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¿Para qué sirven los servicios de inteligencia? A propósito de Ceuta: sobre la previsión, la diligencia y la lealtad del aparato de seguridad del Estado

Imaginemos que hace unos pocos años se hubiera reunido a un grupo de quince o veinte personas medianamente informadas -no genios ni especialistas- y se les hubiera pedido una sola cosa: elaborar una lista de los problemas que, en algún momento, podrían afectar a ciudades como Ceuta y Melilla. Me parece que no hace falta mucha imaginación para saber qué podrían haber escrito en esa lista si hubieran tenido en cuenta diferentes situaciones de tensión, como la presión o el chantaje procedentes de Marruecos, de otros países interesados en desestabilizar, o la presencia de mafias. A mí, sin ir más lejos y sin pensarlo mucho, se me ocurren algunos como estos:

- Cierre o apertura selectiva del tránsito comercial y de la aduana para asfixiar económicamente a las dos ciudades en cuestión de días.

- Instrumentalización de menores no acompañados para generar una trampa humanitaria, jurídica y política a la vez.

- Difusión coordinada de bulos de todo tipo en redes sociales, hoy un arma tan eficaz como barata, con el solo motivo de generar incertidumbre, miedo, inseguridad e indefensión o división social.

- Provocaciones en aguas o islotes jurisdiccionales, como ya ocurrió con el de Perejil en 2002.

- Escalada diplomática ligada al Sáhara, con sus reconocimientos, desaires y chantajes.

- Provocación de desórdenes para el aprovechamiento de las redes mafiosas de tráfico de personas.

- Fomentar o facilitar la infiltración yihadista al amparo del caos.

- Y, por supuesto, provocar, organizar, alentar o dejar que se produjese una avalancha de miles de personas civiles pacíficas y desarmadas como la producida el pasado mes de julio, o como ya hizo Marruecos con éxito en la Marcha Verde sobre el Sáhara.

En resumen, lo que quiero decir es que una situación como la que se ha vivido en Ceuta no sólo era imaginable, sino claramente previsible. Habría figurado, con casi total seguridad, entre los primeros renglones de cualquiera de esas previsiones. Era un escenario de manual.

Y, sin embargo...

... cuando ese escenario se materializó a finales de julio de 2026, al entrar varias decenas de miles de personas en dos noches, la mayoría a nado o bordeando los espigones, el Estado español apareció desbordado.

Y no por falta de avisos. En los días previos, los sindicatos de la Guardia Civil ya denunciaban que sus agentes estaban completamente desbordados por el incremento de llegadas por vía marítima; la Delegación del Gobierno hablaba de una presión extraordinaria; y en las redes circulaban en los días previos llamamientos a concentrarse en la localidad marroquí de Castillejos. Existía, además, un precedente casi idéntico: la crisis de mayo de 2021, cuando Marruecos relajó su control fronterizo tras la acogida en España del líder del Frente Polisario y dejó pasar a miles de personas.

Además, estaba latente un detonante geopolítico. Diez días antes, el presidente del Gobierno había visitado Argel para reabrir una relación deteriorada desde el giro español sobre el Sáhara: un gesto que Rabat difícilmente iba a dejar pasar. Y había un pretexto a mano: una sentencia del Tribunal Supremo, casualmente de días antes, sobre las devoluciones de quienes accedieran por vía marítima, que en Marruecos enseguida se interpretó como la desactivación del elemento disuasorio de la frontera. Que ese argumento sea o no una coartada es discutible (las organizaciones humanitarias recuerdan que los cruces a nado venían produciéndose desde mucho antes), pero lo relevante es que todos esos ingredientes eran conocidos y estaban sobre la mesa.

El guión, por tanto, estaba escrito y, sin embargo, no se respondió

Las hipótesis y las sospechas

Si todo esto es así, la conclusión es que los servicios de inteligencia, los responsables policiales, los funcionarios del Ministerio del Interior y, en última instancia, el Gobierno español actuaron con una falta de previsión, de diligencia o de eficacia verdaderamente llamativa. Aunque, desde luego, hay que tener en cuenta que "no prever" y "no responder" no son lo mismo y la diferencia que hay entre esas acciones lo cambia todo.

A mí sólo se me ocurren tres posibles hipótesis a manera de explicaciones, las tres muy distintas sin duda.

