Ganas de Escribir. Página web de Juan Torres López
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La izquierda pica el anzuelo de la prioridad nacional

Publicado en la voz del Sur el ocho de mayo de 2026

La derecha española no ha tardado mucho en hacerse con uno de los grandes lemas del extremismo mundial, la "prioridad nacional" como criterio de reparto cuando no hay suficiente para todos.

El francés Jean-Marie Le Pen utilizó el mismo término ("préférence nationale") en los años ochenta del siglo pasado. La ultraderecha alemana popularizó el «Deutschland zuerst» (“Alemania primero”), lo mismo que dice Trump en Estados Unidos (“America First”).

La idea siempre es la misma: si los recursos son limitados e insuficientes, alguien debe ir primero a la hora de disfrutarlos.

Al presentarlo así, la derecha no propone sólo una medida, impone un marco: el de la escasez inevitable y la competencia entre iguales. Un terreno de juego en el que siempre lleva las de ganar puesto que deja a un lado el problema de por qué hay escasez para poner en primer plano un aspecto moral o emocional: ¿quién debe estar primero en la final, quién tiene más derecho a acceder a lo que está racionado?

Lo sorprendente no es que la derecha ponga esa trampa, sino que la izquierda caiga en ella, que pique el anzuelo, como está ocurriendo en España.

Desde que Vox comenzó a hablar de prioridad nacional, la respuesta de los dirigentes de los diferentes partidos de izquierdas, e incluso de periodistas progresistas líderes de opinión ha sido mayoritariamente la misma.

El presidente Sánchez dijo en el Parlamento que esa propuesta "no es sino racismo, xenofobia, segregación, confrontación". Prácticamente lo mismo dijo la ministra Mónica García: "Lo que hay detrás de la “prioridad nacional” del PP y VOX no es otra cosa que el mismo racismo, la misma xenofobia y la misma exclusión sanitaria que atenta contra los mismos derechos humanos que desprecian". También la dirigente de Podemos, Ione Belarra ("Es una proclama abiertamente racista"), el lider independentista Gabriel Rufián, o periodistas como Julia Otero (“¿Por qué lo llamamos prioridad nacional cuando en realidad es racismo?”) o Ignacio Escolar ("El racismo de la prioridad nacional").
Otros dirigentes, como Rodríguez Zapatero, han respondido a la propuesta de Vox calificándola como algo "ignominioso" por establecer "preferencia, superioridad, discriminación" y por ser anticonstitucional. En el debate electoral reciente, Montero (PSOE) recriminó al candidato de Vox que con ella "criminaliza a los niños", Maillo (Por Andalucía) reclamó empatía a quienes la defienden y García (Adelante Andalucía) le reprochó que pretenda que "miremos a nuestros vecinos como culpables".

La respuesta generalizada de la izquierda responde un patrón reiterado en las últimas décadas: la derecha plantea un problema material de reparto y responde con argumentos y juicios morales.

De ese modo, la izquierda fracasa necesariamente porque, ante la falta de vivienda, de servicios de salud, de plazas educativas, o de trabajos que permitan vivir dignamente, la gente corriente no piensa con categorías morales o constitucionales, como las que usaba Zapatero.

Vox establece un hecho (no hay recursos) y la izquierda responde con un criterio moral de acceso (sin duda loable).

La persona que carece de recursos no se pregunta si la prioridad nacional es constitucional, si encaja con el derecho europeo, si es o no discriminatoria, éticamente aceptable o moralmente inclusiva.

Se plantea si con ella conseguirá más fácilmente una vivienda, bajará la lista de espera, o tendrá más oportunidades de empleo y más ayudas. Y lo que entonces le dice la izquierda es que, pensado así, el problema es ella, porque es racista.

Al responder como lo está haciendo la izquierda, está aceptando el marco-trampa que le plantea la derecha (hay una lucha por los recursos limitados) y sólo se diferencia en el criterio para repartirlos. La derecha dirá que los españoles primero, y la izquierda que todos merecen disfrutarlos, pero ambas coinciden en lo fundamental, quedando entonces encerradas en un mismo marco mental: “No hay suficiente para todos”.

La derecha le señala un terreno de debate, el del mayor o menor derecho de cada persona, y la izquierda cae en la trampa al no salirse de él. Se defiende y así queda en posición subalterna desde la que es muy difícil convencer.

