Una crisis sistémica

Una crisis sistémica

Como anticipo de lo que se puede leer en el libro que acabamos de publicar Lina Gálvez y yo (DESIGUALES. Mujeres y hombres en la crisis financiera. Icaria Editoria, Barcelona, 2010), transcribo aquí uno de sus epígrafes que lleva por título
Una crisis sistémica
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Como hemos analizado hasta aquí, la crisis que se inició en le verano de 2007, o quizá algo antes en realidad si se contemplan los primeros datos de pérdidas bancarias, es bastante más que una simple crisis hipotecaria, como se quería presentar cuando se inició.
Hemos podido comprobar que es una crisis que se enmarca en la historia de las crisis que se vienen padeciendo en el capitalismo como parte de ciclos económicos inexorables. Ni ha sido la primera, como hemos comentado, ni vas a ser la última, sino que forma parte de esas encadenadas fases de prosperidad y depresión tan habituales en nuestra historia.

  Sin embargo, también hemos visto que es una crisis que ha sido provocada por circunstancias muy específicas y en cierto modo particulares: la exagerada falta de regulación de los últimos años, la complicidad de las autoridades, la permisividad como se dejó crecer la burbuja inmobiliaria y el guante blanco con que se trató siempre a los banqueros y especuladores que se sabía positivamente que estaban llevando la economía al borde del abismo.
Al mismo tiempo, y siendo una crisis originada en el hecho concreto de la difusión de las hipotecas basura gracias a esa regulación tan imperfecta, hemos comprobado que esta crisis no se habría producido si no existiesen unas condiciones estructurales que generan una asimetría tan grande entre el capital y el trabajo, entre las rentas de los grandes propietarios y los salarios, entres los más ricos del planeta y los trabajadores o incluso pequeños y medianos propietarios y empresarios y si esas asimetrías no se hubieran agrandado tanto en estos últimos años de globalización neoliberal en los que vivimos. Por tanto, es también una crisis del modo de producir en el que estamos, no solo de la manera en que se gobiernan la vida económica sino de sus procesos básicos y más permanentes.
Y hemos subrayado también que la crisis actual tiene mucho que ver con el modo en que se toman las decisiones, con la capacidad que cada persona y los grandes colectivos tenemos para intervenir en la vida pública, es decir, con la política, con el poder, con la influencia muy distinta que cada uno, hombre o mujer, rico o pobre, cliente o banquero, ha podido tener.
Además, esta crisis es paralela y de hecho está íntimamente unida en la medida en que ya hemos mencionado que tiene que ver con nuestro modo de producir, con la crisis ecológica.
Y por supuesto, hemos descubierto así mismo que es una crisis que tiene que ver también con nuestro modo de vida. Con la permisividad hacia la corrupción pero también con los valores y con los principios éticos que mueven nuestra conducta como seres humanos, no solo como agentes económicos, sino como mujeres y hombres que nos interrelacionamos para tratar de esa forma de satisfacer nuestras necesidades.
La singularidad de esta crisis es, por tanto, que envuelve o afecta a todas y cada una de las piezas que conforman a la sociedad como un todo. No es una crisis parcial, que tenga que ver con un solo o concreto aspecto de nuestra vida sino que decimos que es sistémica porque afecta al conjunto del sistema social y económico.
Tan evidente ha sido esto que hasta los propios dirigentes conservadores han tenido que reconocerlo y por eso llegaron a hablar de la necesidad de hacer cambios históricos, de «refundar el capitalismo» como decía ingenuamente Nicolás Sarkozy.
Y así es inevitablemente. Esta crisis no puede considerarse de otra forma que no sea esta, la de una crisis sistémica que por primera vez ha hecho tambalearse al sistema en toda su globalidad. Y eso quiere decir que, guste o no, las soluciones que pueda tener, tanto desde el punto de conservar los intereses de los poderosos que hoy gobiernan el mundo como de el de quienes queremos darle la vuelta a este estado de cosas, pasan necesariamente por situarse fuera del sistema. No es posible evitar la inseguridad y el constante incremento del riego global, la amenaza segura de nuevos episodios de crisis y perturbaciones financieras fatales, la inestabilidad social y la destrucción definitiva del medio ambiente, por citar solo algunos de los peligros que nos rodean, sin avanzar hacia un orden sistémico diferente basado en un modo de gobernar y de organizar la economía y las finanzas, de relacionarnos con el medio ambiente, de gobernarnos a nosotros mismos y de incentivar nuestros comportamientos humanos que nada tenga que ver con lo que hasta hora venimos haciendo. Y, por supuesto, sin cambiar de raíz la relación dominante de dominio machista y de desigualdad que se da entre las mujeres y los hombres.
Porque si seguimos por este camino será inevitable reproducir los fenómenos que hemos analizado y que han dado lugar a las crisis cada vez más fuertes, más peligrosas y quizá definitivas.
 

 

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