Los vaivenes de la Bolsa

Los vaivenes de la Bolsa

Las Bolsas de las principales plazas económicas del mundo están sujetas permanentemente a tensiones y fluctuaciones que llaman poderosamente la atención de los ciudadanos y sobre las cuales no siempre es fácil encontrar explicaciones transparentes y fidedignas por parte de los analistas económicos. Lo cual resulta algo sorprendente si se tiene en cuenta no sólo el volumen de recursos financieros que mueven sino la propia importancia que se les suele conceder como expresión de la salud buena o mala de las diferentes economías. 

Puesto que tales tensiones parece que se están fortaleciendo en los momentos actuales no estará de más prestarle algo de atención a esta institución tan paradigmática como desconocida en las economías capitalistas.

 

El origen de las Bolsas no fue otro que el de proporcionar recursos financieros a las empresas o al propio Estado a través de un mercado, en principio muy transparente y competitivo, donde los oferentes y demandantes de capital suministran más o menos recursos en virtud de la situación económica de quienes ofertan títulos, de su rentabilidad o de las expectativas de alcanzarla que sean capaces de ofrecer a los inversores.

 

Con esta naturaleza, era siempre normal que las Bolsas, los precios que allí se fijaban, fuesen altamente inestables, pues inestable era el ciclo de los negocios, tanto en su dimensión microeconómica como en la de toda la economía en su conjunto. La evolución de las Bolsas era algo así como una imagen vicaria de la evolución de los negocios o, como diríamos en palabras más modernas, de la «economía real» a donde se destinaban principalmente los recursos financieros que se movilizaban a través de las Bolsas.

 

Puesto que la evolución a medio y largo plazo de los negocios y de los ciclos es así mismo errática, incierta, sometida siempre a conflictos de expectativas cuya consistencia es muy difícil de establecer, resultaba que la marcha de las Bolsas fue siempre volátil, cambiante, insegura y de tendencias muy difíciles de prever. Aunque, precisamente, esa gran volatilidad tenía la ventaja de proporcionar buenas oportunidades de beneficio a quienes tuviesen la fortuna de acertar en la dirección de los cambios de las cotizaciones.

 

Pero, en general, puede decirse que la estabilidad de las Bolsas dependía, siquiera a grandes rasgos, de una serie de parámetros vinculados principalmente con la actividad productiva: la tasa de beneficio de las empresas, el volumen de empleo, el crecimiento de la inversión y del comercio, etc.

 

La hipertrofia financiera

 

En los últimos decenios, sin embargo, se han producido algunos cambios que han modificado la naturaleza y el papel de las Bolsas en las economías.

 

La novedad principal ha sido un proceso de hipertrofia financiera generalizada, en virtud del cual el montante de activos financieros (medios de pago de todo tipo) se ha desvinculado de las necesidades efectivas de pagos que requiere la actividad económica real. Puede decirse que el flujo financiero se ha desentendido del flujo real, hasta el punto de convertirse en una especie de lugar autónomo, con una lógica y con una dinámica de rentabilización y asignación propias y ajenas a las del comercio de mercancías.

 

Eso ha traído tres consecuencias principales. En primer lugar, que la estabilidad o inestabilidad de los mercados donde se mueven estos recursos haya aumentado extraordinariamente porque la volatilidad de los instrumentos financieros es mucho mayor, ya que no se someten al ciclo más largo de la actividad comercial. Cuando se invierte en una plantación de café habrá que esperar a que la producción se recolecte y venda; cuando se invierte en puro papel la velocidad de los intercambios es ya de otro mundo. Y mucho más, como ha ocurrido, si las nuevas telecomunicaciones permiten mover estos activos financieros instantáneamente a través del planeta.

 

En segundo lugar, la hipertrofia de los recursos financieros requería una regulación monetaria adecuada que facilitase su rentabilización. Y esa regulación no fue otra que la política monetaria restrictiva que garantizaba tipos de interés elevados, es decir, precios altos de esos activos. No es preciso ser un lince de las finanzas para darse cuenta de que lo que más conviene a los propietarios de recursos financieros es que los tipos sean los más elevados posibles. Gracias a esta política monetaria, que se empezó a aplicar justo al inicio de los años ochenta, se logró conseguir, además de grandes ganancias para los capitales financieros en una época de reestructuración productiva, otro objetivo esencial en aquel momento de conflictos distributivos y de crisis generalizada: la deflación económica. Esta consistía sencillamente en frenar el ritmo de la actividad económica para conseguir finalmente el control salarial y nuevas condiciones más flexibles en el mercado de trabajo que permitieran llevar a cabo la reestructuración productiva que acompañó a la implantación de las nuevas tecnologías de la información.

 

En tercer lugar, estos fenómenos se han producido en un contexto de progresiva liberalización de los movimientos de capitales, de manera que éstos encuentran oportunidades de rentabilización en cualquier lugar del mundo, prácticamente sin excepción, lo que implica que desaparecen las barreras nacionales y las posibilidades de que cada Estado establezca medidas autónomas que conformen espacios financieros diferenciados. La consecuencia es que la tasa de beneficio que maximiza la rentabilidad del capital se establece a nivel mundial: desaparecen las alternativas marginales, menos provechosas, y la inestabilidad en las Bolsas se agrava como resultado de la hipermovilidad de los capitales.

 

El «boom» de las Bolsas en los 90

 

Sin embargo, a mediados de los años noventa la situación había empezado a cambiar en las economías capitalistas. La deflación ya había conseguido su doble objetivo: reducir el salario y modificar la naturaleza del empleo para liberar a las empresas de la losa del trabajo fijo y mejor remunerado de la época tecnológica anterior. Y, además, se habían consolidado ya a grandes rasgos los nuevos espacios productivos gracias también a la relocalización y a la reconversión de los sectores tradicionales.

