus problemas, que dé nombre a lo que se siente, pero que no se sabe cómo decir, que señale el horizonte sin prometer el paraíso. Significa desarrollar un sujeto colectivo, no solo votantes y militantes, sino una comunidad organizada y consciente que tenga sus propias instituciones, sus propios medios, sus propios referentes, su propia capacidad de actuar con independencia de los ciclos electorales.

Cuando ese trabajo previo se ha hecho, o cuando se ha hecho suficiente o al menos embrionariamente, la llegada al gobierno tiene una naturaleza y unos efectos completamente diferentes. De entrada, los dirigentes que están allí están respaldados por una sociedad organizada y no llegan en soledad, sino con algo detrás. Un algo que cambia radicalmente el equilibrio de fuerzas frente al poder real. No lo elimina, porque el poder del capital seguirá siendo inmenso, pero lo limita y permite que resistirlo tenga un coste menor y que ceder tenga un coste mayor.

Una diferencia que lo resume todo

Hay una diferencia final entre la derecha y la izquierda que vale la pena señalar porque es reveladora de todo lo que hemos analizado.

La derecha, que usa la política para conservar lo que tiene, puede permitirse el lujo de tener malos dirigentes porque el sistema trabaja para ella con independencia de quién la dirija. El sistema financiero, los grandes medios, las corporaciones, las instituciones internacionales funcionan en la dirección que la derecha establece, aunque sus dirigentes sean mediocres, corruptos o simplemente torpes. La izquierda, en cambio, no puede permitirse ese lujo precisamente porque el sistema no trabaja para ella. Necesita siempre dirigentes capaces, honestos y comprometidos.

Ante esa exigencia, la izquierda no puede responder, como quizá haya intentado responder la mayoría de las veces, o en el mejor de los casos. Es decir, buscando las mejores personas posibles, pero situándolas en el vacío. Porque el problema sólo se resuelve, como he dicho, construyendo la sociedad y el tejido que llene el vacío.

El neoliberalismo lo entendió a la perfección y ha dedicado décadas e infinidad de recursos a destruirlo. Para ser la proa del progreso habrá que entenderlo muy bien y dedicar el tiempo y la energía necesarios para reconstruirlo.

El vacío que acosa a los dirigentes

Todo lo anterior conduce a la pregunta más incómoda, la que tiene nombres y apellidos: ¿por qué los dirigentes concretos terminan defraudando tan sistemáticamente?

¿Por qué Alexis Tsipras firmó en julio de 2015, exactamente una semana después del referéndum en que el 61 por ciento de los griegos rechazó las condiciones de la Troika, un acuerdo con condiciones aún más duras que las rechazadas? ¿Por qué Tony Blair, que llegó al poder en 1997 con la mayor mayoría laborista de la historia, terminó llevando al Reino Unido a la guerra de Iraq junto a George W. Bush y construyendo el New Labour como un proyecto de gestión eficiente del capitalismo financiero, para acumular después una fortuna considerable asesorando a gobiernos y corporaciones de dudosa reputación democrática? ¿Por qué Gerhard Schröder precarizó el mercado laboral alemán con sus reformas Hartz y terminó su carrera como consejero de Gazprom y defensor público de Vladimir Putin incluso tras la invasión de Ucrania? ¿Por qué François Hollande, que prometió que su adversario era el mundo de las finanzas, terminó su presidencia con un 4 por ciento de aprobación, el nivel más bajo de cualquier presidente de la Quinta República? ¿Por qué Zapatero, que tuvo logros reales en materia de derechos civiles durante su primer gobierno, aplicó los recortes que había criticado cuando llegó la crisis y aparece hoy envuelto en investigaciones judiciales que han generado una decepción profunda entre quienes lo tenían como referente moral de la izquierda española? ¿Por qué Lula, símbolo de esperanza para toda una generación latinoamericana, presidió un partido que terminó entre corrupción sistémica? ¿Por qué Rafael Correa, que llegó con un discurso de revolución ciudadana y retórica anticapitalista potente, terminó enfrentado a dirigentes y colectivos indígenas que habían sido sus aliados más próximos? ¿Por qué Obama, que movilizó como nadie la esperanza transformadora de la izquierda norteamericana en 2008, rescató a los bancos sin perseguir a sus responsables, deportó a más inmigrantes que ningún presidente anterior, no cerró Guantánamo o permitió que sus ejércitos ejecutaran a cientos de civiles?