La más benévola es que no se hubiera previsto lo que ocurrió. Algo que francamente me resulta increíble, pues supondría que un aparato que cuesta miles de millones fue incapaz de anticipar el más previsible de los escenarios. Cuesta creer que quienes dirigen la policía, los servicios de inteligencia y el Ministerio del Interior sean, sin más, unos ineptos.

Sin embargo, es cierto que no se puede confundir la competencia individual con la solvencia del sistema, porque una organización puede estar llena de profesionales capaces y, aun así, fracasar de forma estructural: por fragmentación de responsabilidades (cuando todos vigilan un trozo y nadie responde del conjunto), por rutinas burocráticas o por incentivos que premian no hacer ruido. La incompetencia, por sí sola, quizá no explica el desastre, pero la disfunción o el mal funcionamiento institucional, sí puede explicarlo.

Una segunda hipótesis es que en los servicios que debieran haber previsto, avisado y luego actuado haya agentes al servicio de otras potencias, como ocurre en todos los servicios de inteligencia del mundo, y que ese doble papel paralizase la advertencia. Pero no parece razonable pensar que eso pueda estar lo suficientemente generalizado ni que baste para explicar lo ocurrido.

Otra cosa es que no se trate de traidores individuales, sino de dependencia estructural. Es decir, que España (como Europa en general) haya construido su política de fronteras sobre un pacto de externalización muy arriesgado, pagando y cooperando con Marruecos para que sea este último quien contenga los flujos. Un pacto que evidentemente tiene una consecuencia perversa, pues quien depende del guardián queda a su merced. Y, sobre todo, un pacto que desincentiva el prepararse bien y abiertamente ante una hipótesis, la hostilidad de Rabat, que contradice el relato oficial de la cooperación perfecta. No hacen falta espías o informantes traidores o comprados para quedar desarmado si una parte ha apostado todo a la buena voluntad de quien tiene la mano en el grifo.

Una tercera posibilidad es que en los organismos españoles y sobre todo en los del ministerio del Interior estén rotas las cadenas de información y de mando, por decirlo suavemente. Una hipótesis más incómoda que hay que plantear con mesura, pero también sin ingenuidad, pues la historia policial reciente de España no permite descartarla a la ligera.

Hemos conocido las llamadas "cloacas del Estado", la "policía patriótica", el caso Villarejo y a toda una trama de aparatos que actuaron con agenda propia, al margen, o en contra, del poder legítimamente constituido y antidemocráticamente para combatir y tratar de acabar con los partidos o el gobierno que no les gustan. Es raro el día que no tenemos muestras o incluso pruebas fehacientes de ello en ámbitos policiales o de la administración de justicia. Por tanto, no hay que estar paranoico para preguntarse si existen elementos, dentro o alrededor de esos organismos, dispuestos a dejar que un problema estalle, o a explotarlo después, para desgastar a un gobierno que consideran "antiespañol". De hecho, el propio informe policial que vincula la operación con las fuerzas de seguridad marroquíes ha sido ya esgrimido por algunos para demoler la política exterior del Ejecutivo.

En cualquier caso, también habría que tener en cuenta algo fundamental. Una cosa es que un aparato con agenda propia deje correr una crisis, la gestione con desgana o la instrumentalice políticamente una vez ocurrida, algo perfectamente plausible y, en parte, verificable. Y otra muy distinta, sostener que ese aparato haya provocado activamente una entrada masiva facilitada por un Estado extranjero para tumbar al Gobierno (o, sensu contrario, que haya sido promovido por el propio gobierno, como sostiene la extrema derecha, dando por hecho que esos servicios de inteligencia jugarían a su favor).

Sin embargo, a mí me parece que está fuera de tono pensar que unos actores internos son capaces de mover a Marruecos a su antojo, cuando Marruecos tiene motivos de sobra (la reivindicación sobre Ceuta y Melilla, el pulso por el Sáhara, el acercamiento español a Argel) para actuar por su cuenta y en su propio interés.

En fin, es difícil, si no imposible, saber con certeza la causa real del fallo producido. Y, en cualquier caso, el fondo del asunto no es tanto determinar quién tuvo la culpa de que la avalancha se produjese, sino como cabía esperar que actuara un Estado serio antes de que pudiera producirse, o una vez producida si no se pudo evitar.

