Movimientos (demasiado libres) de capital

Movimientos (demasiado libres) de capital

Se empieza a abrir paso en la discusión pública un tema hasta ahora demonizado: la imposición sobre los movimientos internacionales de capital. Los dirigentes más «respetados» de la izquierda habían soslayado siempre pronunciarse sobre este asunto para no herir la sensibilidad de los núcleos de opinión más poderosos y ahora podría ocurrir, como en tantas otras ocasiones, que sean estos propios poderes quienes propongan adoptar las medidas que la izquierda no se atrevió a plantear. 

Sobre la realidad económica actual de los movimientos internacionales de capital se pueden establecer algunas ideas que me atrevo a calificar de absolutamenente incontrovertibles.

 

En primer lugar, su extraordinaria magnitud pues se calcula que hoy día circulan entre 1,2 y 1,5 billones de dólares al día en operaciones puramente de «papel contra papel», es decir, de movimientos de capital que no implican sino transferencias financieras que no buscan sino la rentabilidad que procede de la diferencia de precios o de cotizaciones, nunca la que tiene que ver con la inversión productiva.

 

En segundo lugar que ese carácter puramente especulativo es la causa directa de la inestabilidad permanente en la que se encuentra el sistema financiero internacional. Las llamadas a la estabilidad no son sino puras fanfarrias pues dichos capitales obtienen ganancias justamente porque hay inestabilidad. Si no la hubiera, no habría posibilidad de obtener los diferenciales de donde procede la rentabilidad tan alta que obtienen.

 

En tercer lugar que la existencia de semejante volumen de fondos destinados a la especulación significa que no están destinados a generar riqueza o actividad productiva. Tan sólo conforman lo que el Premio Nobel de Economía M. Allais ha denominado «un gran casino» y eso significa un coste de oportunidad tremendo cuando hay tantas necesidades insatisfechas en nuestro planeta.

 

En cuarto lugar, puede decirse que esos capitales, que hoy día gozan de plena libertad de movimientos, no aportan nada a la vida económica mundial. Si descontamos la extraordinaria y rápida ganancia que proporcionan a algunos de sus millonarios propietarios, puede decirse que nadie más se beneficia de ellos, entre otras cosas porque los propios movimientos y las rentas que generan están prácticamente exentos por completo de cualquier tipo de gravamen. Desde el punto de vista social y puramente productivo estos movimientos no son sino una componente inútil del sistema económico en el que vivimos.

 

En quinto lugar y, a pesar de todo ello, es evidente que esos capitales que se mueven libremente y en tan gran magnitud a través de todos los países condicionan radicalmente a la política económica que pueden llevar a cabo los diferentes gobiernos. El problema de estos capitales internacionales no es sólo que no hacen nada por la actividad productiva. Lo malo, además, es que no dejan hacer. Los gobiernos no pueden jugar, por ejemplo, con los tipos de interés o con las políticas fiscales porque darían lugar a desplazamientos especulativos orientados a aprovechar instantáneamente los diferenciales que se pudieran ocasionar cuando se quiere impulsar una determinada estrategia nacional de desarrollo productivo. Buscando tan sólo la ganancia rápida y puesto que no comportan retraso alguno pues no llevan consigo operaciones económicas reales, se desplazan a velocidad de vértigo e impiden que las señales macroeconómicas orientadas a incentivar la creación de riqueza, siempre necesitadas de tiempo, sean efectivas. Por eso se dice ahora que no hay opciones de política económica: se quiere decir que no hay lugar a otra política que no sea la de dejar en libertad a estos capitales. Su desgobierno es el verdadero gobierno económico del mundo.

 

Por último, es obvio que una situación de esta naturaleza implica una merma sustancial de la soberanía, de la independencia y de la democracia. Los pueblos no pueden elegir, pues cualquier opción de política económica que suponga limitar la ganancia de los dueños de estos capitales se condena y se combate. Aunque a veces sea con argumentos tan estúpidos como el de Carlos Solchaga cuando dice en su libro El final de la edad dorada (p.362) que son los ciudadanos quienes no apoyarían a partidos políticos que llevaran en su programa propuestas de control de estos movimientos.