La respuesta habitual suele ser la de la traición personal, el carácter débil, la ambición que corrompe, el poder que cambia a las personas... Todas ellas quizá son reales y comprensibles, pero en todo caso insuficientes, pues no explican el patrón ni el fallo estructural que inevitablemente debe haber cuando ese tipo de casos se produce con tanta regularidad.

A mi juicio, todos esos casos se pueden producir porque, en la inmensa mayoría de los casos, los dirigentes de izquierdas vienen operando en el vacío en las últimas décadas. En el vacío que las propias izquierdas han creado al no construir comunidad, al no tejer redes, al no crear contrapoderes, al no poner en marcha experiencias alternativas que muestren el futuro por adelantado, al no construir la sociedad que debería preceder a la conquista del poder institucional. Y, sobre todo, cuando han provocado o permitido que sus organizaciones, sus partidos, dejen de ser una parte más de esa comunidad para la que se supone que trabajan, cuando las han convertido en estructuras que reproducen el cesarismo de los conservadores, las han vaciado de democracia interna real, y en donde, cuando no se desprecia, no se cuenta con la militancia y mucho menos con la ciudadanía a la que dicen querer representar.

Cuando la izquierda no ha construido ese tejido previo, cuando no tiene bajo sus pies el suelo de la sociedad organizada, sus dirigentes quedan literalmente en el aire y solos frente al poder real. No tienen detrás una comunidad organizada que los sostenga cuando hacen lo correcto y los frene cuando se equivocan. No tienen a su lado una red de instituciones, organizaciones, grupos sociales, militancia y ciudadanía que les recuerde cotidianamente para qué están ahí y en nombre de qué y de quiénes actúan. No tienen enfrente el espejo que les muestre lo que no están haciendo y en qué se están convirtiendo, ni tampoco el otro mundo alternativo en embrión y que crece a sus espaldas, en el que podrían detectar las contradicciones entre lo que predican y lo que hacen.

En ese vacío, el poder real actúa con una eficacia que no necesita ser conspirativa para ser devastadora. Los mercados financieros, los grandes medios, las corporaciones, los organismos internacionales... tienen acceso directo y permanente a los dirigentes. Les hablan todos los días, les halagan, les explican con paciencia y firmeza cuáles son los límites de lo posible, los redibujan y les muestran con claridad las consecuencias de traspasar las líneas que no deben sobrepasar. Y como del otro lado no hay nadie con la misma consistencia, la misma presencia permanente y la misma capacidad de presión organizada, el resultado es casi matemáticamente previsible.

Los dirigentes de izquierdas que nos defraudan no se han corrompido o simplemente desnaturalizado de golpe, ni como resultado de su propia personalidad, ni posiblemente como efecto de una decisión consciente y deliberada de traicionar sus principios. Han ido cediendo sutilmente, milímetro a milímetro, decisión a decisión, cada vez que el coste inmediato de resistir parece mayor que el coste diferido de ceder. Ceden, porque la presión del poder real en el presente es más potente que la presión de la comunidad que le encargó transformar ese poder, bien porque esa comunidad no exista, o porque no tiene voz cuando su grito es necesario. Sin una comunidad organizada que denuncie y combata en tiempo real lo que está ocurriendo, que ponga precio a cada cesión, que exija rendición de cuentas antes de que el daño sea irreversible, las cesiones se acumulan silenciosamente hasta que un día el dirigente que prometía transformar el mundo está defendiendo posiciones que hace diez años le habrían parecido indefendibles.

