Vivir no es imposible

Vivir no es imposible

 Salvador Pániker es un filósofo (creo que, además, es ingeniero industrial, escritor, y editor) lúcido hasta los tuétanos (de él leí una vez que es “la inteligencia en grado superlativo” y que escriban eso de uno me parece que ya es significativo). Leo nada más levantarme un artículo suyo en El País titulado “Vivir no es imposible” que me resulta sugerente. Entre otras cosas, dice lo siguiente:  

 “El caso es que existe una equivocación generalizada: creer que entendemos algo sólo porque somos capaces de relacionar fragmentos de racionalidad. Y lo cierto es que nos pasamos la vida sin entender gran cosa de lo que sucede y apenas nada de lo que nos sucede. Funcionamos por compartimentos estancos y, como dijera Gregory Bateson, creando nuestro mundo de acuerdo con presuposiciones y expectativas. El hemisferio izquierdo del cerebro se encarga entonces de inventar los «cuentos» que a cada momento más nos «convienen». En este contexto, cabe decir también que nuestro pensamiento funciona desde paradigmas más o menos inconscientes (en conexión con el asunto clásico de las ideologías). Ello es que existe una similitud entre el concepto de paradigma y los estados normales de conciencia; en ambos casos se trata de un marco de referencia que nos hace creer en la existencia de un modo natural de ver el mundo. Lo cual es perfectamente falso. No existe un modo natural de ver el mundo (…)
 
No, no entendemos gran cosa de lo que sucede y de lo que nos sucede. Porque, en teoría, para entender algo de verdad, habría que entenderlo previamente todo. De ahí el señuelo de las síntesis totalitarias. Ahora bien, dejando a un lado las manías, cabe sobrevivir -sin síntesis totalitarias- si uno encuentra algún margen de maniobra. Algún margen para respirar. La filosofía como arte de navegar, por ejemplo. Al fin y al cabo, los filósofos, más que a «la verdad», aspiramos hoy a una cierta irónica convivencia, que diría Richard Rorty. Conscientes de nuestras modestas posibilidades, herederos de Darwin y de Buda, pero también de Wittgenstein y Dewey, somos antes terapeutas que filósofos. Nos concierne la salud. La salud física y mental.  

 Y junto a la filosofía como arte de navegar, la política como estrategia cotidiana, el humor como equilibrismo, la meditación como catarsis. A la postre, política, arte de navegar, meditación y equilibrismo inciden. La política sirve para ir soslayando las patologías del prójimo, y las de uno mismo, y para sintonizar con ese pequeño espacio de libertad donde la gente, mínimamente, comunica. Y es obvia la semejanza de esto con el arte de navegar, que es también el arte de pasar la maroma. Tocante a la meditación, ella es la que proporciona la indispensable dimensión de lucidez, que es la otra faz del imposible conocimiento totalitario. El caso es que, a pesar de los pesares, no estamos enteramente desprovistos de recursos -recursos para sobrevivir en un ámbito de relativismo nihilista-, y así lo tengo escrito en las últimas líneas de mi libro Filosofía y mística: «Aunque parezca extraño, vivir no es imposible».  

 

 Un verdadero antídoto frente a la estupidez, la violencia y el totalitarismo que tanto abundan en nuestros días.  

 

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