Machismo soterrado, pero machismo al fin y al cabo

Machismo soterrado, pero machismo al fin y al cabo

 Leo en un artículo de un conocido periodista de izquierdas español un comentario bastante razonable sobre el daño del lenguaje sexista pero también sobre el fundamentalismo sin mucho sentido que tienen ciertas reivindicaciones de algunos grupos de mujeres feministas. Dice este periodista: “Son razonables al denunciar el sexismo machista que se produce cuando se comenta de un hombre que es un zorro y de una mujer que es una zorra o en los significados contrapuestos que tiene decir de algo que es cojonudo o que es un coñazo. Son irracionales, en cambio, cuando se proponen que la gente diga “miembra” para referirse a una persona integrante de un colectivo que sea hembra y no varón, o que cambie líder por “lideresa” cuando quien ejerza el liderazgo sea una mujer”.
 Lleva razón pero, desgraciadamente, al final de su artículo se le desliza una garrafal metedura de pata que delata hasta qué punto los valores machistas y las pautas de comportamiento que discriminan y sitúan a las mujeres en una situación de segungo plano en la sociedad están arraigadas incluso entre personas que combaten habitualmente la desigualdad y la discriminación.
 Me refiero a la demanda que hace el periodista de iniciativas para “la conciliación de trabajo y maternidad”.
 Es un desliz desgraciado y significativo porque implíctamente da por hecho que determinados ámbitos de la vida personal son cosa exclusiva “de las mujeres”. Lo que hay que conciliar con el trabajo no es la maternidad sino la vida personal y el conjunto de las tareas propias de la vida familiar como un todo (que es algo que atañe a las mujeres y a los hombres).
 Seguimos sin enterarnos y creyendo que todo lo relativo a los problemas de género son «cosas de señoras» cuando en realidad son los que habría que solucionar en primer lugar si de verdad quisiéramos avanzar hacia la igualdad y la justicia. 

 

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