Ganas de Escribir. Página web de Juan Torres López
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¿Sánchez una mierda? ¿Marlaska una rata? El lenguaje que anticipa la barbarie

El líder de Vox, Santiago Abascal, acaba de referirse al presidente del gobierno llamándole "mierda" y ha calificado al ministro del Interior como "rata".

No es poca cosa.

Cuando un dirigente político utiliza esas expresiones no se está limitando a comportarse como un grosero. No es simplemente un malhablado que carece de educación. Es alguien que está cruzando una línea para indicar a sus seguidores que todo vale contra el otro, que el diferente no merece respeto y que puede ser despreciado y vejado sin límite alguno.

Si algo nos enseñó el siglo XX es que no hay que hacer explotar bombas nucleares para que la convivencia se destruya y las sociedades se destrocen a sí mismas. La historia nos mostró que las grandes catástrofes no empiezan con hornos ni con fosas comunes, sino mucho antes, en el terreno aparentemente inofensivo del lenguaje. Antes de la maquinaria de exterminio nazi hubo algo más sencillo y peligroso: discursos transformando al adversario en amenaza, al diferente en plaga, y a seres humanos en problema. La maquinaria de muerte sólo se puso en marcha cuando antes se habían hecho cotidianas y banales las palabras que deshumanizan sistemáticamente al otro.

Lo que está ocurriendo hoy en el mundo es bastante diferente, por muchas razones, de aquel desastre, pero el mecanismo que produce la barbarie es el mismo: extender la idea de que hay seres y vidas humanas que valen menos que otros.

No hace falta construir cámaras de gas ni disparar cañones para entrar en el territorio peligroso de la barbarie. Basta con aceptar que hay personas a las que se puede insultar como animales, tratar como simples números, o borrar del mapa cuando convenga.

Eso es lo que ahora ya estamos viviendo. Abascal llama mierda a Pedro Sánchez (ya lo llamó en su día "hijo de puta")  o rata a un ministro; Trump considera que sus adversarios políticos son "alimañas" a las que hay que "erradicar"; dirigentes israelíes afirman que los palestinos son "animales horribles e inhumanos"; Milei dijo en el Foro Económico de Madrid que había que acabar con "los socialistas de mierda", mientras los 700 liberales allí reunidos gritaban "Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta, Pedro Sánchez, hijo de puta".

Son sólo algunos ejemplos, pero lo importante es lo que hay detrás, porque sabemos que el problema no es la violencia y la guerra cuando ya se han desatado. Es su justificación previa. Es el lenguaje que la hace digerible, que la convierte en coloquial, necesaria e incluso en virtuosa y natural. Es la comodidad y la impunidad con la que se difunden palabras, insultos y amenazas que tendrían que helarnos la sangre y el corazón, pero que ya empezamos a asumir como normales.

Hay que decirlo. Cuando al adversario político se le llama "alimaña" o “rata”, cuando individuos o colectivos de personas son descritos como “basura” o "mierda", o señalados como una amenaza existencial ("los nacionales primero"), lo que se pone en juego y se degrada no es solo el tono del debate público. Es algo más profundo, la idea de que formamos parte de una humanidad compartida y que no todo puede estar permitido para que unos se impongan sobre otros.

La diferencia entre una sociedad sana y la que se desliza hacia la barbarie, la destrucción y la muerte no se encuentra en los grandes gestos, sino en esos términos que ya casi nos empiezan a pasar desapercibidos, en esos desplazamientos hacia el mal, tan aparentemente pequeños, que incluso se hacen pasar por una gracieta ("me gusta la fruta", para llamar hijo de puta al presidente democrático de un país).

Las sociedades no se rompen de golpe. Se deslizan poco a poco, palabra a palabra, insulto a insulto. Primero se tolera, luego se aplaude, después se vota. Y, cuando nos queremos dar cuenta, ya es demasiado tarde para decir que no sabíamos hacia dónde nos llevaba todo lo que estábamos oyendo.

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