Ganas de Escribir. Página web de Juan Torres López
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¿Por qué odian a Europa?

En las últimas semanas he escrito tres artículos sobre Europa (este, este y este) en los que vengo a decir que la Unión Europea, sus valores, principios y propósitos iniciales, han sido traicionados y puestos al servicio de grandes corporaciones y grupos de poder. Se ha alcanzado tal grado de sumisión, incoherencia e impotencia política que, al menos a mí, incluso me avergüenza sentirme europeo.

Sin embargo, en esta situación se produce una paradoja que conviene resolver si queremos reflexionar con lucidez sobre nuestro futuro: si la Unión Europea está “encadenada”, según la expresión de Sami Naïr en el título de su última obra; si no pone en práctica los valores progresistas originales; si ha sido y sigue siendo una socia fiel de Estados Unidos y ha aceptado someterse a sus dictados, ¿por qué la odian los grandes líderes del nuevo capitalismo tecnológico que tratan de dominar el mundo y que utilizan al trumpismo y a la extrema derecha global para lograrlo?, ¿por qué Trump la desprecia e insulta? ¿por qué no disimulan —como se hace en el reciente documento sobre Seguridad Nacional de la administración estadounidense— que desean destruirla y reducir a la nada su presencia e influencia en el mundo?

Dar respuesta a estas preguntas es fundamental para no caer en el antieuropeísmo que conduce a un peligro letal: el que lleva a renunciar a condiciones indispensables para frenar la ofensiva totalitaria que se extiende avanzando, al mismo tiempo, hacia un mundo diferente basado en la democracia, la justicia, la libertad y la paz.

Mi respuesta general a estas preguntas es sencilla: la extrema derecha trumpista no odia a Europa porque funcione mal, sino porque se resiste a dejar de ser la Europa que pudo ser. Aunque haya sido traicionada, esté encadenada, burocratizada y moralmente desorientada, la Unión Europea todavía encarna principios que son estructuralmente incompatibles con el tipo de economía y sociedad que impone el nuevo capitalismo tecnológico oligárquico, autoritario y tendencialmente neofeudal que se extiende. En concreto, hay cinco elementos que siguen estando presentes en Europa y que este último no puede admitir.

1.⁠ ⁠Han hecho que Europa sea principalmente un mercado, pero sigue siendo un límite.

El nuevo capitalismo que tiene al trumpismo como bandera política concibe —o quizá sería más preciso decir que necesita— al Estado como una empresa, a la ciudadanía como clientela, a la política como intercambio y al poder como el ejercicio de un derecho que nace de la propiedad privada.

La Unión Europea, incluso en su versión claramente disfuncional y sometida a la lógica que imponen los grandes poderes económicos y financieros, no se corresponde plenamente con esa concepción de la sociedad y la política.

Europa sigue siendo un espacio posnacional, lo cual es inaceptable para el nacionalismo autoritario en el que se basa el nuevo capitalismo. Y continúa estando sostenida, al menos formal o declarativamente, por un entramado de derechos positivos que no están definidos exclusivamente para proporcionar libertades de mercado. Aunque el espacio europeo adolece de un profundo déficit democrático, conforma sin embargo un sistema en el que el poder no es plenamente discrecional.

2.⁠ ⁠El modelo social europeo conserva herejías imperdonables para el nuevo capitalismo.

El “modelo social europeo”, aunque esté siendo erosionado desde dentro, conserva tres herejías imperdonables para el nuevo capital tecnológico y para el capitalismo de concentración exacerbada de la riqueza: la idea de que el mercado debe ser regulado —algo que, además, se convierte en práctica cotidiana en Europa—, el reconocimiento de derechos sociales universales y prevención, por muy debilitada que esté, frente al poder concentrado.

El nuevo capitalismo oligárquico de las plataformas, las big tech y las finanzas algorítmicas necesita, por el contrario, desregulación radical, Estados débiles o capturados, condiciones legales que permitan el trabajo precarizado, no sindicalizado y despolitizado, y ciudadanos convertidos en datos.

Europa, sin embargo, aún regula, sanciona, protege datos y limita monopolios —aunque lo haga mal y tarde, pero lo hace—. Y el nuevo capitalismo, sencillamente, no puede prosperar ni siquiera existir en un marco así.

3.⁠ ⁠Europa es deliberativa y, por ello, “ineficiente”.

Europa es deliberación constante. Necesita articular consensos complejos para poner de acuerdo a una diversidad enorme de intereses, instituciones, sujetos y naciones. Por ello es casi siempre lenta, y sus negociaciones producen a veces monstruos. Todo ello la hace “ineficiente”, o peligrosa si se quiere, para quienes solo se proponen sacar adelante su negocio sin consideración alguna sobre las externalidades o los daños que produce, ni sobre responsabilidad alguna.

El nuevo autoritarismo tecnológico necesita decisión rápida, opacidad, concentración del poder y ausencia de conflicto democrático. Todo lo contrario de lo que hay en Europa: procedimientos largos, contrapesos, tribunales, normas comunes y negociación constante. Para quienes aspiran a ser los nuevos amos del mundo todo ello no es sino un obstáculo operativo detrás de otro; fricciones que generan costes y limitan el beneficio.

4.⁠ ⁠Europa conserva una memoria genética quizá indeleble: el poder puede domesticarse.

Aun dando por bueno que Europa ha sido sometida y se ha desfigurado, la realidad es que conserva una especie de huella genética original que posiblemente no se pueda borrar, por mucho que unos y otros se empeñen: la idea de que el poder se puede domesticar.

