Rodrigo Rato, los viudos y las viudas

Rodrigo Rato, los viudos y las viudas

Publicado en La Opinión de Málaga el 30 de abril de 2005 La semana pasada comenté de pasada en estas páginas que Rodrigo Rato había recomendado a Rodríguez Zapatero que reformara el sistema de pensiones español siguiendo las directrices del Fondo Monetario Internacional que preside. En concreto, el Fondo se refiere a la pensión de viudedad española porque es, dice literalmente, «excesivamente generosa».Retomo el asunto porque ha dado la casualidad de que se han hecho públicos los resultados de una investigación de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA) sobre la situación de las viudas europeas que vale la pena comentar y difundir.
Según este estudio dirigido por Namkee Ahn, las viudas españolas son de las más pobres de la Unión Europea y al enviudar pierden, por término medio, un 44% de sus ingresos anteriores, justo el doble de lo que pierden los hombres en ese trance.
La investigación se realizó con datos relativos a 2001, cuando la pensión de viudedad media en España era de 542 euros mensuales, casi la tercera parte que la francesa (1.495 €) o la mitad de la belga o del Reino Unido. Por debajo de nuestro nivel sólo estaban Grecia (383€) y Portugal (306 €).
La peor situación relativa que tienen las viudas españolas se debe claramente a dos circunstancias. Por un lado, a que hay muchas menos que reciban pensiones de jubilación porque ha habido menos mujeres trabajando. Y, por otra, porque el sistema de pensiones, como acabo de señalar, es mucho menos generoso aquí que en la inmensa mayoría de los países europeos, digan lo que digan el Fondo Monetario y su presidente que conoce perfectamente la situación.
La consecuencia de esas dos circunstancias es, además, que las viudas padecen una discriminación adicional a las que como mujeres sufren a lo largo de sus vidas. En España, sólo el 26% de las viudas reciben más ingresos como consecuencia de la pensión de jubilación, mientras que ese incremento lo recibe el  80% de los hombres.
Como es lógico, los menores ingresos de las viudas españolas se traducen en condiciones de vida que son peores que las que disfrutan las viudas de otros países de nuestro entorno. En concreto, las viudas españolas tienen mucha menor autonomía, de modo que sólo el 40% de ellas viven solas, cuando en países como Dinamarca, Holanda y Reino Unido ese porcentaje llega al 80%. Como, además, el gasto público dedicado a proporcionar servicios colectivos de apoyo a las familias es bastante más bajo aquí que en esos otros países, resulta que las viudas españolas no sólo son más pobres sino que han de asumir mayores responsabilidades y más incómodas tareas al final de sus vidas, como el cuidado de los enfermos o el de los nietos.
Esta es la situación en la que los todopoderosos y superinteligentes responsables del Fondo Monetario Internacional califican como «excesivamente generosas» a las pensiones de viudedad españolas.
Cuesta trabajo responder serenamente. ¿Qué es excesivo para el Fondo, tan generoso a la hora, por ejemplo, de establecer los sueldos y las condiciones de retiro de sus funcionarios, comenzando por las de su presidente que fueron recién elevadas, por cierto, nada más llegar Rodrigo Rato?
Al FMI se le pueden reprochar muchas cosas. Es directamente responsable y culpable del empobrecimiento y de la muerte de millones de personas porque es una evidencia que las políticas que propone han llevado a la ruina a países enteros. Sus análisis son malos, no sólo en el sentido moral de término, sino desde el punto de vista de su rigor y fundamento científico, y sus predicciones son casi siempre equivocadas. Pero lo que resulta del todo repugnante es el cinismo con el que promueve su doctrina a sabiendas de que no tienen razón, la prepotencia con la que impone supercherías como si fueran verdades científicas, la caradura con la que vende las preferencias de los ricos como si fueran las conveniencias de todos.
En el mismo informe que califica de excesivamente generosa a la pensión de viudedad española el Fondo recomienda al gobierno español que resista «las presiones para incrementar el gasto social», a pesar de que en estos momentos estamos a más de siete puntos de la media europea de gasto social en proporción al PIB. ¿No hay que converger con Europa?, ¿por qué el Fondo recomienda que España se aleje en lugar de acercarse a los niveles medios de bienestar que tiene la mayoría de los países europeos?, ¿a quién conviene de verdad que bajen los gastos sociales y que se reduzcan las pensiones?
La razón que aduce Rodrigo Rato cuando vende en España estas propuestas, que en realidad fueron las que aplicó cuando fue Ministro de economía y que se han traducido en el empeoramiento de los indicadores españoles de bienestar desde 1997 a 2004, es que hay que aumentar la competitividad.
Al convertir esta palabra en un tótem se ha conseguido que no sea necesario decir más: si es para ser más competitivos, hágase todo lo que sea necesario hacer.
El problema es que no es verdad que España vaya a ser más competitiva si se aplican las medidas que proponen Rato y la institución que preside. España ha mantenido durante decenios salarios más bajos, niveles de protección social más reducidos y menor gasto público y social que otros países de nuestro alrededor y, sin embargo, seguimos siendo igual o menos competitivos que ellos. Decir que reduciendo muchísimo los costes (y especialmente los del trabajo) se puede vender más y ser competitivos es decir una verdad a medias. Eso ya sólo lo pueden hacer países como los asiáticos o los del Este de Europa que parten de una situación de mínimos que ya no es la española o la de los países europeos más avanzados. Y ni siquiera está claro que se trate de una estrategia que pueda mantenerse indefinido. Como dicen los chinos, nadie puede permanecer mucho tiempo levantado de puntillas.
Esa es una estrategia de competitividad empobrecedora y no la que hoy día hace más avanzadas y mejores a las economías más ejemplares del planeta. Los mercados reaccionan cada vez menos ante los costes bajos, mientras que se pueden obtener muchas más ventajas si se busca la competitividad a través de la calidad, de la innovación, de la formación, de la excelencia empresarial, de la responsabilidad corporativa… Lo que hacen los países más competitivos del mundo es eso, no bajar sus salarios y el gasto social.
El celo tan estricto con el que los poderosos promueven derechos para los demás y la generosidad con las que se los aplican a ellos mismos es lo que está haciendo que nuestro mundo sea cada vez más injusto y desigual. Y, digan lo que digan, lo único que se consigue así es reservar la seguridad, la protección y el bienestar a los ricos que pueden pagárselos.

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