Ignacio Trillo es un viejo amigo, economista ahora jubilado con gran experiencia en gestión de empresas y asuntos públicos. Es experto en tantas cosas que se me pasaría con toda seguridad alguno de los temas y ámbitos en los que ha trabajado y de los que tanto sabe, si tratara de resumirlos en estas líneas. Ha sido durante toda su vida una persona de acción, comprometida y militante. Siempre presente allí donde ha sabido que se daba una batalla por la justicia, Nacho es buena persona, incómoda seguramente para quienes gustan del mundo plano, conservador y acomodaticio, y que nunca tuvo miedo a decir lo que piensa, guste o no a quien lo escuche.
Pero, sobre todo, Nacho -como creo que lo llamamos todos sus amigos- es un archivo ambulante, una especie de biblioteca humana, nuestro disco duro, el custodio celoso de mil historias que los demás hemos olvidado o no recordamos con concreción, una memoria RAM de su época. De una época que no es poca cosa, la del último franquismo represor y sanguinario hasta el último momento, la de la Transición y la conformación contemporánea de los partidos políticos democráticos, en los que no fue afiliado pasivo, sino motor y dirigente.
Sé que puede sonar a exagerado decirlo así, pero la impresión que yo tengo es que Nacho lo sabe todo de aquellos años, de nuestras experiencias antifranquistas en Málaga, de los últimos años en la clandestinidad del PCE o de los primeros en la democracia del PSOE. Ha conocido directamente a muchos de sus dirigentes, viajó por medio mundo y ha sido protagonista directo de muchos momentos que los demás hemos conocido, si acaso, por los libros. Y lo bueno es que Nacho se acuerda de todo ello con una precisión milimétrica que no se puede poner en duda porque guarda fotos, documentos e imagino que multitud de anotaciones que, sumados a su prodigiosa memoria, le permiten demostrar en cualquier circunstancia el realismo de lo que cuenta.
Por eso no ha podido extrañar a quienes lo conocemos que venga dedicando sus últimos años a recuperar y revivir la memoria a punto de perderse de docenas de personas que vivieron la II República, la guerra civil y la represión franquista, sobre todo, en su pueblo y comarca de origen, Jimena de la Frontera, en el Campo de Gibraltar. He perdido la cuenta de los libros y artículos que ya ha publicado y en donde ha ido dando voz y presencia a historias que parecen mínimas e íntimas, familiares y de susurros, pero que son, en realidad, un trozo más y muy importante, grande y revelador, en mayúsculas, de la historia sufriente y sufrida de nuestra España reciente.
Nacho nos lleva descubriendo la grandeza y el heroísmo inmensos que ha habido detrás de muchas vidas sencillas de las que seguramente nunca se hubiera sabido si él no hubiera dedicado cientos de horas a conversar con sus protagonistas directos, descendientes o con quienes los conocieron. Y al hacerlo no sólo nos ha mostrado su letra pequeña, sino que de esa forma ha contribuido a que conozcamos mejor lo que le ocurrió a una generación de mujeres y hombres heridos en lo más profundo de sus vidas, perseguidos y muchos asesinados por el simple hecho, en la inmensa mayoría de los casos, de defender ideales de libertad y justicia social para su Patria, marcada desde hace siglos por el hierro al rojo vivo de la avaricia y la inhumanidad de sus clases dirigentes.
Su nuevo libro -no me atrevo a decir el último porque seguro que ya está terminando otro- se titula Juan López. El republicano que intentó cambiar la historia de España. La huella de la niña Libertad (Diputación de Cádiz, 2026). En él, volvemos a su comarca y a la misma etapa de la guerra y la dictadura para encontrarnos una vez más con algunos de los personajes y circunstancias que ya conocíamos, pero ahora con una historia, la del protagonista del título, que a mí me ha parecido especialmente conmovedora. Es el relato de su huida, de su deambular entre los frentes y hospitales de campaña, del miedo de las noches a la intemperie, de su exilio exterior e interior, de su dolor hasta llegar a Francia y, sobre todo, de lo que la memoria de Juan López calló y que Ignacio Trillo ha recuperado: su vuelta tratando de recobrar el amor que había dejado y que nunca olvidaría, y la del deseo constante de acabar por cualquier medio con el dictador y la dictadura.
La historia que nos ofrece ahora el nuevo libro no es sólo, como las anteriores, la de un solo individuo, sino la de un pueblo. Y los sentimientos y quebrantos de los que nos van dando noticia, por un lado, el propio Juan López, con lo que él mismo quiere contar, y por otro Nacho Trillo, desvelando lo que no quiso que supiéramos, no creo que sean exclusivas del protagonista. Es fácil entender e imaginar que miles de españoles sufrieron esos mismos dolores y tuvieron semejantes conmociones internas. Por eso, la historia del republicano que intentó cambiar la historia de España es la historia misma de España. La historia del horror fratricida y del desgarro humano que ojalá nunca más se vuelva a vivir.
Yo tengo la convicción de que el trabajo de recuperación de la memoria que vienen haciendo Ignacio Trillo y otros muchos historiadores es imprescindible y no cainita, como dicen quienes en realidad han querido imponernos a los demás su amnesia o memoria selectiva. Por el contrario, creo que contribuye decisivamente a que los españoles no olvidemos, a que recordemos con realismo y sin odio, única manera de no volver a enfrentarnos del modo tan cruel, criminal e inhumano que relatan las historias que nos desvelan. Por eso le animo a seguir con su trabajo, se lo agradezco y recomiendo que se lean y difundan sus libros.
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