La piedra en el zapato de la estrategia europea para el empleo

La piedra en el zapato de la estrategia europea para el empleo

Publicado en Temas para el Debate, nº 123, febrero de 2005

 

La fragilidad del empleo y los altos niveles de paro, especialmente en algunos colectivos sociales y en determinadas regiones europeas, siguen siendo un fardo muy pesado con el que tiene que caminar el proceso de integración europea.
Aunque a partir de 1998 se había comenzado a manifestar una mejoría notable en algunos indicadores y países, a partir de 2003 volvieron a registrarse datos negativos que manifestaron de nuevo que el problema del trabajo está muy lejos de estar en vías de resolverse definitivamente en Europa.
Ahora que se discute el nuevo tratado no convendría olvidar este asunto pues de él depende en definitiva el bienestar de muchos millones de personas que no tiene otra vía de ingreso y de socialización distinta al trabajo.
En los últimos dos o tres años se han vuelto a deteriorar algunos aspectos esenciales. Se vuelve a perder calidad en la contratación y en las condiciones de trabajo, lo que implica generar un ejército de trabajadores precarios que ni encuentran acomodo profesional adecuado, ni satisfacción personal ni pueden contribuir como sería conveniente a dinamizar la demanda final de bienes y servicios. La contratación temporal y los bajos salarios, lejos de ser una forma activa de lograr más empleo o mejores condiciones globales de empleabilidad  terminan por generar frustración laboral, pérdida de competitividad y menor empuje económico.
Semejante evolución se está detectando en el empleo juvenil y en el de las personas de mayor edad. En ambos casos, parece que se ha vuelto a quebrar la relativa mejora que se había producido años antes, lo que significa que en realidad no se habían superado los bloqueos estructurales que llevan a que el desempleo y la precariedad sean especialmente graves en estos colectivos.
También persisten las grandes disparidades territoriales en los niveles y condiciones de empleo. Si se tiene en cuenta el enorme esfuerzo que suponen los fondos y ayudas comunitarias no cabe más remedio que pensar que hay otros factores aún más potentes que actúan en sentido contrario y que no están siendo controlados con semejante cuidado.
Sin que aún se conozcan los datos definitivos a 2004, lo más probable es que se haya reproducido o aún empeorado la evolución negativa de 2003, cuando casi la mitad de los países de la Unión registró tasas negativas de crecimiento en el empleo.
Todo esto contrasta con el objetivo tan ambicioso que se había fijado años atrás en la cumbre de Lisboa, cuando se estableció que Europa debía convertirse en la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo y cuando se fijaron metas de empleo que entonces a nadie parecieron descabelladas.
Hoy día nos hemos vuelto a situar lejos del 70% de población ocupada total y del 60% en el caso de las mujeres, por ejemplo. Al paso que vamos, sería mucho más que milagroso llegar a 2010 habiendo alcanzado los objetivos fijados. Incluso con los cambios reiterados en el cómputo estadístico del empleo y del paro (que hasta ahora han resultado ser la única forma completa y definitivamente eficaz para mostrar datos favorables) será prácticamente imposible lograrlo.
Esta evolución del empleo y el paro en Europa contrasta con los esfuerzos tan importantes que se vienen realizando en relación  con las relaciones laborales.
Se han destinado recursos millonarios, se han elaborado estrategias y planes de empleo que todos los países tratan de aplicar con diligencia y se ha comprometido a multitud de instituciones en el desarrollo de políticas activas que no terminan de dar el resultado final que cabía esperar.
Estas estrategias se han basado casi exclusivamente en la mejora de las condiciones de oferta y demanda de mercado que puedan permitir una mejor y más rápida inserción laboral, en el aumento de la formación y la cualificación de los trabajadores y, en definitiva, en la mejora de las capacidades de adaptación entre empresas y trabajadores.
Además, se han adoptado medidas de cara a modificar la fiscalidad del trabajo, pensando que su alivio puede contribuir a crear mejores condiciones de empleo, y muchas destinadas a facilitar la contratación colectiva, además, de perseguir siempre un abaratamiento de los subsidios o las indemnizaciones, también en la creencia de que estos factores resultan determinantes de la contratación.
Todas estas políticas activas han tenido sin duda efecto positivo pero a la vista está que no han sido capaces de resolver definitivamente el problema del empleo en Europa.
Lo que en mi opinión está ocurriendo es que la Unión Europea está volcando todo su esfuerzo en uno solo de los polos que influyen sobre el problema del trabajo y el empleo en las economías modernas.