Aunque cada día que pasa sea menos evidente y vaya quedando en rincones cada vez más alejados del subconsciente colectivo, en esa huella está marcado algo esencial: Europa nació del trauma, del fascismo, de las guerras y del genocidio, del rechazo a los Estados totalitarios, y por eso, a pesar de todo, desconfía del líder fuerte, de la ausencia de reglas —incluso en el sacrosanto mercado— y de la fusión entre dinero, tecnología y poder político.

Justo lo contrario de lo que necesita y persigue el nuevo capitalismo y su extrema derecha neofeudal: líderes carismáticos, empresarios soberanos, tecnólogos que diseñan la marcha del mundo y una democracia vaciada, reducida a mero espectáculo. Frente a ello, la memoria interna de Europa sigue siendo incómoda.

5.⁠ ⁠No la odian por lo que es hoy, sino por lo que podría ser.

En realidad, el nuevo capitalismo no odia a Europa por lo que es hoy. Nuestros dirigentes, con von der Leyen y el canciller alemán a la cabeza, se empeñan cada día en demostrar que no deberían tenerle temor alguno. La odian por lo que podría ser.

Europa no es peligrosa por su presente, por lo que vienen haciendo sus líderes desde hace décadas, sino por su potencial. Si Europa recuperara soberanía política, democratizara su economía, controlara seriamente el capital tecnológico, reforzara los derechos sociales y apostara por bienes públicos europeos que proporcionen seguridad y autonomía a sus pueblos, se convertiría en el único bloque capaz de ofrecer una alternativa sistémica al capitalismo autoritario oligárquico.

Es por lo que podría hacer —y no por lo que hace— por lo que quieren una Europa fragmentada y rota, débil, ridiculizada y sumisa incluso en las formas. Detrás del odio no hay desprecio, sino prevención estratégica.

Europa hoy funciona mal, tiene dirigentes mediocres y aplica políticas que generan malestar, inseguridad y desafecto ciudadano. El comportamiento servil de sus líderes avergüenza. Pero lo cierto es que su ADN de libertades y democracia, por imperfecto que sea, sigue siendo una piedra en el zapato del nuevo capitalismo, porque le marca un límite histórico, político y moral.

6.⁠ ⁠Europa como problema geoestratégico

Por último, hay una razón adicional, de carácter geoestratégico y de fondo, que explica el odio del trumpismo y de la extrema derecha global hacia Europa y que no puede pasarse por alto.

La Unión Europea es hoy el único gran espacio económico integrado del mundo que, aun estando subordinado, no está completamente sometido ni al nuevo capitalismo tecnológico oligárquico ni a una soberanía estatal única que lo controle sin fisuras. Su peso económico, su capacidad regulatoria con efectos globales, su posición central en las cadenas de valor y su ubicación estratégica entre Estados Unidos, Rusia, China, África y Oriente Medio la convierten en un territorio decisivo que ningún proyecto hegemónico puede permitirse dejar fuera de control.

En el escenario que está marcando el nuevo capitalismo, una Europa políticamente autónoma, capaz de definir una política industrial propia, construir soberanía tecnológica, energética y financiera y dotarse de una arquitectura de seguridad independiente, sería un competidor sistémico. No tanto por su poder militar como por su capacidad de establecer reglas, estándares y límites al poder económico global. Por eso, la estrategia de Estados Unidos nunca ha sido fortalecerla ni integrarla como aliada en pie de igualdad, sino mantenerla fragmentada, dependiente, militarmente subordinada, tecnológicamente vulnerable y políticamente irrelevante como actor global. No ha tratado ni tratará de conquistar Europa, sino de neutralizarla como sujeto histórico, incluso —como ya ha comenzado a ocurrir— implicándola en conflictos bélicos derivados de escaladas geopolíticas que han desembocado en guerras como la de Ucrania.

Las élites políticas, económicas y tecnocráticas dominantes en Europa no van a defender ese ADN europeo de democracia, bienestar y libertades. La mayoría ha demostrado con claridad que la prefiere subordinada pero funcional para los grandes intereses económicos antes que autónoma al servicio de sus pueblos. Ante la ofensiva que se avecina, su reacción previsible será una combinación de seguidismo estratégico, retórica vacía sobre los valores y profundización de políticas que fragmentan, militarizan y debilitan aún más el proyecto europeo.

Si esa dinámica se impone, Europa se convertirá definitivamente en un espacio sin proyecto propio, gestionado desde fuera y administrado desde dentro por élites cada vez más desconectadas de la ciudadanía.

Hay que evitar, por tanto, caer en un doble error: plantear “el problema europeo” como un simple enfrentamiento con Trump y dejar la defensa de Europa en manos de quienes la han vaciado de contenido democrático y social. Europa solo puede tener futuro como tal si se la rescata del doble naufragio al que la empujan, por un lado, el autoritarismo oligárquico global y, por otro, el conformismo tecnocrático interno.

Ese rescate no concierne exclusivamente a las izquierdas tradicionales, hoy debilitadas y desorientadas, sino a todos los movimientos sociales, culturales y políticos que aspiran a un mundo de libertades reales, democracia sustantiva, justicia social y paz. Defender Europa no significa aceptar lo que hoy es, sino luchar por lo que podría y debería ser.

En la situación en que se encuentra el mundo, renunciar a Europa o abandonarla al antieuropeísmo sería un error histórico de consecuencias letales. Mientras que entender por qué la odian es imprescindible para comprender que es fundamental rescatarla, si se quiere frenar la deriva autoritaria global que se cierne sobre nosotros y abrir caminos alternativos para transformar las condiciones de vida en el planeta.

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