Rodrigo Rato no dice la verdad

Rodrigo Rato no dice la verdad

El Banco Central Europeo acaba de elevar los tipos de interés del 2,5 al 3 por cien (por cierto, tal y como aventuré en mi último artículo en esta revista) y esta medida que aparentemente no es muy relevante permite poner al descubierto algunas claves importantes de la política económica actual y, sobre todo, que nuestro Ministro de Economía y Hacienda, Rodrigo Rato, no tiene escrúpulo alguno para engañar al conjunto de la población española. 

Ha dicho el Ministro que esta medida será muy positiva para la economía española, que contribuirá a la convergencia con las europeas más potentes y que permitirá crear más empleo en España. Más o menos, lo mismo que dijo cuando bajaron los tipos de interés.

 

En asuntos económicos no hay una sola verdad, porque las medidas que se adoptan suelen afectar de manera muy distinta a los diferentes colectivos de población, según sean propietarios, asalariados, banqueros, pensionistas, etc. Normalmente, el juicio que se hace de las mismas depende de la posición que cada individuo ocupe en la sociedad, pues cada uno tiende a confundir lo bueno en general con aquello que le favorece en particular. Eso le ocurre a Agamenón, a su porquero y al mismísimo Ministro, cuyo gran patrimonio y plurales intereses empresariales son de sobra conocidos.

 

Pero el hecho de que cada cual contemple las medidas económicas desde su particular interés no implica que no dispongamos de certezas y conocimientos suficientemente contrastados acerca de los principales efectos reales de la política económica. Justamente por ello es por lo que se puede decir sin resquemor que Rodrigo Rato no ha dicho la verdad a los españoles cuando afirma que una subida de los tipos de interés beneficiará a nuestra economía y, sobre todo, que permitirá crear más empleo.

 

Veamos el asunto con algún detenimiento.

 

El principal objetivo de la medida es combatir las tensiones inflacionistas que según el Banco Central Europeo constituyen una amenaza para la economía europea y que se entienden motivadas por el incremento que consideran excesivo de la masa monetaria. Para evitar que ésto último se produzca, un aumento indeseado de la cantidad de dinero en circulación, la solución es aumentar el precio del dinero, el tipo de interés. Puesto que se supone que la subida de precios está causada esencialmente por el aumento de la cantidad de dinero, la medida en cuestión permitirá finalmente contener los rebrotes inflacionistas.

 

No me voy a detener aquí sobre la inconsistencia interna de esta forma de abordar el problema de la inflación (que en realidad, y como decía J.L. Sampedro, es como decir que hay inundación porque aumenta el nivel del agua), ni sobre la discusión de si está verdaderamente justificado combatir ahora esa supuesta tensión inflacionista. Me detendré tan solo en lo que el asunto tiene que ver con España y así se responderá también a esas dos cuestiones.

 El primer asunto a considerar es que la subida de los tipos de interés por parte del Banco Central Europeo no va a mejorar la situación de la inflación en España. Primero, porque la subida de precios en nuestra economía no tiene fundamentalmente origen monetario, sino más bien estructural y es debida al poder oligopólico de las grandes empresas. Y, en segundo lugar, porque el problema inflacionario en España no es que aquí tengamos una inflación muy alta, sino que tenemos un diferencial de precios muy desfavorable. Es decir, que el problema no es nuestra posición absoluta, sino nuestra posición relativa con los demás países europeos. Y es evidente que la subida de tipos de interés va a frenar las tensiones al alza de precios más o menos en todos los lugares al mismo tiempo, lo que significa que España no va a obtener sustanciales mejoras diferenciales. Es más, si la componente monetaria influye más en otras economía como desencadenante de la ya de por sí pequeña inflación existente, resultará que el diferencial aumentará. 

Por otra lado, la subida de los tipos de interés va a provocar en nuestro país y en el resto de los países europeos un descenso de la demanda interna, del gasto total. Esto es así porque, al ser
más altos los tipos de interés, se encarecen los créditos y préstamos y eso hace que baje el consumo y la inversión.

 El Ministro Rato afirma que esta contención de la demanda es positiva. Pero, si de verdad es bueno y necesario que se reduzca la demanda, ¿cómo es que el Gobierno acaba de aprobar una plan millonario de desarrollo regional, que no es sino un un incremento sustancial de la misma? Digámoslo claro: Rato habla con dos lenguajes, falta radicalmente a la verdad cuando dice que doscosas con efectos completamente distintos son a la vez buenas para la economía española. 

Además, el alza de los tipos de interés reducirá la capacidad de gasto en los demás paíseseuropeos que compran productos o servicios españoles, lo que va a perjudicar también a las exportaciones españolas, de forma que su efecto sobre el ya de por sí gravísimo déficit comercial exterior que padecemos no será positivo.

 

Tampoco va a ser nada buena el alza de los tipos de interés para el déficit público, pues encarecerá la factura que el Estado habrá de pagar por la deuda en circulación, de manera que va a
perjudicar también a las finanzas públicas que Rato se empeña continuamente en sanear.

 En suma, pues, la medida en cuestión no beneficia en nada a la economía española: disminuirá el consumo, la inversión de las empresas se hará más cara, empeorará o a lo sumo no modificará nuestra relación con el exterior, el Estado tendrá que pagar más en conceptos de intereses y nuestra diferencial en tasa de inflación seguirá igual, si es que no aumenta. Todo lo cual no puede tener efectos positivos para el empleo desde ningún punto de vista que se mire en la situación actual de la economía española (Otra cosa es que, efectivamente, el paro vaya a disminuir en los próximos tiempos en España. Pero eso será consecuencia de los cambio en el cómputo estadístico y en el abaratamiento y precarización del empleo que por fin anima a las empresas a contratar trabajadores de manera más intensiva). 

Ahora bien, el Ministro Rato no se equivoca cuando da la bienvenida al alza de los tipos de interés, pues ésta tiene unos beneficiarios que son precisamente quienes apoyan su política y quienes procuran sostenerlo por cualquier medio en el poder: los grandes ahorradores y los banqueros.

 

Quienes son propietarios de activos financieros de todo tipo van a tener ahora una rentabilidad más alta. Aunque, claro está, la diferencia no la notará ni siquiera toda la tercera parte de familias españolas que consiguen ahorrar, sino sólo las que disponen de grandes capitales, las grandes fortunas y empresas. E igualmente, y una vez más, serán los bancos y todos los intermediarios financieros cquienes onseguirán aumentar de nuevo sus márgenes de beneficio por el simple expediente de hacer creer a las autoridades monetarias que la inflación es el nuevo fantasma que recorre Europa.

 

Se trata, en fin, de la misma metafísica deflacionista de años atrás. El capital, como explicaba en mi último artículo en estas páginas, le tiene miedo al crecimiento productivo y se echa en brazos del rentismo y la especulación. Las autoridades económicas temen que los empresarios se dispongan a invertir y a crear puestos de trabajo o a que las familias consuman porque eso siembra seguridad y confianza en los que viven de crear riqueza efectiva, y a pesar de que ello es precisamente lo que permite hacer rentable al capital productivo. En última instancia, siempre optan por salvaguardar el interés de los grupos sociales más parasitarios, improductivos y egoístas, aunque también mucho más poderosos.

 El problema de Rodrigo Rato y de los políticos neoliberales es que tienen su corazón, su bolsillo y su inteligencia junto a estos últimos pero tienen que hablar en público para tratar de convencer a los más desfavorecidos de que lo que hacen es bueno para ellos. De ahí las contradicciones de los políticos neoliberales como Rato, de ahí su demagogia y por eso que no les importe faltar a la verdad de manera tan grosera.

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