Cuando existe una comunidad organizada con valores compartidos y experiencias concretas de otro modo de hacer las cosas, esa comunidad funciona como un sistema inmunitario frente a los virus que pueden difundir dirigentes corruptos o los errores de los honestos. Reconoce las desviaciones porque tiene un referente claro de lo que no es desviación. Puede nombrar lo que está mal porque tiene palabras para nombrar lo que debería estar bien. Puede presionar porque tiene una base autónoma desde la que hacerlo, que no depende del acceso a las instituciones ni de la benevolencia de los dirigentes. Pero, cuando esa comunidad no existe, el control desaparece. Los liderazgos se personalizan porque no hay nada que los limite, y los comportamientos inadecuados no encuentran resistencia porque no hay una cultura compartida suficientemente viva como para reconocerlos como inadecuados.

Esta es la razón profunda por la que el cesarismo, la concentración del poder en el líder, la falta de democracia interna real, el desprecio a la militancia que caracterizan a tantos partidos de izquierdas, no son vicios morales individuales sino consecuencias estructurales de haber construido organizaciones sin sociedad.

Un motor que ya no va y otros que existen y funcionan mejor

La conclusión que he sacado de todo lo que he analizado en los últimos años en mis artículos y libros es dura y cueste decirla, pero creo que tenemos la obligación de exponerla con claridad.

Las izquierdas que hoy conocemos, las que actúan en los gobiernos, en los parlamentos, incluso la mayoría de los partidos políticos que se reclaman progresistas, desde los más nuevos hasta algunos con casi 150 años de historia, han cumplido ya su papel histórico. Son operadores políticos que en su forma actual no pueden ser el motor de la transformación del mundo. No por culpa de su militancia o de lo que incluyen, elección tras elección, en sus programas. No sirven porque están construidos sobre los mimbres equivocados, asumiendo el terreno en donde pisa el adversario y el marco en el que impone su relato. Porque han renunciado a construir comunidad y sujeto. Porque han aceptado las reglas de un juego diseñado para que no puedan ganar. Y porque, en consecuencia, son incapaces de generar el tipo de sociedad nueva que haría posible el cambio real.

Esto no significa que no puedan seguir teniendo un papel importante. Lo tienen y lo seguirán teniendo, seguramente, para frenar los peores excesos, para defender lo conquistado y ganar tiempo. Pero me temo que ya es imposible que sigan siendo los motores del cambio social de mediano y largo alcance. Y confundirlos con ese motor, seguir tratándolos como si lo fueran y continuar depositando en ellos la esperanza transformadora tiene un coste que ya no podemos permitirnos. El de alimentar, con cada nueva decepción, el cinismo que desmoviliza, la rabia sin dirección que aprovecha la extrema derecha y el populismo reaccionario que se expande por el mundo.

Hay que decirlo con toda la dureza que el momento exige: el fracaso sistemático de las izquierdas es una de las fuentes principales de donde brotan los neofascismos. Cuando la gente que sufre la desigualdad, la precariedad y el abandono ve una y otra vez que quienes prometían cambiar las cosas no lo hacen, que sus dirigentes terminan siendo parte del sistema que decían combatir, que los partidos que dicen representarla hablan un lenguaje que no entiende sobre problemas que no reconoce como suyos, no desaparece. La indignación de la gente no se evapora, sino que busca otro cauce. Y ahí aparecen los demagogos que ofrecen un relato simple, un chivo expiatorio accesible y la promesa de romper con todo para recoger esa energía y convertirla en su combustible.

La extrema derecha no habría podido crecer como ha crecido en todo el mundo si las izquierdas hubieran hecho su trabajo. Hay que decirlo sin eufemismos.

Pero la conclusión no es la desesperanza. Llegamos ahora a lo más importante de todo lo que quiero decir en estas páginas que resumen mis reflexiones de casi una vida.

Ante la degeneración y la impotencia de la izquierda no nos encontramos en un kilómetro cero. El motor que hoy día se necesita para transformar el mundo de nuestro tiempo no hay que inventarlo: ya existe, funciona, y ha demostrado en la práctica que la existencia de otro mundo basado en formas de actuar, valores y modo de organizar la vida económica y social no es una promesa o una quimera. Es ya una realidad presente a nuestro alrededor, aunque hay que saber reconocerlo, conectarlo, potenciarlo y darle la expresión política que todavía le falta.