Yo no soy experto en estas cosas, pero el sentido común me dice que un Gobierno sensato, con servicios de inteligencia competentes (que merezcan su nombre), y diligente, tendría en un cajón varias carpetas, una por cada escenario previsible, con respuestas inmediatas ya ensayadas que señalaran sobre la marcha qué se hace, quién manda, qué medios se movilizan, qué se dice y qué no, y todo ello con la máxima urgencia e inmediatez. De esa forma, llegado el caso podría haber actuado con rapidez y eficacia, aunque el problema fuese, como he señalado en un artículo anterior, de los que apenas tienen solución. Que no haya existido esa previsión, o que existiendo no se usara, es lo auténticamente escandaloso.

Lo que parece que el gobierno no ha hecho

Lo ocurrido y lo que sigue ocurriendo en Ceuta me lleva a pensar que este gobierno y, en particular, su ministro de Interior tiene pendientes algunas tareas fundamentales para que pueda haber seguridad nacional de verdad y una democracia auténtica que no dependa de una policía ideologizada y al servicio de algún partido en concreto. O, mejor dicho, que ha dejado de hacer cosas fundamentales, no sólo para garantizar su propia supervivencia política sino, quién sabe, si hasta para evitar que -sin que nunca haya tenido esa intención- se le acuse en un futuro próximo de haber puesto en peligro la seguridad nacional.

La primera, hacer que los servicios de inteligencia cumplan realmente con su única razón de ser: servir al Estado, esto es, al conjunto de la ciudadanía y a sus instituciones democráticas, y no a facciones, partidos o intereses particulares. Eso exige control parlamentario real, profesionalización y rendición de cuentas, no permitir la opacidad y los compartimentos estancos e impedir que sus máximos dirigentes actúen con parcialidad.

La segunda, planificar en serio los posibles escenarios en un mundo en el que los ataques a la soberanía nacional no se traducen en batallones y docenas de tanques acercándose durante semanas a las fronteras. Es decir, adelantarse al nuevo tipo de amenazas y acontecimientos de riesgo potencial, ensayarlos y asignar responsabilidades claras, de modo que cuando de nuevo ocurran, porque habrá próxima vez, no se vuelva a improvisar o a retardar las respuestas.

Y la tercera, mirar de frente a la raíz del problema. Mientras la política de fronteras siga descansando en la buena voluntad de un vecino con intereses contrarios a los nuestros, seguiremos siendo vulnerables. Hay que reducir esa dependencia, repartir la responsabilidad en el marco europeo; y, sobre todo, entender que los flujos migratorios no son catástrofes naturales, sino el resultado de dos procesos complementarios.

Por una parte, las personas migran empujadas por la enorme diferencia de riqueza, seguridad y oportunidades que separa las dos orillas, el Sur empobrecido y el Norte opulento. Un desnivel que no es un fenómeno natural, sino algo que se ha ido fabricando históricamente por el expolio colonial, el intercambio desigual y unas relaciones económicas que todavía hoy arruinan a los países de origen. Si esto es así, la consecuencia es clara: los flujos no se detienen a golpe de concertina o de frontera, sino reduciendo el desnivel que los provoca. En concreto, poniendo en marcha estrategias de codesarrollo, como Sami Naïr lleva años proponiendo. Es decir, cooperando de verdad para que esos países prosperen, en lugar de seguir generando allí la pobreza que empuja a su gente a marcharse.

Y, por otra, los flujos se producen también -y eso tampoco lo podemos olvidar- porque nuestras economías necesitan mano de obra inmigrante. Por tanto, lo que igualmente hay que hacer, mientras tanto, es gobernarlos y regularlos de forma ordenada, legal y humana, en vez de fingir que se pueden abolir para crear condiciones que sólo sirven para facilitar la explotación. Solo así puede gestionarse con inteligencia lo que no tiene solución mágica.

La situación es complicada y dramática. Un país que no es capaz de prever lo previsible, y que además tiene que preguntarse si su propio aparato de seguridad trabaja para él o contra él, sufre un problema mucho más hondo que el de una frontera desbordada. Lo tiene con las ideas de Estado y de patriotismo auténtico, los que defienden a todos sus integrantes sin excepción y no sólo a una parte.

