Días pasados apareció en este diario un artículo de su habitual columnista Antonio Papell sobre la pobreza en España. En él se atacaba virulentamente a Cáritas a tenor de unos datos sobre el número de pobres existentes en España. Allí, entre otras cosas, se acusaba a Cáritas de "agrandar la magnitud de los problemas de los pobres", de "elevar el listón subjetivo de la necesidad", de esgrimir "virulentamnente cifras sin contrastar" con "una evidente intencionalidad política", con "clara función de proselitismo político" y "haciendo demagogia con la desgracia ajena". No me lleva ninguna inclinación religiosa para defender a Cáritas, pero me parece, como a Juan de Mairena, que
No tengo la menor duda sobre el significado político del partido de Jesús Gil. Su carencia total de ideas homologables a cualquier corriente seria de pensamiento social, su propia trayectoria penal personal, su flagrante falta de buenas maneras y su ostentoso mal gusto, su práctica tan cercana a las mafias cuando impone cláusulas económicas millonarias para garantizar lealtades, su populismo vacío y su hablar zafio no son sino la inequívoca expresión de un proyecto que utiliza la demagogia como arma política y la política como excusa para lograr rentabilidad económica y reconocimiento social. Pero su desprecio a la democracia y a las personas que no piensan como él y su