Ese motor está hecho de cientos, de miles de experiencias concretas de organización de la vida económica y social sobre principios radicalmente distintos a los de la avaricia y el máximo beneficio que guía al capitalismo financiero que domina el mundo. Son experiencias que se desarrollan sin esperar a que quienes las impulsan controlen las instituciones o a que llegue el gobierno adecuado para empezar a construir el futuro, porque se construyen de otro modo, desde abajo, en la vida cotidiana de comunidades reales.

En mi libro Cómo sobrevivir al trumpismo y a la economía de la motosierra (Deusto, 2025), mostré los principios sobre los que se basan todas ellas, sus modalidades muy diferentes, y el alcance tan grande que tienen en todo el planeta, tanto desde el punto de su extensión como de su relevancia para la satisfacción de las necesidades humanas y la salvaguarda del medio ambiente. Aquí basta señalar que todas esas experiencias tienen algo en común que las convierte en el embrión de una economía diferente y no en simples experimentos marginales: funcionan con una lógica radicalmente distinta a la del capitalismo. No buscan el máximo beneficio para los accionistas, sino el bienestar de las personas que las componen y de las comunidades en que operan; no externalizan sus costes sobre la sociedad y la naturaleza, ni concentran el poder en pocas manos, sino que lo distribuyen y ejercen democráticamente; no son esclavas del cortoplacismo, hipotecando el largo plazo, construyen el futuro y garantizan la sostenibilidad.

Y tienen algo más, quizás lo más importante de todo. Demuestran en la práctica, con datos y resultados medibles, que la afirmación más poderosa del capitalismo, la de que no hay alternativa, es falsa. Demuestran que las hay y que, en la inmensa mayoría de los casos, funcionan mejor.

Lo que falta

El problema no es, por tanto, que carezcamos de alternativas, que estemos viviendo el fin de la historia. Hay muchas, aunque es cierto que todavía existen de forma dispersa, fragmentada, descentralizada, frecuentemente desconocida entre sí, careciendo de expresión política y sin generar un contrapoder efectivo que las convierta en una fuerza capaz de cambiar las reglas del juego a la escala que los grandes problemas del mundo requieren.

Son motores quizá encendidos, pero desconectados. Funcionan y avanzan cada uno de ellos en la dirección correcta, pero disipando su energía porque no están todavía articulando redes que los multipliquen y refuercen mutuamente, y porque no han generado todavía una política transformadora que los represente y los proyecte al conjunto de la sociedad.

Esa es la tarea. Y es una tarea de naturaleza diferente a la que las izquierdas han intentado hacer hasta ahora. No se trata de construir un nuevo partido que prometa lo que los anteriores prometieron y no cumplieron. Se trata de hacer exactamente lo que he argumentado a lo largo de estas páginas: construir sociedad primero, y dejar que la política transformadora emerja de esa sociedad construida.

Concretamente, se trata de tres cosas que deben ocurrir simultáneamente y que se refuerzan mutuamente.

La primera es conectar las experiencias. Las cooperativas, las comunidades energéticas, los bancos éticos, las redes de cuidado, los municipios que experimentan con presupuestos de bienestar, los movimientos por la justicia climática y laboral... todos ellos están construyendo partes del mismo edificio, pero casi siempre sin reconocerse como parte del mismo proyecto y sin poder actuar, por tanto, como tales. Cuando se reconocen, cuando se conectan, cuando aprenden los unos de los otros y actúan con la conciencia de que forman un tejido común, su fuerza se multiplica exponencialmente. Son, de momento, como un archipiélago de islas muy vulnerables. Su interconexión, los hará invulnerables.

La segunda es construir el relato que las haga visibles y comprensibles para la mayoría como parte de un horizonte, de un futuro donde se proyecte la vida diaria de la gente corriente. Las experiencias alternativas que hemos descrito son reales y son valiosas, pero la mayoría de la gente no las conoce, no sabe que existen, o no las identifica como parte de un mañana común. Necesitan un relato que las conecte entre sí y con la experiencia cotidiana de la gente que sufre el sistema actual. Un relato que diga: esto que ves ahí, funcionando, produciendo bienestar, cuidando la vida, es el mundo que podemos construir. No en un futuro lejano, sino un ahora que ya está aquí.