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10 comentarios

José Prados 9 de septiembre de 2026 at 21:54

Estoy de acuerdo contigo, Juan. Pero me queda una duda. Y si nuestro vecino hiciese lo mismo que ya hizo en 1975 y mete en Ceuta 250.000 ciudadanos y en Melilla otros 250.000 como hizo en el Sáhara? Si en ese momento gobernara Feijóo, se acogería al artículo 8 de la Constitución? Cuántos militares, aviones de combate, barcos de la armada serían necesarios para contener a esa gente detrás de su frontera? Sería factible o habría que hacer como en 1975? Salir huyendo de allí e incluso olvidar en terreno enemigo invadido al regimiento que ordenó y facilitó la salida? Habría que disparar a una masa humana desarmada? Pero de que estamos hablando?
Lo siento. No hay solución. Ni el CNI, ni los servicios de inteligencia de la GC, ni la judicatura, ni de la policía ni del ejército tienen en su mano la solución del conflicto. Solo me queda pensar que, por tanto, la única solución factible es la que prudentemente ha adoptado Sánchez. Diplomacia, acuerdos, estrategia económica, leyes y un poco de inteligencia previsible de nuestros dirigentes. No se puede elegir al primer indocumentado que pretenda colocar un partido, conocido por hacer las barbaridades que pregona. Un abrazo, Juan.

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Juan Torres López 10 de septiembre de 2026 at 06:57

Esa es la cuestión. Un abrazo

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Carmen 10 de septiembre de 2026 at 01:29

Es realmente complejo hacer un analisis ante tanta incoherencia porque cuando sr esya pisando sobre tierra firme es facil dituarse pero no es la situacion actuL,sobre todo cuando existe un gobierno que esta conztantemente amenazado por politicos sedientos de poder y carentes de etica .

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Alberto Fernandez Fernandez 10 de septiembre de 2026 at 13:50

Sostienen algunos que los embates que está sufriendo el gobierno y el PSOE obedecen al famoso «el que pueda hacer que haga» del sr. Aznar. Si esto fuese asi, sería obra de «francotiradores» y los golpes serían aleatorios e ineficaces. Yo veo muy cuidada la eleccion de los frentes que se van abriendo y los tiempos de ejecucion. Aqui nadie va de francotirador sino de protegido.
A mi Ceuta me recuerda el motin de Aranjuez version siglo XXI. Esperemos que no.

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Juan Vilasau 12 de septiembre de 2026 at 17:57

Señor Alberto Fernandez Fernsndez. El motín de Aranjuez no tiene ningún elemento común con las causas el caso de Ceuta. Como me imaginaba, las causas están mas relacionadas con el » que pueda hacer que haga » que con la inoperancia de un gobierno que 40 días después permite que mires de personas vivan a la intemperie, en medio de la violencia generada por el caos y los policías durmiendo en colchones mugrientos y lss gentes de Ceuta con un miedo » subjetivo » ta subjetivo como el que hace que la visita relámpago del señor presidente antes de sus merecidas vscaciones ( como el dijo ) hiciese que el número de policías en Ceuta se duplicase. Todo por miedo » subjetivo» pero que pagamos todos.

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Fidencio 12 de septiembre de 2026 at 17:17

Asumo el planteamiento sobre la necesidad de un patriotismo que defienda a todos los ciudadanos y no solo a una parte. Coincido en que esa es, en abstracto, una idea sana.
Sin embargo, al concretar las sospechas de deslealtad o de “agendas propias” casi exclusivamente en un lado del espectro (las “cloacas”, la “policía patriótica”, quienes podrían actuar contra un gobierno al que consideran antiespañol), el artículo acaba aplicando de forma asimétrica el propio ideal que defiende. Los ataques salvajes a los gobiernos, las acusaciones de traición y el uso político de las crisis de seguridad han sido, históricamente, patrimonio de casi todos los bandos, independientemente de quién ocupe el poder.
Presentar el problema de la parcialidad como si residiera fundamentalmente en los oponentes políticos del Ejecutivo actual da la impresión de que se da por supuesto que el lector no va a detectar esa selectividad. Y eso, en un texto que reivindica un patriotismo integrador, resulta poco coherente.