 

Se puede hacer algo frente a estos capitales que originan las crisis financieras, que drenan recursos a la actividad productiva y que tan sólo satisfacen al insaciable ánimo de lucro de los más
ricos del planeta?

 

Hace muchos años que el Premio Nobel de Economía J. Tobin propuso que se estableciera un impuesto minúsculo sobre las operaciones de carácter especulativo a nivel internacional con el fin de desincentivarlas, lograr que los gobiernos recaudaran una parte de ellos y procurar que encontraran mejores condiciones de rentabilidad en la actividad productiva. No se trataba de una propuesta revolucionaria por cuanto significase el expolio de los ricos. Tan sólo era una medida de sentido común: procurar que los recursos se destinaran al comercio real y no a engrosar el flujo especulativo.

 

La propuesta, como era de esperar en una época de hipertrofia financiera y de ganancias espectaculares de los grandes propietarios, no ha merecido sino el descrédito y la descalificación, la mayoría de las veces, argumentando que se trataba de algo técnicamente imposible de aplicar, tal y como afirma, entre otros, el actual gobernador del Banco de España.

 

Lo curioso, sin embargo, es que la propuesta no cae en el olvido. Es más, son cada vez más quienes reconocen el carácter absolutamente perverso de estos movimientos, su dinámica descontrolada y los efectos tan negativos que ello provoca. Incluso algunos países, como Malasia y Chile, han aplicado controles de diverso tipo (también la propia España en situaciones más excepcionales) sin que ello haya ocasionado efectos peores de los que ha permitido eludir.

 

Si se me pidiera jugar a adivino, me atrevería a vaticinar que en los próximos años veremos cómo los propios organismos internacionales y los tecnócratas que han denostado las propuestas de control serán quienes propongan restricciones de cualquier tipo para paliar las dentelladas que la especulación financiera internacional seguirá provocando a zonas más o menos amplias del planeta. Ellos mismos tensarán las bridas a su animal desbocado.

 

La izquierda, por su lado, debería dejar de ser torpe y timorata. Hay que poner de relieve que estos movimientos sin control originan las crisis y retroalimentan la inestabilidad financiera mundial. Es ineludible proponer la necesidad de medidas internacionales para desincentivarlos y para lograr que se reconduzcan a la actividad productiva, aunque sea a través de medidas tan tímidas y reformistas como la Tasa Tobin.

 Pero la izquierda no se puede quedar ahí. Un proyecto de transformación social que se proponga algo más que apuntalar el orden establecido debe optar por una respuesta económica que responda a una ética diferente: es moralmente inaceptable que en un planeta donde las tres quintas partes de la población padece necesidades evitables se permita a los multimillonarios que dilapiden sus recursos en el casino de las finanzas. No es justo que la libertad sólo se mida por el derecho a especular y a ganar dinero. La libertad debe ser la que permita vivir dignamente y para ello es obligado que los recursos financieros se destinen a crear riqueza en lugar de a multiplicar la ganancia. Cuando sabemos que doscientos y pico multimillonarios tienen ingresos equivalentes a los que tiene la mitad de la Humanidad no hay otra posible opción moral: no basta con controlar ligeramente al capital financiero internacional. Hay que someterlo al dictado de la razón productiva y de la justicia. No deberíamos olvidar un principio expresado bellamente por Eduardo Galeano: al dinero le pasa lo contrario que al hombre, cuanto más libre peor.

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1 Comentario
  • Fernando
    Publicado a las 11:57h, 17 septiembre

    Buenos tardes Juan:

    Me gustaría que me echase una mano para una cosita. He consultado este artículo («Movimientos (demasiado libres) de capital») y tengo que citarlo en la bibliografía de un trabajo que estoy haciendo. Tan sólo necesito saber la fecha de publicación en el blog, ya que no aparece por ningún lado.

    Un cordial saludo y gracias por mantener al día este magnífico blog.

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