 

En estas nuevas condiciones, cuando ya se podía dinamizar de nuevo una inversión de capitales que volvía a ser rentable y cuando los nuevos sectores productivos empezaban a funcionar, la deflación (que a la postre significa siempre limitar el consumo y frenar la actividad) podía convertirse en un arma contra la propia rentabilidad de los capitales. De ahí que las políticas monetarias basadas en tipos de interés elevados fuesen dando lugar a una gestión de los tipos más suave y relajada.

 

Era la forma de darle alas a las empresas y al capital en su conjunto, aunque provocaban un problema de rentabilización de los fondos financieros que, ante una retribución vía tipos de interés más baja, hubieron de encontrar en las Bolsas (la llamada renta variable), en los mercados de divisas (especulando contra las monedas) o en otros mercados más estrechos y especializados, nuevas fuentes de ganancia.

 

Así fue que las Bolsas de todo el mundo vivieron una época de gran actividad y rentabilidad en los últimos tiempos, gracias al aluvión de ahorro que se volcó sobre ellas y gracias a que las nuevas condiciones productivas y salariales habían devuelto altos niveles de rentabilidad a las empresas. Además, las medidas fiscales que las políticas neoliberales iban generalizado para proteger a las plusvalías y el hecho de que en la inversión en Bolsa siempre se defiende mejor el gran inversor que el pequeño ahorrador han provocado en los últimos años una ingente redistribución de riqueza que ha fortalecido aún más el poder de los grandes capitales financieros.

 

Así, el proceso se autoalimenta ininterrumpidamente.

 Pese a todo, los propietarios de estos últimos se enfrentan inevitablemente al inconveniente que supone obtener rentabilidad a través de un mecanismo especulativo de por sí arriesgado, como es la inversión en valores cuya renta es variable, y que, además, tiene unas relaciones muy singulares con la economía en su conjunto. De aquí provienen las tensiones que hoy día afectan al mundo financiero. 

La insalvable contradicción

 

Como he señalado, la reestructuración productiva que ha venido de la mano de las políticas neoliberales ha permitido que las empresas recobren su tasa de beneficio, alcanzando por ejemplo en España tasas superiores al 20 por cien anual. Gracias a ello, la inversión en Bolsa tiende a ser rentable (en España hay otros problemas específicos que no puedo tratar aquí derivados del escaso nivel de contratación, del protagonismo excesivo pero llamado a generar problemas de rentabilidad de la banca, las eléctricas y Telefónica y del hecho de que con el euro España ya no pueda ofrecer la prima que supone condiciones monetarias y financieras más favorables que las que se ofrecen en otras Bolsas europeas). Pero, al mismo tiempo y aunque parezca sorprendente, más beneficios empresariales pueden traer nuevos problemas financieros.

 

Paradójicamente, cuando las empresas son más rentables tienden a fortalecer su posición en el mercado, logrando mayor capacidad de trasladar sus costes a los precios. Los mercados se hacen así más imperfectos y se deteriora la competencia. Además, se suele producir una mejora en los niveles de empleo que puede provocar alzas en los niveles salariales y la economía tiende a «recalentarse» para procurar más demanda a las empresas y como consecuencia del empuje de la fase más expansiva. Eso genera tensiones inflacionistas que no pueden llevar sino a medidas más restrictivas como la subida de los tipos de interés que constituyen un desincentivo para la inversión en valores de renta variable en Bolsa en beneficio de la destinada a valores de renta fija. Esa es la explicación de la paradoja tan sorprendente que ocurre cuando se anuncian buenos resultados en el empleo y cae la Bolsa: los inversores auguran aumentos en la inflación y de rebote alzas en los tipos y eso hace menos rentable su inversión en valores variables.

 

Lo que ocurre sencillamente es que los fondos financieros se debaten en una contradicción irresoluble en las economías capitalistas. Buscando como hacen siempre su máxima rentabilidad tienen que encontrar las mejores oportunidades, que dependen o bien de tipos de interés altos (solución rentista) o de altos beneficios de las empresas (solución intrínsecamente capitalista). Pero si los tipos son altos, las empresas tendrán más dificultades; y si éstas dan buenos beneficios, se provocan conflictos distributivos que obligarán a establecer tipos más altos. De ahí la tensión permanente: el capitalismo no puede funcionar sin producir pero le es más rentable convertirse en parásito o rentista. Y ambas cosas terminan por ser difícilmente compatibles.

 La situación financiera actual y en particular la de las Bolsas de todo el mundo responde a este conflicto: los propietarios de grandes recursos financieros desean el continuo control de los precios para que no se deprecien sus activos pero eso empeora la situación de las empresas. Por ello, lo previsible es que las autoridades monetarias tiendan a salvaguardar privilegiadamente a los capitales financieros proporcionándoles esa especie de colchón que es el control de la inflación mediante tipos de interés más elevados. Y por eso cabe esperar que subirán lentamente en el futuro más inmediato. El problema es que no sólo se resentirá la Bolsa, que al fin y al cabo no es sino un espejo, sino, sobre todo, la actividad productiva. Los paganos, entonces, serán una vez más los salarios, el empleo, los empresarios que no tienen la posibilidad de jugar con la inversión financiera para compensar el deterioro que se producirá en la demanda y, en general, los espacios económicos más débiles que en el actual escenario financiero globalizado no puedan ir al paso de las ventajas que ofrecen los países más poderosos. No hay que decir quiénes serán los beneficiarios. En cuestiones de dinero, la banca y las multinacionales siempre ganan.

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