Ha aplicado con disciplina y bastante eficacia políticas microeconómicas encaminadas a mejorar las condiciones de mercado en que se desenvuelven empresas y trabajadores de todo tipo. Estas políticas han disminuido los costes de transacción y han facilitado en gran medida la inserción laboral pero son insuficientes.
De hecho, la evidencia empírica sigue mostrando cansinamente que todas estas condiciones microeconómicas son fundamentales pero no definitivas ni suficientes.
Incluso en la comparación tantas veces puesta sobre el tapete entre Estados Unidos y Europa se puede comprobar que, en realidad, las diferencias no vienen, como se empeñan en hacernos creer quienes no tienen otro pensamiento que abaratar el salario, de la mayor o menor flexibilidad de los mercados. Radica, por el contrario, en la desigual potencia y estructura de la demanda final de las economías.
El mercado laboral de Estados Unidos dista mucho de ser ejemplar pero lo cierto es que sus mejores registros relativos respecto a Europa se explican más bien por el mucho mayor y más potente desarrollo del sector terciario en Estados Unidos, que ha permitido generar más empleo femenino, en personas de edad avanzada y entre los jóvenes. Otra cosa es, como acabo de señalar, que ese tipo de empleo se pueda considerar plenamente satisfactorio y de calidad.
Ni la flexibilidad entendida como forma de abaratar los salarios ni la directa reducción de estos ha sido en Estados Unidos fuente de mayor empleo.
Lo que sucede es que por muy bien que llegara a funcionar el mercado de trabajo y por muy atractivos que fueran los salarios, no se garantizaría, sólo con eso, la obtención de buenos resultados de empleo.
Para crear puestos de trabajo, para que estos estén retribuidos decentemente y para que la creación de empleo se produzca de forma equilibrada en los territorios es necesario crear condiciones adecuadas no sólo a nivel microeconómico, de intercambio en los mercados, sino también a escala macroeconómica.
La Unión Europea puede estar resolviendo adecuadamente las estrategias microscópicas de empleo pero carece de un proyecto macroeconómico capaz de generar los impulsos suficientes para crear empleo suficiente y de calidad en todos sus territorios.
En el plano macroeconómico Europa presenta, al menos, tres grandes limitaciones a la hora de generar empleo.
En primer lugar, el empecinado mantenimiento de las políticas de estabilidad. Como ya se ha podido comprobar están concebidas y son aplicadas con un grado de encorsetamiento muy perjudicial para la dinamización económica y para el fomento del equilibrio interterritorial porque. Se trata de una herencia de la etapa en la que se utilizó la política deflacionista para disciplinar al trabajo y favorecer la retribución de los capitales. Pero esta estrategia hoy día sólo favorece al capital con capacidad para deslocalizarse (como paradigmáticamente está demostrando día a día Estados Unidos) y por ello es claramente contraproducente y, por supuesto, contraria a los intereses de las mayorías sociales.
En segundo lugar, la renuncia a realizar políticas monetarias favorecedoras del empleo. El Banco Central Europeo es el enemigo número uno de la estrategi
a europea para el empleo porque es imposible crear condiciones macroeconómicas favorables para ella sin la contribución de la política monetaria. El haber impuesto que el BCE actúe sin tener presente las condiciones del empleo seguramente constituye una de las trabas más grandes con las que va a encontrarse Europa a la hora de forjar una unión en bienestar y estabilidad económica y social. Lo pagaremos caro.
Finalmente, estamos comprobando en los últimos tiempos que Europa carece realmente de un proyecto macroeconómico propio.
La evidencia es ya total: la estabilidad presupuestaria y la independencia del banco central son principios insuficientes para garantizar el gobierno de la macroeconómica. Y lo que parece que está ocurriendo es que se piensa que sin gobernar los grandes agregados económicos de forma armónica se pueden conseguir resultados satisfactorios.
La prueba más palpable de esto último son las diferencias que se han manifestado entre los diferentes gobiernos acerca de la evolución de euro. ¿Acaso su apreciación continuada no tiene efectos sobre las condiciones de empleo? ¿y quién ha definido o admitido esa evolución?, ¿es eso lo que más conviene para crear puestos de trabajo? El silencio y las contradicciones son las únicas respuestas.
En definitiva, podría aceptarse que las políticas de empleo europeas son eficaces y adecuadas pero no puede aventarse sino más frustración en el futuro si se sigue renunciando a gobernar la economía con criterios que favorezcan el crecimiento de la actividad y la creación de puestos de trabajo.

Tags:
Sin comentarios

Publicar un comentario