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Fidencio 12 de septiembre de 2026 at 17:38

Entiendo el diagnóstico sobre la falta de previsión y la posible parcialidad de ciertos aparatos del Estado. Sin embargo, creo que el problema es más estructural y menos ideológico de lo que se sugiere.
Ningún político llega al poder por su capacidad de gestión. En las dictaduras suele imponerse por la fuerza. En democracia, llegan quienes saben sobrevivir y prosperar en un entorno de favores intercambiados con quien conviene en cada momento. Una vez en el cargo, convierten organizaciones como el CNI, las fuerzas de seguridad o la administración en burocracias inoperantes, más preocupadas por la lealtad interna y la supervivencia política que por la eficacia real.
Por eso crisis como la de Ceuta o la de la DANA no pueden ser resueltas por quienes, en el fondo, son charlatanes de la política o, en el peor de los casos, señores de la guerra de los favores. No es solo una cuestión de “patriotismo auténtico” frente a “patriotismo de parte”. Es que el propio sistema de selección y de incentivos de la clase política tiende a producir dirigentes incapaces de gestionar con rigor lo previsible, y organizaciones estatales que, bajo su control, se vuelven lentas, fragmentadas y a menudo inútiles cuando de verdad hacen falta.
Mientras no se mire de frente ese problema de fondo, seguiremos debatiendo si la culpa es de unos u otros, sin atacar la raíz: un sistema que premia la habilidad para el intercambio de favores por encima de la capacidad de gobernar.

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Tino 12 de septiembre de 2026 at 18:12

Tanto Sanchez como Feijoo son como los microorgsnismos extremófilos que sobreviven y triunfan en medios tan agresivos y hostiles como son los partidos políticos al uso y en el Río Tinto de Huelva. Por esa razón, su especialidad no es resolver problemas como el de Ceuta, si no resistir a su entorno mas próximo y también al mas lejano.

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Alberto Fernandez Fernandez 13 de septiembre de 2026 at 16:56

Los personajes.:
Manuel Godoy fue primer ministro de Carlos IV. Elegido por él. Era joven, apuesto, inteligente, ilustrado y políglota (español, francés e italiano).
Pedro Sánchez es presidente del gobierno democrático. Es joven, apuesto, inteligente, progresista y poliglota (español, ingles).
Una curiosidad. Godoy impulsó la vacunación masiva contra la viruela. Sánchez impulsó la vacunación masiva contra el COVID.
Godoy tenía como opositor al partido fernandino (Alta Nobleza, Clero y Principe heredero Fernando VII). Utilizan el ataque personal basado en calumnias para denigrarle ante el pueblo y la conspiración (complot de El Escorial y motín de Aranjuez)
Sánchez tiene como opositores principales los partidos PP y VOX. Sus métodos están a la vista. Que cada cual piense lo que quiera.
El motín de Aranjuez no es un levantamiento popular espontaneo. Fue un golpe de estado encubierto preparado por el partido fernandino para eliminar a Godoy y forzar la abdicación de Carlos IV. Engañaron al pueblo con el bulo de que Godoy era un traidor al servicio de los franceses. Iba a entregar España a Napoleon y los reyes iban a huir a América. Empujaron al pueblo a asaltar la residencia de Godoy. A Godoy lo apresaron y le acusaron de traidor al servicio de Francia.
Por los sucesos de Ceuta a Sanchez le están acusando de traidor al servicio de Marruecos o simplemente de traidor. El PP ha puesto una demanda admitida a trámite para que se investigue como se resolvio la crisis de Ceuta. VOX quiere que el Congreso vote a favor de imputarlo por traidor. No se que hubiese pasado si Sanchez se queda en Ceuta aunque si he oído los gritos conque le recibieron. Masas enaltecidas ¿Hubiesen asaltado su residencia?. ¿Recuerdan Paiporta?. Y pensar que todo empezó con una Sentencia mal interpretada y unas redes sociales ¿O no?.

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juan manuel 13 de septiembre de 2026 at 17:42

¿Cómo puede desarrollarse la economía africana, especialmente la subsahariana, lo suficiente como para que la necesidad de migrar tenga dimensiones razonables? Porque tal como están las cosas a escala internacional, y sobre todo por la deriva que irá adquiriendo en el futuro próximo, el problema seguirá aumentado cada vez más. No es algo que puedan resolver los gobiernos español ni marroquí, que son ambos unos pardillos en todo esto. Tal vez la UE como conjunto podría ayudar un poco a desarrollar la economía de todos esos países, pero aunque se lo propusieran sería insuficiente. ¿Qué pasa con todas estas guerras provocadas para aumentar los precios del petróleo y demás materias primas, que son además la principal fuente de pobreza y sufrimiento que provoca todas esas grandes migraciones? Nos estamos mirando demasiado el ombligo, y crear una UE-fortaleza con fronteras cerradas, como un castillo medieval rodeado por un foso, no resuelve el problema. Primero hace falta paz en todas partes, y después desarrollo económico. ¿Cómo conseguir lo primero y cómo conseguir lo segundo?

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