¿Vale la pena crecer así?

¿Vale la pena crecer así?

 Una de las obsesiones más comunes a casi todos los dirigentes políticos es lograr que aumente el Producto Interior Bruto, que se registren tasas cada vez más altas de crecimiento económico.
 
 Cuando esto ocurre enseguida nos dicen que la economía va bien y que a partir de ahí vendrán más empleos y mejores condiciones de vida pero eso, desgraciadamente, casi nunca ocurre de verdad.
 

 

 El concepto que se utiliza para medir el crecimiento de nuestras economías, el Producto Interior Bruto, sólo puede proporcionar una medida muy grosera de lo que en realidad está creciendo y de cómo nos afecta a todos.
 Por un lado, sólo registra lo que se puede medir en valores monetarios. Estos días, por ejemplo, está aumentando el Producto Interior Bruto español por el valor correspondiente al gasto que se realiza para retirar los vertidos producidos en las playas de Ibiza. También aumentará el PIB este verano gracias al gasto que se realice para levantar los cadáveres de nuestras carreteras, o para prevenir la llegada de medusas a nuestras costas, o para apagar los fuegos que puedan declararse en nuestros bosques. Todo ello hace que haya más actividades económicas e incluso más ganancias y posiblemente más empleo pero la cuestión estriba en que de ese incremento no se resta la pérdida de bienestar que haya podido suponer el cierre de las playas, las muertes o la evidente destrucción de riqueza que todo eso comporta. Es evidente, sin embargo, que el más elemental sentido del bienestar humano tiene que ver no sólo con lo que tiene valor monetario sino con muchas más cosas, con la felicidad, la seguridad o la satisfacción material o espiritual, que hoy día no se computan en el PIB.
 Por eso decimos que el crecimiento que muestra el PIB es ficticio, porque no refleja los costes que aunque sean no monetarios están claramente asociados a la actividad económica.
 El PIB tampoco nos dice nada acerca de cómo se reparte lo que está creciendo, de modo que se puede decir que la economía marcha divinamente cuando, en realidad, sólo les va bien o mucho mejor a unos pocos, como de hecho viene ocurriendo en los últimos años de gran incremento de las desigualdades.
 La significancia perversa de la idea de crecimiento económico medido solamente a través del Producto Interior Bruto se muestra claramente cuando la actividad que lo está generando es tan desordenada e irracional como la construcción y el urbanismo que hoy día predominan.
 Algunos investigadores, como W.M. Hern, han comparado las manchas que deja el cáncer en los escáner y las de la cartografía sobre la ocupación del territorio. Así han podido comprobar el enorme parecido entre los procesos cancerígenos y la incidencia que tiene la especie humana sobre el territorio para generar el crecimiento económico de nuestros días.
 Es asombroso confirmar que los procesos de crecimiento urbano que estamos contemplando continuamente a nuestro alrededor tienen efectivamente las mismas características de las patologías cancerígenas: crecimiento rápido e incontrolado, indiferenciación de las células malignas, metástasis en diferentes lugares e invasión y destrucción de los tejidos adyacentes.
 Estas semejanzas con el cáncer del crecimiento económico de nuestra época, basado en el desorden urbano, en la hiperexplotación de los recursos, en la especulación inmobiliaria o en la sobreproducción, no son un simple recurso retórico.
 Lo que está sucediendo verdaderamente es que fomentamos un tipo de actividad económica que es depredadora y fatal para el conjunto de nuestro ecosistema.
 Lo habitual es, por ejemplo, que cuando se hacen planes urbanísticos, y en general cuando se establecen las previsiones del crecimiento de la actividad económica, no se tome en cuenta el volumen de residuos que se van a generar, o el consumo de energía o de materiales físicos que va a ser necesario utilizar o movilizar para llevarla a cabo. Nada de eso forma parte de la contabilidad social al uso porque ésta no atiende a los efectos o costes que la actividad genera sobre el medio ambiente, sobre la vida humana o sobre la existencia misma del planeta. Poblamos de cemento nuestras tierras y costas, amurallamos los cauces naturales, envenenamos el aire y el agua, consumimos sin reponer los recursos ancestrales, desforestamos sin límite o, simplemente, agotamos las condiciones que son imprescindibles para la propia vida humana y no tenemos nada de eso en cuenta a la hora de mostrar lo que cuesta la actividad que se está llevando a cabo. Lo único que importa es que aumente el valor monetario de lo que hacemos y nos creemos que eso significa que todo marcha viento en popa.
 Ese tipo de razonamiento es perverso en todo caso pero se está haciendo especialmente peligroso que lo hayan asumido, quizá como el que hablaba en prosa sin saberlo, los jueces y magistrados que han de resolver las demandas sobre los desmanes urbanísticos que tantas veces se ponen en marcha irregularmente gracias a las corruptelas de propios y extraños.
 Con frecuencia ya casi generalizada se suelen oponer a su paralización cautelar afirmando que llevan consigo un potencial de riqueza de tal envergadura que se pondría en peligro un valor económico muy elevado si su construcción se retrasara. Un razonamiento literalmente bruto porque, al igual que el PIB, sólo tiene en cuenta valores monetarios y presentes. Si los magistrados no computaran solamente los costes explícitos de esos proyectos y tuvieran en cuenta los implícitos (los que suponen dejar de hacer o disfrutar), los no monetarios y los efectos a largo plazo, con toda seguridad que sentenciarían de otro modo. No dejarían que se llevaran a cabo proyectos como los que en tantas ocasiones se legalizaron a posteriori en Marbella y en tantos lugares de la geografía nacional, o no habrían consentido, con un criterio tan socialmente miope, que la urbanización de Los Merinos siga poniendo en peligro el futuro de los recursos naturales, ambientales y humanos de una comarca tan necesitada de crear riqueza sostenible como la de Ronda.
 Cuando las instituciones, los líderes sociales, los encargados de hacer justicia y los propios ciudadanos asumen sin pestañear que lo conveniente es crecer, aunque sea de cualquier forma, nadie puede luego extrañarse que a nuestro alrededor se multiplique la inseguridad, el desasosiego y el temor. Como dice José Manuel Naredo, el ser humano se ha erigido en el vértice de la pirámide de la depredación planetaria. Y eso significa que depredamos a nuestros congéneres y nos destruimos a nosotros mismos.
  

 

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