Las derechas y las izquierdas de los partidos y nosotros

Las derechas y las izquierdas de los partidos y nosotros

 Se supone que ahora que entramos en periodo electoral deberíamos percibir más nítidamente que nunca dos cosas fundamentales. Una, la coherencia de los partidos consigo mismos para que los ciudadanos pudiéramos discernir mucho más fácilmente lo que proponen. Y otra, las diferencia entre izquierdas y derechas. Pero me temo que no es así.
 Los partidos se empeñan en ser cada vez más incoherentes y en desdibujar sus perfiles, en mi opinión, como si quieran disimular lo que verdaderamente son y lo que piensan realmente sus líderes.
 A veces, eso ocurre en forma de esperpento, otras, de modo mucho más patético.
 ¿Qué decir cuando la derecha clerical que se manifiesta en las calles de la mano de los obispos y curas de la extrema derecha acusa a las izquierdas de inquisidoras? Los que se niegan a condenar institucionalmente (¡imagínense en privado) a la dictadura franquista acusan de inquisidores a los que el ejercicio más constante que hemos hecho en nuestras vidas ha sido correr delante de los grises que mandaban algunos de ellos que  están todavía en la política activa. ¿No tiene gracia que sea la derecha clerical la que ahora recurra el icono de la Inquisición para criticar a la izquierda? Y, sobre todo, ¿no es tremendo que con la que arman cada vez que se descubre que algún político de izquierda ha cometido un desliz sean, por el contrario, tan permisivos cuando son los suyos, como está pasando ahora, los chorizos que aceptan regalos, montan tramas corruptas o financian a su partido con dinero público?
 Las derechas que amparan a un ex ministro que tuvo la cobardía de escurrir el bulto cuando murieron más de sesenta militares en un accidente aéreo y que deja que sus subordinados paguen con cárcel las consecuencias de la mala gestión de los hechos, piden la dimisión de la ministra de defensa porque se autorizó que los niños de una escuela visitaran un cuartel donde había enfermos de gripe porcina. ¿Cómo calificar esa doble vara?
 Pero no son solo las derechas las que se mutan de esa manera, o las que disimulan sin vergüenza sus interioridades. ¿Qué decir de los socialistas que se ponen de acuerdo de tapadillo con la derecha para acabar con la jurisdicción universal de nuestros jueces en materas tan horrendas como Guantánamo, los crímenes de Gaza o el pisoteo de los derechos humanos en China?
 ¿Y qué pensar de los socialistos que con tal de ganar un voto más por su derecha reniegan de lo que han pensado siempre y de lo que la gente de izquierdas ha entendido y creo que sigue entendiendo que es su auténtico ideario? Miren, si no, lo que dice el que fue ministro socialista y actual alcalde de Las Palmas por el PSOE: «Lo que pasa es que hay que salir ya del tópico de que lo público es mejor que lo privado». ¿No es eso lo mismo que dice la presidente de la Comunidad de Madrid que va a dar la explotación de los hospitales a las empresas que los construyan?
 Por no hablar del secretario general del PSOE, Rodríguez Zapatero, que ha impuesto que sus correligionarios voten al candidato derechista como presidente de la Unión Europea, que sigue insistiendo en que bajar impuestos es progresista o que pacta a través de la derecha catalana la propuesta de reforma laboral de la patronal horas después de haber prometido en un mitin que no aceptaría reforma alguna, aunque renuncia cuando los sindicatos lo amenazan.
 ¿Y qué opinar de Izquierda Unida que imparte lecciones de izquierdismo proclamándose el paladín de la defensa de la igualdad y que en Andalucía tiene un grupo parlamentario sin una sola mujer, contraviniendo sus propias normas internas, sus acuerdos y, por supuesto, la práctica de la más elemental coherencia en materia de igualdad y de política progresista? O, lo que quizá sea peor, que calificándose como «unida» ha hecho de la división una constante, de la purga y la expulsión una norma y del enfrentamiento su único lenguaje interno.
 Los partidos son cada vez más aparatos concebidos para dar réditos electorales y en donde lo fundamental no es diseñar y poner en marcha un proyecto social sino conseguir llegar a los gobiernos para instalar allí a sus dirigentes que actúan luego según les parezca o dejándose llevar por los poderosos que, fuera de la política, les marcan las agendas y les dictan las decisiones que tienen que tomar.
 Los ciudadanos podemos asistir pasivos a esto o podemos hacernos sentir y tratar de sabotear todo eso. Podemos escribir a los partidos, hablarle a los dirigentes a los alcaldes, votar con más inteligencia de como lo hacemos, podemos asociarnos, podemos formar grupos, podemos salir a la calle y decir que no queremos nada de esto, que el mundo al que aspiramos es otro. Ya sé que esto es difícil y que aparentemente no da mucho resultados. Pero sí los da. Los ha dado, aunque haya sido a trancas y barrancas. La prueba es que ya no vivimos en las cavernas.  

 

Tags:
Sin comentarios

Publicar un comentario