Las izquierdas lograron defender con éxito los intereses más amplios de los pueblos cuando impedían que se fragmentaran entre sí por razones de sexo, nación, etnia o religión, manteniendo a las élites económicas fuera de foco.

Frente al discurso del "no hay recursos para todos", la izquierda no puede caer en la trampa de responder que todos tienen los mismos derechos a la hora de repartir lo escaso, sino la falta deliberada de financiación de aquello que se necesita.

S no lo hace, como viene ocurriendo, está perdida porque, nos guste o no, la moral universalista moviliza menos que la oferta de protección a quienes, sobre todo entre las clases precarizadas, se encuentran en situación de ansiedad y carencia material.

Cuando una persona no tiene vivienda, empleo digno o cita en el médico y le ofrecen ser la primera a la hora de acceder, es inútil decirle que sea ejemplar y no piense egoístamente ni sea racista.

Cuesta decirlo, pero la izquierda que responde con argumentos morales aun problema material está situando a la extrema derecha en el terreno del sentido común. Deja a Vox el papel de padre o madre de familia que organiza el reparto de lo escaso y se arroga para sí el de controladora legal y moral de la solución que adopte.

El discurso moralizante en el que la izquierda lleva décadas instalada es más fácil y da un aura de superioridad ética indiscutible, pero políticamente es letal y lleva, como he dicho, a una posición secundaria.

A veces, la respuesta moral incluso refuerza el discurso de la extrema derecha. Por ejemplo, cuando se quiere insistir en que los inmigrantes tienen derecho porque "también aportan", "nos proporcionan ingreso", "están empleados en donde los nacionales no queremos trabajar" o "gastan menos que nosotros en servicios públicos". Es el propio discurso "progresista" el que así pone en cuestión su aspiración universalista e igualitaria, al practicar una especie de “contabilidad identitaria” que convierte los derechos en el resultado de un balance entre costes y beneficios, entre lo que se “aporta” y lo que se “cuesta”.

No se debería discutir quién accede antes a lo escaso, sino por qué lo escaso sigue siéndolo en sociedades cada vez más ricas. Algo que no es un fenómeno natural ni inevitable. La escasez de vivienda, de plazas sanitarias o de empleos dignos es el resultado deliberado de décadas de decisiones políticas concretas. De presión fiscal insuficiente sobre las rentas más altas y el capital; de infrafinanciación de los servicios públicos para que, al funcionar cada día peor, los privados parezcan inevitables y salvadores; de transferencias masivas de riqueza hacia arriba, consentidas o promovidas por los mismos que hoy proponen racionar lo que queda.

Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos, y eso no es una desgracia colectiva que nos obligue a poner a unas personas por delante de otras, como propone la derecha, sino una elección de clase. La izquierda debería decirlo con esa claridad.

A la propuesta trampa de Vox no se puede responder con argumentos morales superiores, sino desplazando el foco. No se trata de decir a la gente "todos tenemos los mismos derechos para acceder a lo que escasea", sino "nos han arrebatado lo que nos pertenece y delante de ti están los responsables". La izquierda no se debe arrogar el papel de árbitro entre las víctimas que compiten por las migajas, sino el de mostrar, denunciar y combatir a quienes acumulan todo.

Aceptar que el problema es repartir lo escaso, lo insuficiente, obliga a seguir jugando en el campo de la derecha. El terreno que libera es otro: el que explica por qué se produce artificialmente la escasez, el que muestra los intereses de quienes la generan y la sostienen, y el que señala los instrumentos políticos y fiscales que han de utilizarse para revertirla. No es un problema de origen moral (aunque también tenga esa connotación), sino de sistema económico, esos son los argumentos que la derecha no puede rebatir, y ahí es, precisamente, donde la izquierda lleva demasiado tiempo sin aparecer.

 

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2 comentarios

Copitodenieve 9 de mayo de 2026 at 11:47

Muy buen artículo centrando cual es el problema del reparto de la riqueza y que siempre es el mismo: no hay para todos, pero bajamos los impuestos y dejamos que el «mercadeo» llene los bolsillos de los de siempre.

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Luis Molina 9 de mayo de 2026 at 12:06

Muy acertada reflexión. En un sistema extremadamente desigual sólo la unión puede hacer la fuerza. Quienes votan a la derecha extrema y a la extrema derecha son tan víctimas o más que los demás. Divide y vencerás es la estrategia principal de la exigua élite que gobierna el mundo. No se debe picar ese anzuelo.

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