La tercera es generar la expresión política que lleve esa energía social acumulada a transformar las instituciones y las reglas del juego. No un partido que sustituya a los existentes, sino una política nueva que emerja desde abajo, que represente genuinamente a esa sociedad que ya se está construyendo, que tenga en las experiencias alternativas su legitimidad y su programa, y que disponga del contrapoder social suficiente para resistir las presiones del poder real cuando llegue a las instituciones.

Ese contrapoder no puede construirse, como he dicho, con la misma naturaleza que el poder al que se enfrenta. No puede ser vertical, concentrado y dependiente de un liderazgo singular. Tiene que ser lo que el neoliberalismo no pudo destruir del todo porque está en la naturaleza más profunda de la especie humana. Debe basarse en la generosidad, en la cooperación, en el cuidado mutuo, en la empatía, en el amor... en el sentido común que sabe perfectamente lo que de verdad se necesita y lo que no para vivir bien. Tiene que construirse desde la multiplicidad, desde las redes horizontales, desde la confianza que se genera en la acción compartida, desde la coherencia entre los medios y los fines que tantas veces las izquierdas han traicionado.

Para cambiar el mundo no basta con ganar elecciones. Hay que crear sociedad, estar de nuevo junto a la epidermis de la vida cotidiana, reconstruir vínculos, generar comunidad, producir cultura emancipadora y levantar espacios de autonomía material y simbólica donde pueda brotar otra forma de vivir y de entender el mundo. Porque únicamente cuando existe un poder social diferente puede abrirse paso una política realmente transformadora.

Las izquierdas difícilmente podrán volver a impulsar procesos profundos de transformación social si no reconstruyen antes esa conexión cotidiana con la vida real de la mayoría social. No basta con representar políticamente a la gente. Hay que convivir con ella. Escucharla, compartir espacios, reconstruir comunidad y volver a estar presentes allí donde se experimentan diariamente el sufrimiento, la inseguridad y también las esperanzas colectivas. El cambio social no lo producen las ideas brillantes ni los programas bien construidos desde los despachos ni los grandes liderazgos. Lo generan personas concretas que confían las unas en las otras, que comparten experiencias reales y que en ese compartir descubren que su malestar no es individual sino colectivo, que tiene causas comunes y que puede tener respuestas comunes. Sin eso, no hay izquierda que valga. Y no estoy nada seguro de que vayan a ser capaz de reinventarse para poder hacerlo. Entre otras razones, porque será necesario también que haya nuevos tipos de organizaciones y de liderazgos y personas.

La paradoja final, una razón más para la esperanza

Hay algo profundamente irónico en todo esto. El neoliberalismo creyó que destruyendo el tejido social, atomizando a los individuos y fabricando el homo neoliberalis había ganado la batalla definitiva. Y en cierta medida tuvo éxito: destruyó las bases sobre las que las izquierdas del siglo XX habían construido su poder.

Pero al hacerlo produjo algo que no esperaba, el sufrimiento, la soledad, la precariedad y la injusticia a una escala que genera inevitablemente su propia respuesta. Produjo la evidencia, visible para quien quiera verla, de que un sistema que se gobierna por una sola ley, la del máximo beneficio para unos pocos, es un sistema que se destruye a sí mismo. Produjo las condiciones en las que miles de comunidades en todo el mundo empezaron a buscar otras formas de organizar su vida para poder sobrevivir. Al buscarlas las encontraron, y al encontrarlas demostraron que eran posibles y que funcionaban mejor.

El mundo que necesitamos no hay que inventarlo. Hay que reconocerlo donde ya existe, conectarlo donde está disperso, ampliarlo donde es pequeño, y defenderlo donde está amenazado. Hay que darle el relato que lo haga visible y la organización que lo haga poderoso.

Esa es la tarea. Es difícil, es lenta, pero es la única que puede funcionar. Y a diferencia de todas las veces que las izquierdas han prometido el cambio desde las instituciones sin haberlo construido desde la sociedad, esta vez hay algo que no había antes: la evidencia empírica, en cientos de lugares del mundo, de que ya está ocurriendo.

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